lunes, 17 de mayo de 2010

Poéticas - Adrea (2)


Superados los patrones que condicionaban lo escultórico, el espacio apropiado extiende no sólo la geometría formal de la escultura: instala a ésta en una realidad en la que intervenir y, a su vez, hace del espacio real el escenario de sus anhelos. Las viejas suposiciones acerca de una aprehensión del espacio, de una utilización plástica del mismo, de su misma incorporación a la obra escultórica como un elemento más para inquirir y analizar, se ven sobrepadas por una escultura que lo que realmente pretende es la consolidación de una escritura plástica en el espacio, pertrechada de tal vocabulario objetual que provea al artista de suficiente material como para no limitar ningún discurso plástico por enfático, alegórico o presuntuoso que sea. En otras palabras, el lugar de la escultura es el espacio, pero ya no está en él, es en él.

Poéticas - Adrea - (1)


Alejadas ya las primeras tentativas, todavía balbucientes, como si un aire de urgente provisionalidad imprimiera unas intervenciones poco plausibles en una estilístca de evolución, finalmente se revela una definición capaz de promover un nuevo arte que exige nuevos procedimientos e inéditas resoluciones. Es como de transición de aquellos dos polos de actuación postminimalista, el propio minimalismo y el arte povera, que surge el land-art o “earhworks”, término como se le conoce también en el mundo anglosajón. Con este movimiento, cuya intencionalidad y definición artísticas todavía hoy influyen mucho más de lo que se piensa en la propuesta escultórica contemporánea, la desmaterialización del arte, si bien no se apoya en lo “ideal” estricto, en el puro concepto, desobjetualiza la obra artística al insertarla en un contexto que finalmente prevalece como elemento primordial: el espacio, el lugar, no sólo determina la obra artística. Es la intervención artística la que activa aquel espacio y le confiere su categoría plástica por encima de ésta. El hecho artístico sería, pues, el medium para aquella señalización espacial

viernes, 14 de mayo de 2010

Poéticas - (L.A.B.) 3


La elección de un género pictórico por parte del artista figurativo revela una deliberada apuesta lingüística más allá de lo temático y la posible teoría de los contenidos. De este modo, la pintura de paisaje explica de sobra una predilección por una estética que propende tanto a la fantasía colorista como a una libertad formal de la representación que alcanza en ocasiones la alusión más sutil del modelo, y menos su constatación artística minuciosa. La fascinante combinatoria del color, la forma y la regla o no-regla de los elementos artísticos en el género del paisaje arriba a una expresión siempre atractiva y renovada del arte de lo figurativo. La diablura cromática que permite la exuberancia del muestrario telúrico (visualizado o simplemente reinventado), las connotaciones que su sintaxis terrena y reconocible propicia para una constante improvisación formal y un repertorio casi inagotable en lo expresivo conduce finalmente a una exposición de lo natural que tiene tanto de pintura simbólica como de antojo expresionista. Nos hallamos, atendiendo las obras de los artistas más afortunados inscritos en esta categoría, ante una dialéctica de lo inteligible pictórico y la interpretación intimista a través de una convención plástica que, como señal de su incuestionable poder de convocatoria en el campo del discurso estético de imitación (siempre próximo no obstante a lo abstracto en los casos más reflexivos), se perpetúa a lo largo del tiempo hasta nuestros días con absoluta naturalidad, un arte sin complejos que nunca ha dejado de desafiarnos desde sus postulados tradicionales..