Se pone de
puntillas. A duras penas mete la nariz por entre los cristales rotos,
amenazantes: atisba al interior herrumbroso y fascinante de las naves
abandonadas, de los grandes almacenes ruinosos y casi en escombros de los
muelles del sur. Toda esa industria de hierros y maderas viejas, de cables,
tuberías y gomas venida abajo, avasallada por el tiempo. Entre aceros, buscaba
él malezas, le divertía el hierbajo rebelde entre piedras. Ella, a lo suyo:
rastrea una plástica que significar desde el insulto a lo convencional y el
discurso repetitivo de la imagen, del cuadro o la escultura idénticos y
reconocibles a despecho de sus innumerables disfraces.
Nada de
miedo ahora: en las tinieblas espera Bertoldo, el Negro.
Ya era una
niña artista. Como lo era después. Lo era incluso cuando todavía en el
instituto se pavoneaba como una jovencita disfrazada de curvas incipientes pero
muy capaz de vender su alma inmortal como cualquier mocosa por un helado de
Howard Johnson’s de 10 centavos.
En 1964
retorna al origen. Parlotea algo de la lengua vernácula.
Se
encierra en una fábrica alemana: un inventario de pesadilla proporciona la
gesta de su museo personal de los horrores. El residuo industrial inicia la
epopeya morfológica. Los esqueletos y mutilaciones de una maquinaria inservible
componen la sinfonía plástica de la nueva visionaria. Comienza la sintaxis del
óxido.
Vuelve a
Norteamérica.
Ahora
(pero lo ha sido siempre), ya es una artista: sabe lo que no quiere: si lo hago, mal; si no lo hago, también mal:
double bind.
Lo que
quiere, ¡ya le saldrá al paso! ¡Al diablo con los psiquiatras!
Sus
grandes ojos como simas donde fundirse. Acrisolado el hombre en esa oscuridad
con la esencia de la mujer verdadera, esa diferencia.
Ha
asistido con ella a fiestas que…
Por
ejemplo: el doctor, después de una pausa, alzó la vista del suelo y le miró con
lástima. Le preocupaba él más que ella, que ya tan sólo era una herida
incontenible envuelta en el azul sudario del hospital, eso que termina
escondiéndose en un agujero. Él tenía expectativas, estaba vivo, o medio vivo,
depende, era todavía un paciente futuro donde escarbar más adelante, donde
meter la manaza: objeto desentrañable, clasificable y olvidado. Pero por el
momento…
Los
médicos y los jueces sienten una insólita frialdad hacia las víctimas muertas,
irreversibles, un desapego que tiene más de distanciamiento profesional que
olvido criminal. Después de todo, a pesar de sus batas y togas, del mecanicismo
rutinario que los acciona como autómatas clínicos y administrativos, han de ser
de la misma cofradía de putrefacción: enfermos, cadáveres enterrados o
quemados, culpables. Pero se ajustan al papel, estos doblegados por lo
empírico. Así, alejan la pena, que acaban confundiendo con la técnica.
Las
pequeñas cosas, que duelen más: la alegría con que compraba cajas de lápices y
la provisión de frascos de tinta india, la coqueta elección de los pañuelos de
cuello, el primor con que plegaba sus vestidos primaverales en abril del 70, el
cuidado que empleaba para alojarlos en el armario en hileras perfectas (no
sabía que para siempre, jamás volvió a vestirse con ellos). Le gustaba colgar
cosas. Verlas caer hacia abajo. Colgando.
Tenía que ver las esculturas de la terraza, avisó con
antelación.
Él la espera afuera. No entra en el museo (empieza… a
odiarlos).
