Sabemos muchas
cosas que no hemos aprendido.
A aquella chica le gustaban los colores.
Pero no
como pueden gustarle a usted y a mí.
Hablo de algo diferente.
Inefable: difícil
de explicar; cuando menos, escurridizo.
Dijo: francamente,
una puede escribir con ellos. Y, además, sin necesidad de explicarse.
¿Colores?
Bueno… El
arte y todo eso, ¿entiende?
En el
principio (en lo innato):
“Los
colores hablan.” (Son. Aunque todo es un espejismo, una treta especular de la
luz.)
Ella,
artista mística, observa paciente las tres reglas básicas de la comunicación
(K.(andinsky) dixit), hasta que un
día descubre que el color en el arte es nada más que una imitación: sólo la
forma alcanza a ser incontestable, original, se explica por ella misma sin
apelar a ninguna otra referencia si no se tiene por réplica, es,
y delimita y garantiza su propia existencia con independencia de su
significado.
Así que
dejaron de gustarle los colores. Preferiría el caos de las formas, las
asperezas y los contornos irregulares de las hechuras mundanas. Ella las
organizaba dentro de un desorden que mucho tenía de inevitable misticismo, una
espiritualidad rara.
Una
especie de patchwork, un centón
luminoso que alegraba sus rincones sin delatar los porqués.
Todo es una
divagación.
“No te
salgas de los límites del cuadro”, parece indicar la regla más básica, de
sentido común, que es, en efecto, el más gregario de los sentidos (el más
despreciable, pues). Aquel mandato había que pisotearlo cuanto antes.
Lo
correcto apesta. Las reglas están para arrumbarlas en el cuarto de atrás,
modificarlas, destruirlas con todos los talentos que uno pueda reunir en un
acta de defunción bien programada.
El arte,
por definición, es un estupendo ritual de transgresiones todo él: lo ficticio
proclama a cada instante su carácter volitivo de expiación y hasta de
mortificación tras la trapisonda de sus postulados y actos de desorden.
Contra lo
sacramental, las manos vuelan.
El objeto, el material del arte no recipiendario de los
modelos de la profusa figuración universal que nos rodea, irradia por sí mismo
un discurso plástico pero sólo lo anima una deliberación previa, un alma (¿un
deseo interior?) que acrisola toda liturgia.
El arte
puede hacer que te inventes a ti mismo:
real o
desfigurado.
El arte
puede hacer que inventes a los demás:
desfigurados
siempre.
Y una
conciencia estética se forja de mil maneras o con el solo ojo cegado de
Polifemo, en la propia y carnívora oscuridad.
“Ahora”,
se dijo esta blasfema, “ya lo sé todo.”
Adiós al
tema y todo lo demás.
Adiós al
proceso litúrgico: a inventar el desorden.
Bienvenida
materia inaudita, inédita, inacabable y sorpresiva a esta ceremonia de la
confusión.
La obra de
arte a solas: ella misma material.
Inextricable e intrincada. Su autoridad es su mera
presencia. Avala una voluntad sea cual fuere su sentido.
“Soy una
gran artista.”
No hay
nada que impida que lo sea.
¿Quién va
a contradecirla?
Nadie.
A rodar.
La luz es
la verdadera dueña de la sombra.
Están los
ritos, la salmodia, los códigos, las claves, el canon invisible de los
iniciados, pues un artista que se precie tiene detrás un Fulcanelli que
transmuta las piedras más áridas en misterios revelados, ilumina las negruras
del actuante, deshace los arcanos medievales, derrumba muros, abre las ojivas
del entendimiento. Arte, en definitiva.
En el
fondo (y en la forma, claro) se trata de un apaño. Amañar (también sería una
palabra adecuada).
Ella,
capaz e iniciada, sacerdotisa de la fibra de vidrio y el látex, alza catedrales
temporales, efímeras, de tal fragilidad que, una vez muerta, sólo el fraude y
la copia manufacturada por intereses ajenos logra revivirlas, clonarlas
mediante la fotografía antigua, el diseño en la despreciable hoja de papel, la
nota descuidada, el pingajo museable, reconstrucciones innobles.
A cierto positivismo lógico enfrentaba inconsciente, no
obstante, un surrealismo desmitificador de todas las leyes (artísticas o no).
De aquel hontanar bebía.
Sería una aventura… holística.
Lo que ves es lo que ves.
El Testigo
pudo haberla conocido en Suiza. De casualidad.
Un terreno
neutral.
La Nieve
sepulta los secretos inmemoriales, los hombres primitivos conservados en
estrafalaria rigidez, peludas calaveras amojamadas (bonita materia de estudio).
La Montaña
de Europa que hiende Los Cielos Vírgenes.
Donde todo
empieza, la bruma y lo concreto.
Pero la
bruma…
El
pensamiento más nítido a través de un tul, la fantasiosa seda…
LOS CUADERNOS NARANJA Y ROJO.
Dickinson I: The thought beneath so slight a film – Is more distinctly seen…
La hoja en
blanco, las imaginaciones.
Unos años
más tarde él, El Declarante, viajó a Nueva York, que es la más fantástica
barraca de feria que uno pueda imaginar.
Él era un
buscador de datos. Uno de esos.
Este
Prufock que ha visto a las sirenas cabalgar sobre las olas.
Este
Conroy que cuenta los copos de nieve de plata.
Este don
Quijote ofuscado por los polvos y los vientos del Gran Molino que muele las
Ideas.
Este…
Escribía(e):
a tanto por palabra. Un cómplice. Un farsante que asiente con la cabeza
mientras extiende la palma de la mano esperando las treinta monedas.
Pronto,
uno se convierte en El Testigo para siempre.
(¡Y qué
país, diantre! ¡Cenar a las 17,45!)
De la
muerte de ella, por ejemplo. Una muerte a plazos, día a día derrotando un
cuerpo que pugnaba por vencerla en batalla desigual, aunque no a traición, cara
a cara (adosado ese abrupto final a su supervivencia, fue la vida la que le
vino a traición). La más injusta de las muertes que él podía recordar, pues no
había sabido hasta entonces de nadie con tantas ganas de vivir. La existencia
de Hesse se truncó de modo cruel, inapelable, en plena juventud todavía.
Testigo de
su vida, de la que ha aprendido a prescindir de su dimensión física: como hay que aprender de sus obras
desgajadas de su entidad física y perecedera, pues a ella remiten de manera
fantasmal (¿virtual?).
Testigo de
su obra: en toda ella percibimos los rasgos más profundos del verdadero rostro
de la artista, el que no precisaba de las máscaras reales de la carne, la piel,
la sangre, la mueca, la mirada y sus ardides, todo ello extensiones de una
trampa para confundir a los incautos amantes de la copia de la realidad a
despecho de su inocente desnudez, libre de marañas aunque de engañosa claridad.
Lo incomprensible de su obra la revelaba mejor.
Testigo real del último año de su vida y de su
muerte, interiorizaba la única biografía en carne viva, la que deja ver lo
sanguinolento, los tejidos hechos trizas, el alma verdadera del espíritu que
son la piel, los tejidos, los músculos, los nervios, las corrientes de los
fluidos, la desnuda (aun con los jirones de carne reseca pegados a ella)
arquitectura ósea...
A partir
de ese momento, ficticio o no, ¿qué iba a escribir, a mentir, a tergiversar, a
comprender…?
En arte, la decisión
de utilizar un material determinado, verdadero o falso, se convierte asimismo
en “material”.
Se trata de… lo
invisible.
Ni
siquiera en la baladronada del principio pudo sentirse demasiado seguro en lo
que hacía: no supo nunca la auténtica naturaleza de su intrusismo fantasmagórico
en la biografía de la joven artista durante sus últimos años… y tampoco de lo
que pudo saber al final, si es que alcanzó a esclarecer algo.
¿A qué
desempolvarla?, se diría arrepentido, pero con la corbata perfectamente anudada
al cuello de la camisa blanca y el puñado de monedas tintineando en el bolsillo
izquierdo del pantalón con la raya bien planchada en ambas perneras.
El mundo
del arte tiene sus entradas y salidas propias. Sus duques y modistillas. En
esta feria de las vanidades se divierten así todos. Algunos, recogen
dividendos; otros, se exhiben. También los hay quienes se inmolan en una muerte
temprana y los que viven (duran) a expensas de los nombres y las verdades
prestadas
Pero…
Él la
recrea. Vive en su delirio: un tumor cerebral hostiga ópticas, altera imágenes,
distorsiona la visión como esas pesadillas del alba invernal, gris, de lluvia
fina y constante, cuyas imágenes desafían la física más elemental.