Delante de la blanca helicoidal del Guggenheim la esperó
toda una tarde mientras se entretenía pacífico atisbando rostros desconocidos,
gentes que jamás volvería a ver, pues aunque ello sucediese las facciones y los
abultamientos le resultarían desconocidos de nuevo, andantes siempre sin
nombre, con alguna gracia algunos y enredados todos en secretas actividades. De
frente a la Quinta Avenida: cuántas bolsas en las manos de contenidos
misteriosos, y las miradas de una sensibilidad cruel hacia algo ignoto,
caminantes serios a lugares distantes, neoyorquinos nunca engañados de sí
mismos, de su urbano y reiterado dinamismo. Aguardó su llegada, mansamente,
durante dos horas. Sin indignación. Ya era el hombre que esperaba. No vino
finalmente, y en un descuido, como un tramposo, se incrustó en una de las filas
contrapuestas, se atuvo al ritmo debido del caótico hormiguero, tan codificado
sin embargo, una dinámica regida por la ley y el orden y el debe y el haber del
laberinto, y
desapareció entre la multitud.
Pocos años
más tarde, en el 72, ese museo albergará una gran exposición integral de Hesse
compuesta de dibujos, pinturas y esculturas. Una muestra alborozada con las
puertas abiertas a la celebración postmortem.
Imagina él que ella habrá comprobado su triunfo final desde la plataforma de U7
(donde leía el Vogue) o U29 (donde
aprendió finalmente a jugar bien –si esto es posible-al ajedrez).
Por la
noche: es un tipo sensato, se droga con la colección que empieza a atesorar de
los suplementos de New York Times Book
Review hasta que cae rendido en la
cama.
Al día siguiente,
no exigió respuesta alguna. Hesse llevaba extraños artefactos en las manos y
ninguna explicación que dar. Le invitó al insípido café americano, y, en
perfecto silencio, a las diez de la mañana, miraban tranquilos a la gente a
través de los grandes ventanales de una cafetería en el SoHo perfilados por la
luz clara del este que penetra por el cristal de marinos reflejos. Con
intención, al verla rebullir en el asiento, como dando por terminada la tregua,
alza la mano llamando la atención del camarero. Pide un bourbon:
(-¿Cuál de
ellos, amigo?
-Jack
Daniel’s por ejemplo, gilipollas.)
Atrasa la
salida. Se demora en ella, su suposición, que más tarde o más temprano ha de
escapar por entre toda esa arquitectura de hierro, piedra y cristal tan robusta
de ahí afuera...
De la
grisura de las fotografías de los sesenta rescata una ciudad donde la
quinceañera judía de las trenzas y las crenchas, de grandes ojos negros y boca
jugosa, camina apresurada sobre la nieve aún limpia de las aceras a esta hora
temprana de la mañana neoyorquina, abrigada hasta los ojos por prendas de
vestir acogedoras y pesadas, la camiseta de felpa, las bragas de algodón, la
camisa de franela, la falda larga de grueso tejido, el
jersey de lana, la bufanda de colores chillones, el gorro azul, los
calcetines altos, las botas de piel y el fardo pesado del abrigo tipo oversize: una más de las cientos de
miles de adolescentes de Brooklyn y Manhattan que acuden medio adormiladas al
instituto. Una colegial anónima de la que nadie podría en ese tiempo y espacio
prefigurar la fortuna o la tragedia escudriñando en lo más hondo de sus pupilas
negras y resplandecientes.
Y en el
sol del verano, los días eternos, las mañana líquidas, ¿quién diría nada de
esos miles de bañistas que pueblan apretados y casi desnudos como en un
hormiguero las arenas de Coney Island en los primeros días felices de julio?
Esa niña desconocida, que revela en sus ojos brillantes la esperanza de obtener
lo mejor del destino (interminable, inagotable), que respira el aire que huele
a sal, que enfundada en un bañador amarillo guarda su turno en la cola de la
Gran Noria que se eleva majestuosa y brillante sobre las aguas del mar y el
estuario del East River sobresaliendo victoriosa por encima de todo el parque
de atracciones, esa niña, ¿quién es?
Mas,
existen los monstruos…
La Niña y
el Monstruo (Primera Parte).
1967: “New
Documents”. En el MOMA.
Descubre el revés de las cosas.
La Rolleiflex escribe en mayúsculas.
Un cuerpo
en crecimiento, y la mente creciendo en él también.