Sin duda
el tiempo pasado, inocuo salvo en la pasión o la locura si no ha acabado contigo
(y el hecho de haberlo dejado atrás así lo atestigua), no ayudará en este
aspecto. Todo recuerdo invita a una recreación jubilosa o falsa o simplemente
placentera, pero menoscabada por la arbitrariedad de una memoria siempre
selectiva.
Muerta demasiado pronto, se dice El Resumidor, todo quedó
a medio hacer respecto a la legítima ambición que la transgresora albergaba. La
fatalidad destruyó un genuino deseo de alcanzar mucho más allá de lo que hasta
ese momento había conseguido. Abortaría también, siempre sucede de ese modo,
pues él era lo residual de la historia, la excrecencia, los planes confusos que
rondaban la mente de El Testigo, un testificador con el morral lleno de
argucias demasiado evidentes. Desde el primer momento que supo de ella no
lograría siquiera rozar con la yema de los dedos la quiebra definitiva... de
ambos: catártica aunque retórica, una; otra, inexorable y aciaga, bestial por
designio de un dios malo, el peor. La
suya, sin duda, fue una relación fracasada, tangencial, supeditada a situaciones
chocantes, hechos, digamos, fractales: la evocación literaria pendula como un
reloj que se atrasara y adelantara a voluntad entre la pena, los hechos y lo
ficticio. Menuda componenda. ¿Le hubieran importado a ella la glosa posterior,
las andanzas de una pluma libérrima, diablilla y cojuela de este Negro
levantando tejados? No creo que eso le preocupara mucho a Hesse. Debe de
resultarles todo muy etéreo e indiferente a los modelados con alucinaciones y
ensueños, a todos esos cuyas hechuras se fabrican con el humo y las insolencias
del solo recuerdo de después. Hesse, tan real como una imaginación, una idea, un desvarío en manos sacrílegas,
espurias. Lo posterior: la nada (para ella muerta).
Estás aquí
en la tierra.
La Tierra.
Todo sobre su corteza brilla más que los soles de la noche, y es un esplendor
falso al lado de éstos, una luz prestada y agotable en un tiempo ridículamente
ínfimo. Aunque la tierra ardiera por sus cuatro costados sólo sería una llamita
grotesca comparada con un simple átomo encendido (una infinitesimal menudencia)
de la estrella que crea la misma realidad de la tierra, de sus
cosas, de sus seres.
“Los asuntos de la tierra, si bien lo miras”, se decía,
“son de una importancia…”
En cuanto
a él, poco que contar: un negro: a tanto por página (y a callar). La mudez del
anonimato le protege. Es invisible. No es nadie. Puede inventar lo que le venga
en gana. Hasta a ella puede inventarla,
hasta a él puede inventarse. A nadie
ha de rendir cuentas, y mucho menos a él mismo. Es El Anónimo. Es un burlón
Ulises (Nadie me llamo).
¿Nadie?
-¿Cómo te
llamas?
-Treinta
Monedas.
O sea, nadie. (Viaja por USA con la sombría
dignidad del hobo.)
Divaga lo
indecible, circula una forma que por impalpable niega cualquier atisbo de
precisión. Tampoco se debe a una fidelidad exhaustiva. No acarreaba
imposiciones ni reglas a despecho de un afán de minuciosidad siempre
extravagante por la enormidad de sus fines inalcanzables: merodeaba lo
innombrable.
Eres el
nadador de la entelequia, se decía.
En ese
piélago. A brazadas. Hasta la bocanada final.
Pero, en
fin, se resistía a revelarla a ella en su total dimensión.
En su
memoria apelaba al croquis, las idas y venidas de una bruma dibujante que ora
revelaba fisionomía ora empalidecía rasgos.
Lo
insuperable en la obra de muchos artistas son los borradores, el trazo
impresionista e inacabado, el pincel suelto que aún nada define y poco corrige
y las líneas del carbón que todavía se vislumbran por debajo del óleo como
rebatiendo la perfección. Lo genial asoma con alegría.