Pero lo
revierte todo de una epidermis que humaniza lo abstracto, la artista encarna
los materiales de una sustancia antropomórfica. El metal podría gotear sangre,
supurar pus, así que lo envuelve con látex tan suave, blandito, qué fina
textura, y no vayáis a confundirlo con un espantapájaros de lo metafísico.
Afuera, la
urbe donde siempre crece la hierba, sólo tienes que disponer de la dentadura
adecuada, saber arrancarla a mordiscos de la frialdad de su cemento. La lucha
por la vida, una busca diaria de felices momentos, huyendo del tinte maléfico
de la amargura castrante. Adelante, anónimos (con bolsas rotuladas o no cogidas
de la mano).
El ruido
de la ciudad, las voces; los colores y las formas, la vana geometría de un
movimiento incesante, tan efímero en el espacio, va a configurar la urdimbre de
fondo donde hilar la trama de una enferma, la memoria desordenada del notario
que levanta acta fidedigna sin haber comprendido nada de nada probablemente.
El clamor
del silencio de los objetos, su violación. He aquí ella, apresada, captura
cruelmente deliciosa de la parca, pieza a abatir, pues va directa al arca de los disfraces de la celebridad y de la
fama artística.
Ella
también ha llegado a contemplar con espanto los monstruos de Coney Island antes
de que los desterraran al subsuelo más siniestro de Manhattan, alejados de la
vista de los ensimismados transeúntes.
Ella, poco
antes, era la joven de cabello largo y espléndido, de la boca más sensual y las
miradas más prometedoras, de perfiles voluptuosos, una intérprete feliz de sí
misma en su trato con los demás: imaginas sin esfuerzo que ninguna expresión
mezquina u oscura embrutece su rostro limpio y armónico, sus gestos son rápidos
y decididos, una gracia natural rodea la esbeltez de su cuerpo como una aura
invisible pero tan presente como el aire fresco y fragante que emana de su piel
blanca y limpia. Ella es una conjunción magnífica de carne e inteligencia, de
pasión y pensamiento que recorre las calles de la urbe bajo la magnificencia
del sol matinal…
¿Qué es
ahora? El resultado de un crimen. El crimen idiota y, peor aún, inútil, obra de
un dios aburrido y obsceno, execrable.
Y esa
pavorosa lentitud de un final ineluctable que marchita toda esperanza.
Renglón a
renglón en el cuaderno colegial en el que escribe (él o… ella).
Hesse hace
rato que mira sus manos vacías, tan negadas a la caricia. No son nada generosas
estas manos de él, y tan torpes para lo manual: ninguna mecánica puede
esperarse de ellas. Hesse: “Qué lástima”. Él asiente desde la silla mirando las
sombras, y luego gira un poco la cabeza hacia la ventana tan diáfana aún en el
atardecer. Le gustaría que lloviera. Por la paz que inspira, y el aire fresco,
el aire como mojado, el aire como de otro país de nieve y azul. Suele
enriquecer la memoria con el lastre de la suposición, de una estética demasiado
personal que aleja de lo mediocre. Sólo por eso, el recuerdo adensado de
anécdotas climáticas, algún olor y, zas, un verso libre, una línea que recupera
aquel instante, la lividez de su tez, o el brillo de rebeldía (aún) en sus
maravillosos ojos de judía inteligente, bella y heroína a punto de morir. El
silencio se hace largo. Le parece oír la lluvia inexistente. Se cree que la luz
se agrisa. Vuelve la cabeza y descubre que Hesse le mira fijamente. O quizá no.
Está completamente ausente, absorta en sus pensamientos y, de modo ocasional,
los ojos se han detenido en él, en su atavío de payaso elucubrador. Su mirada
le traspasa limpiamente, proyectada al todo de antes. Susurra: verde y blanco.