Ese
vuela-pluma aligera los miramientos y
acalla cualquier escrúpulo paralizante.
¿Un
retrato a lo ingres, velazqueño?
¿A cuánto
el centímetro cuadrado de lienzo?, ¿a cuánto el gramo de arcilla?, ¿a cuánto la
palabra del curator-hechicero?
¿Muerte trágica?,
¿en olor de santidad?, ¿burguesa y con las manos en aspa sobre el pecho?, ¿con
excelentes dividendos, octogenario-a, con fundación propia y beatífica sonrisa
de patriarca?…
Cualquiera
de estos interrogantes impone un estilo, un acercamiento digamos textual.
Cualquier
descripción que llevara a cabo en este sentido empañaría su verdadera
identidad. Evocar su carácter exige lo transversal. La fotografía exacta de lo
real, por paradójico que nos parezca, minusvalora efectivamente la realidad.
Mejor un Goya
sordo y huraño, incluso aterrado e indefenso a la luz tremulante de un círculo
de velas encendidas sobre un gorro.
“Si es
verdad que me inventas, inventa un lenguaje nuevo”, hubiera dicho Hesse,
olvidando que él no era artista.
¿Quién era
él? (Ella era guapa: su rostro explicaba
su carácter.)
En estas
historias, como era real, era ficticio.
“¿Cómo te
llamas?”
“Treinta
Monedas.”
¿No iban a
desconcertarla las preguntas de El Turista Intelectual, la doblez mezquina de
El Testigo, el estúpido anhelo de sorber de su existencia instantes,
culminaciones, apropiarse de su aliento, de sus temores, las interrogaciones,
las idas y venidas, lo inventado y el lujo de su cuerpo?
Y es que
él… la veía tan real que la figuraba a cada instante.
(Era real.)
¿En qué
fragua, qué metales milenarios urdieron tales mimbres para tal artista?
De lejos
venía… al Gran País.
Ella era
hija de aquel nuevo mundo que vino del crimen original, raza maldita del gueto
y la expulsión, desperdigada, errante, cargando la culpa y el estigma, huyendo
del exterminio inmemorial.
Una
familia judía cuyos antecedentes se hundían en lo más profundo de una Europa a
punto de entrar en guerra, en el alma colectiva de aquellos askenazis del
yiddish y sus temores primitivos que observan el ritual, acuden a la sinagoga,
respetan las autoridades halákikas y durante el shabbat bajan la vista al
suelo.
Toma, bebe tu vasito de leche negra.
¿Qué es
ser judío?
Algo tan
explicable o inexplicable como no serlo.
Blanco o
negro.
Cruz o
raya.
Cielo e
infierno.
Todo o
nada.
Vivo (en
el tiempo) o muerto (en el tiempo).
¿Qué es
ser piedra?
¿Qué es
azul? ¿Qué es…?
“¿Sabes lo
que significa Häagen-Dazs?”
(La joven
mujer del 70 aún subía por Broadway y a la altura de la 77 se desviaba a la
derecha hasta el Museo de Historia Natural. La niña de 4 años se planta
fascinada ante esa monumental arquitectura ósea, el inmenso costillar, los
huesos (un revoltijo en resumen aunque en morfológica composición): con los
ojos como platos (en fin…, disculpemos el estúpido tópico) y los labios
entreabiertos se quedaba muda frente a los grandiosos dinosaurios mondos y
lirondos, inabarcables, y las aterradoras bocazas con los dientes de grandes
sierras a la vista.)
Aunque
ahora (antes) había que huir de
nuevo: la selva de cruces gamadas se extiende como una mancha de sangre
sobre el mapa de la vieja y rancia Europa. El temor invade las calles al tronar
de la claveteada bota paramilitar que patrulla sobre los empedrados de
milenarias capitales: con absoluta impunidad la tropa de criminales se dedican
a la caza de barbas judías y de adolescentes circuncisos que ofrecer en esta
cabalgata de los nuevos dioses y valquirias despelotadas.
El
fantasma de Goethe sólo aparecía y desaparecía por las esquinas de su pequeña
patria: su espíritu jamás se impuso más allá de sus frágiles fronteras: Weimar
engendraba un monstruo muy diferente.