Palabras moribundas que atenazan su garganta, los colores del fuego que la
abrasa. Verde y blanco. Y él se
asemeja a un extraño animal varado aunque potente y de insultante salud (pero
sólo ante sus ojos), para ella, piensa, debo ser poco más que una huella del
mundo de afuera, una desvergonzada solitud frente a la muerte que ella encarna
en forma de amasijo de carne enferma.
Los
colores quirúrgicos.
Amarse en
la tarde gélida de invierno, desearla sabiendo que poco a poco va a escurrirse
de entre sus brazos muerta y famosa, de hielo, de agua, de escalofrío. De
leyenda.
Hacer
el amor debajo de una ventana lluviosa, abierta al mundo y sus trapisondas, al
húmedo y verde y gris rumor de la tarde: la delicada suavidad de la luz rozaba
su piel como los besos, la caricia maestra del aire lozano del verano sobre los
cuerpos de los dos refrendaba la feliz invención: finalmente todo concluye en
ese arte no menos arduo de descubrirse en el cuerpo y la espesura y el misterio
de los otros. Imposible olvidar la punzada inofensiva de las minúsculas gotas
de agua sobre su espalda desnuda, el brote tan efímero del helor contraviniendo
la redondez tan cálida y estremecida de la judía debajo de su cuerpo. Hoy, que
nada es, salvo la emoción del recuerdo.
Quererla,
pero quererla sin ocurrencias ni fantasías, quererla de carne y hueso, poseerla
incluso con el monstruo dentro que la devora y al final la mata. Amarla a ella
en esa inmensa hora de la condena a muerte, y amarla a través de su cuerpo
moribundo, desearlo aún, y siempre… antes de la noche negra y tropical de los
húmedos días finales de mayo.
Se
aventuraba en sus razones. Hay un arte que ella defendía por encima de todo: el
no-arte. Pero era una negación de un pensamiento fértil, desprendía residuos de
una estética oculta, acaso instintiva, tenaz y sobresaliente.
Un arte es
su cuerpo. Se entromete en él como en un sueño donde la única ley es la
libertad. La creación sin trabas. Nada hay de prohibido en cada uno de los
gramos de su cuerpo potente. Apura uno a uno sus poros, sus dobleces, huecos y
blanduras, el tono cambiante y el calor de su piel, su cabello limpio y
perfumado, y la carne tersa y profunda que le hiere de deseo a toda hora, y la
mirada tan sensual de sus grandes ojos bíblicos y la libertad total de sus
anchuras y esbelteces de nínfula mediterránea trasplantada primero a la bruma
germánica y más tarde al desafío continental y libérrimo del nuevo mundo.
“Su cuerpo
es una obra que celebro. Sé de qué hablo”, se dirá una y otra vez en el futuro
innoble lleno de nieblas y grisuras y fríos, desaparecida ella del mundo de los
vivos, el mundo sin ella.
Los
colores. Aplicada estudiante en Yale, se
zafaría de milagro del encierro de los cuatro lados. Ensanchó la mirada: el
suelo, el techo, las paredes. El marco perfecto. Un camino falso la había
llevado al diseño. Odiaría toda su corta vida lo decorativo, el ornato falaz de
la armonía prescindible, el canon del pequeño burgués pleno de convenciones y
miedos, de mediocridad, de ignorancia o, peor, de cultura media de andar por casa,
una cultura de zapatillas de orillo y los programas de televisión de sobremesa,
del Club de Lectores y la revista Reader’s
Digest y sus divertidos tomos trimestrales de piel de imitación y vistosos
tejuelos con cuatro novelas resumidas en un volumen de 425 páginas (ni una más,
ni una menos).
Todo
empezaría buscando respuestas.
¿Podría
hablar con ella? Sugería El Entrevistador venido de lejos, de tan lejos, de la
mentira.
Aún se acordaba de él, y, para su sorpresa, no a duras
penas. En Suiza: ¿Recuerda? Por supuesto. E inmediatamente, feliz, se precipita
a despejar la creciente perplejidad de la artista ante una visita que no
recordaba haber concertado.
Ahora, en
1968.
¿No lo
habían avisado?
El Año de
las Memorias del Subsuelo.
Tres años
habían bastado para convertirla en una mujer y una artista segura de sí misma.
Y en la capital del mundo. “Ni cien años (o ciento dos) podrán bastarme para
todo lo que he de hacer”, dijo risueña. Le quedaban menos de dos años de vida.
Jennie
Queiroz, la periodista portuguesa, conocía la dirección de un amigo común a
través del cual podría averiguar el paradero de la artista en Nueva York.
Pero él
hubiera preferido verla en su estudio (al que finalmente tuvo acceso: el tipo
era omnisciente, El Gran Ubicuo).
Lo tenía en
el SoHo, en pleno Bowery siniestro, en un loft donde imperaban los
interrogantes: ¿qué es todo esto?, ¿qué significa?
Había tardado dos meses en decidirse ir a entrevistarla.
Después
del copioso brunch de media mañana y varios galones de cerveza fría ya andaba envalentonado (y turbio, y con los pies
trabados y los ojos somnolientos).
Le recibió
enfundada en unos increíbles pantalones anchos muy manchados, y un jersey
desmadejado y con agujeros en las mangas. La barahúnda de materiales que
atisbaba a sus espaldas era indescriptible. Todo un vocabulario de lo
desconocido. Aquel antro olía fatal. Como los vapores infernales y las nubes
gaseosas de un experimento del Medievo.
Al
principio parecía una entrevista formal: parecía que sólo hablara él en
realidad. Ella parecía una estatua. Era una
estatua. Todo parecía lo que no era.
Un buen
periodista, se dijo, imagina las
respuestas y respeta las preguntas… ¡Pero él no es periodista!
“No sé si recuerdas que escribo para Transgresión”, le dijo, y tendió al vacío
unos ejemplares atrasados, muy poco aseados después de cruzar el charco entre
camisas, calcetines y un par de pantalones y la bolsa del aseo.
Ella (o
una sombra) los recoge educadamente. Pero no sabe qué hacer con ellos en las
manos.
Los
depositó en seguida en una mesa baja entre los dos, que la defendía de él.
Se quedó
mirándole a la vez que sonreía. No le asombraba nada Transgresión, una revista bimensual española mal impresa y con unas
ventas humillantes. Pero se alegraba de verle. Le había reconocido en seguida,
mencionó a Klee y le confesó que finalmente se había divorciado de aquel
escultor que hablaba demasiado, atildado, pedante y guapo. Hizo un ademán con
la cabeza inventándole a tomar asiento.
Aceptó de buen grado las formalidades iniciales, hasta las inevitables
servidumbres del cometido que llevó a El Instigador hasta la sombra de ella:
-Cuando
comienzo una obra en lo único que trabajo es con las cualidades abstractas:
material, forma, tamaño, escala, posición espacial, y también donde va a ir, en
el techo, en el suelo…”
Etcétera,
etcétera.
Habla de
los happenings de comienzos de la
década, en las galerías Reuben y Hudson. Allí había conocido precisamente a su
marido y a Kaprow, por quien se había sentido fascinada, aunque únicamente en
sus comienzos.
Tres días
más tarde la llama por teléfono desde el bar del sórdido hotel donde se aloja.
Observa cómo le tiemblan los dedos al introducir la ficha en la ranura. “Esto
es una estupidez”, pensó. Pero ella le citó para esa misma tarde en el lado este
de Times Square, en un Maxwell House. Ese sería el primero de sus cafés aguados
con ella. Su pretexto de ahora era Oldenburg (un tipo que ya andaba con
polímeros) y The Store, la tienda del
107 de la East Second Street, una iniciativa que él, entusiasmado, veía tan
factible y prometedora para instaurarla en España por los jóvenes artistas
estudiantes de las aún anestesiadas Escuelas Superiores de Bellas Artes.
Siempre
fue el cuerpo invicto de la mujer el campo de batalla equivocado del hombre,
allí donde dirimir su “diferencia” con ciertas garantías de éxito bruto. Tocó
el timbre envalentonado.