Ya en
julio del 32 papá Hesse sintió un escalofrío de terror al sospechar que la
República de Weimar, entonces en manos de la villanía y el gansterismo, iba
directa al coladero sangriento de la historia empujada a culatazos de un
presente tan frívolo e irresponsable que repudiaba con insólita pasividad
cualquier comprensión racional. (Aunque culto y apacible, no sin creciente
malestar, el honorable letrado sigue frecuentando –nadie te ha cerrado la
puerta todavía- la Kulturhistoriche
Bibliothek Warburg cuando su
trabajo de abogado se lo permite.)
En enero
del 33 papá Hesse previó (o soñó sin comprender) la huida obligada. Pero Alemania era su patria. La realidad ineludible se
antepuso al miedo ancestral. Soy tan alemán como cualquier otro de Hamburgo,
Wremen o Berlín, se dijo con orgullo infantil. (Y ni siquiera, entendámonos,
era un Mischling: era un judío de
pura cepa).
En el 35
las armas y los cascos de acero ilustraban los semanarios de los sábados y las
páginas propagandistas de los diarios sometidos. Pero papá Hesse aún se
resistía y pensó en incrementar la prole germánica de su hogar: como buen
alemán, engrandece la patria y engendra un vástago.
En el 36 papá Hesse observa con inquietud el
alumbramiento de Eva Hesse, su segunda hija, en un mundo desquiciado por una
violencia que parece nacida de la arbitrariedad y la sinrazón de un Yahvé
bíblico (“… y pasaron a sus habitantes a cuchillo y fuego y destrucción…”)
Y, ahora, sí: las puertas se han cerrado.
1937: Rassenschänder.
1938. “El
odio está justificado”, proclama un titular de prensa.
A por
ellos.
Expulsión
de las escuelas de los niños judíos.
Destrucción
de la sinagoga de Munich.
Destrucción
de la sinagoga de Nuremberg.
Confiscación
de todos los bienes propiedad de los judíos.
Todos los judíos, por decreto
Ley pasan a llamarse Sarah e Israel.
Toque de
queda para los judíos (en invierno, a casita a las 8; en verano, a las 9).
Destrucción
de todas las sinagogas de Alemania.
El
arrogante y grotesco Pickelhaube da
paso al más eficiente y antipático Stahlhelm.
La suerte
está echada.
Y ni
siquiera enmarcan los peyots los
rostros pálidos.
Media
Alemania se ha quedado ciega de repente: “No recuerdo si voté en esos años”, se
excusará en su autobiografía un señalado filósofo de la época, “y si lo hice,
no recuerdo ciertamente por quién”, añadía taimado. (Ya te enmendará a ti la
plana otro escribano de más adelante, cobarde criminal olvidadizo.)
Entre
miles de suicidios y huidas a ninguna parte, los Hesse callan y hacen de las
ventanas de la casa cerradas a cal y canto murallas defensivas en un país ya
derrotado por el crimen y la ceguera colectiva.
En el 39
papá Hesse y su familia se tornan invisibles para la Alemania nazi, han desaparecido,
se los ha tragado la tierra ocultos por la diáspora, pues en los tiempos de
locura y gran confusión el origen de un ser humano basta para condenarlo y sólo
urge la huida.
La
excursión dibuja un extraño mapa en la memoria de una duramadre aún por
soldarse.
Los abuelos de la criatura morirán exterminados en los
campos de la muerte, y ninguno de ellos era de esa clase de judíos que al ser
atrapados escondían diamantes y piedras preciosas en el recto.
Los hijos se esconderán como ratas en el escondrijo de un
desván polvoriento y oscuro hasta que puedan levantar la cabeza olisqueando los
peligros que les acechan y cavilar su huida a través de la noche.
Las nietas repudiarán el origen: dos huérfanas cogidas de
las manos temblorosas cruzando mares desconocidos.
En realidad, visto desde arriba, a la cobarde panorámica
de pájaro, sin chafarrinones ni tocamientos indeseables, cuatro ánimas en pena
más de las desterradas y huidas de la Alemania nazi disueltas luego en el grumo
del millón y medio de judíos que vivían, trabajaban y oraban y guardaban el
decreto talmúdico en la babélica Nueva York de los años cuarenta y cincuenta,
ganando buena parte de ellos cuarenta centavos por hora en trabajos miserables
muy lejos del trueque y el lustre banquero, nada que ver con el dorado y
diamantino oropel de la rica joyería de los Vanderbildt, los Morgan, los Ford o
los Kennedy, adiciones sospechosamente presumibles sólo en los de su raza desde lo más oscuro de los tiempos.