No era un
buen momento para verla: pálida e inmóvil. Había superado su divorcio del señor
feudal, pero para una mujer como ella, tan asida a las pocas raíces familiares
que aún le quedaban bajo los pies (su hermana), la muerte de uno de ellos, su
padre, la había trastornado durante largo tiempo. Necesitaba de la saga, del
refugio de la sangre. Tras ella, sólo había vacío, sombras, el exterminio
salvaje de sus parientes y ancestros, un hueco irrellenable que abocaba su
identidad a lo que pudiera hacer en el futuro rodeada de aquellos pocos seres
vivos que podían sostenerla en los malos momentos. Se entregó a sus amigos con
desesperación. Ella y ellos serían la huella futura de aquellos muertos, lo
superviviente.
¿Dónde
podemos comer?
¿Qué tal
en Puglia, en Litle Italy?
Estoy en
tus manos.
Interminables
cenas. Sería lo que podríamos llamar “El verano Puglia”. Callado como un
fantasma, como un testigo obediente y claudicante, les escucha y aprende. Por
lo demás, nadie parece fijarse en él, El Ausente Silencioso, en un mundo de
perneras acampanadas, trajes entallados y chaquetas sin solapas.
Él es
invisible.
La hace
mejor así.
Y él, como
si no existiese.
Ni una
palabra.
(Salvo la
escrita.)
Bien
peinado, relamido, perfecto: es el mantenido del 169 East 71st. Sreet. Se deja
querer, como la imaginación.
-No, no me
hables de tus amigos. No quiero saber nada. Ningún nombre. ¿Para qué? Esas idas
y venidas tuyas de no sé donde…
[Deja que
invente…]
Me siento
tan poca cosa, un europeo del sur balbuciendo un inglés americano gramatical…
Todo parece escapárseme, fundirse en una borrosa amalgama, las cosas y las
personas en las que no encuentro sentido alguno y que acaban por parecer
irreales, las calles, la comida, la brutal indiferencia de las gentes, los
códigos de una ciudad que es tan distinta a lo que podía uno creer desde la
iconografía embustera del filme y los noticiarios de la televisión…
Su mano
blanca, fantasmal, se posa sobre tus labios, “calla”, susurra con sabihonda voz
de ultratumba.
No
obstante… Y la ristra de artistas mayúsculos, absolutamente imprescindibles, geniales, que revolucionan el arte
mundial, como si nada, anónimos aún, geniales y gigantes frente a mí.
El arte no
ornamental ni decorativo, al igual que la filosofía no es más que un método de
investigación material o espiritual: hacia ti mismo. Pero hay gente que compra ese… boceto. ¡Incluso es exhibido como
una finalidad de algo!
Años después todo el universo de trastos presuntamente magníficos y subastables que era su obra terminó
pervertido por las palabras: “Su poética se halla implícita en los procesos
técnicos que la hacen posible”, dijo uno.
Si su voz
hubiese podido llegar desde más allá en AC 79° 3888, en la constelación
de Jirafa, le habría contestado que su
mecánica consistía en sorprenderse a sí misma ante la multitud de suposiciones que acaban convocándose en lo
irracional.
Hacía viento: el verdadero azote
de Nueva York. De pronto, la mañana se oscurecía hasta convertirse en negra y
fría. Llevaba en los bolsillos de la gabardina las dos novelas de Schulberg
sobre los escritores de Hollywood en baratas ediciones en rústica. Podría
refugiarse en seguida en algún parque, pero no lograría ocultarse de las rachas
del viento. Anduvo hasta que se cansó con los ojos semicerrados y un regusto de
arena en la boca y regresó mohíno al apartamento. Ahora también llevaba un
puñado de nueces en una bolsa de papel que había comprado en Union Square: su
almuerzo. A primeras horas de la tarde empezó a llover, y siguió haciéndolo
durante la noche. No consiguió dormirse hasta la madrugada, pues le atormentaba
la idea de no tener nada que hacer al día siguiente: seguía teniendo en el
paladar un gusto de tierra y agua.