Ahora su padre
tenía una bonita casa con ventanas a un verde césped en tierra de gentiles. La
puerta basculante del garaje en un lateral siempre permanecía abierta a la
calle arbolada, con coche o sin él, con herramientas relucientes, con banco de
carpintero, con estantes de madera pulida llenos de frascos de conserva y
confitura. “Aquí nadie roba nada, pequeñas”, les decía a las dos hermanas su
padre satisfecho, feliz emigrante, el rey en su tesoro, mirando a hurtadillas
satisfechas la ranchera Pontiac del 52, una Chieftain Deluxe con paneles de madera
de imitación en la carrocería estacionada bajo los grandes árboles que sombrean
la entrada de la casa. Un sueño, una ilusión americana...
Lo cierto
es que arribaron al suburbial del norte de Manhattan, a Washington Heights, más
allá de casi todo, al otro lado de la frontera donde pacen los bisontes y anida
el águila, más allá del apartamento aireado y luminoso del Upper Side West
donde, años más tarde, su mamá voló y todo era bonito.
Han
llegado a la América poderosa e invencible aunque en blanco y negro, a la Nueva
York de los años cuarenta de aquel Feininger emigrante como ellos que hacía
reales los grandes barcos en el East River, fotografiaba el desfiladero del Lower Broadway o levitaba por encima de
las vías férreas elevadas de la Tercera Avenida.
Han
llegado en la época del avión y la hélice: nada que ver con aquellos
desgraciados que ya fotografiara Lewis Hine huyendo del hambre, que se
embarcaban hacia el paraíso en barcos de vela (4o días de navegación) o de
vapor (13 días cruzando el Atlántico), muriendo centenares de ellos antes de
que lograran avistar tierra y acabar en Ellis Island donde los despiojaban y
les abrían la boca como a los caballos en venta.
Qué bonita
era ella…
He aquí el
señor Groucho, con el parche negro y demasiado
liso del bigote, la sonrisa de vuelta de todas las cosas, el puro apagado,
el pelo de judío-americano, los andares anchos y esquivos, el culo bajo y los
pantalones prestados, ¿vas a ser tan pícara y buscavidas como él?:
¿Cuántos
años tienes, nena?
Cinco.
Caramba,
pues parece que sólo tienes cuatro. ¿Qué haces para parecer tan joven?
No dejes
de sonreír, no dejes de sonreír, no dejes de sonreír.
Los dientes sanos, de resplandeciente blancura, los ojos
sin legañas, la piel de nitidez germánica bien hidratada, el corazón exacto en
sus latidos, los pulmones bien aireados, limpia la cabellera y el cutis
impoluto (pura porcelana), vestidito aseado y zapatos nuevos: animalitos
perfectos para el rebaño americano.
Bienvenidos.
A la
Ciudad de los Neones.
A los Sueños de Humo.
A la
Materia del Humo.
Más tarde
comprendió que entre la vida y la muerte el espacio sólo era el tiempo, y el
tiempo sólo era la nada, lo que se escurría entre los dedos como el agua que no
se puede asir.
“Duerme…
duerme con el dolor.” (Celan).
Más tarde
era los tiempos de La América Liberal, con los chicos de ojos azules, duro
mentón y pelo a cepillo, donde cada buen americano tiene la oportunidad de
hacerse a sí mismo siguiendo paso a paso el manual de instrucciones del
Webster, las píldoras Alger, los héroes de Ayn Rand y las consignas de los
señores Hoover y McCarthy.
Pero,
cuidado: en calles del Bronx, de Brooklyn, de Manhattan, la caza del judío (del
irlandés, del italiano, del chino…) continúa siendo todo un entretenimiento
para los canillitas de una u otra nacionalidad. No te matarán: sólo el
escupitajo y la humillación serán suficientes para negociar tu integridad
física hasta que abandones las barriadas enemigas.
Papá Hesse
luchará por su camada hasta el día del Juicio Final.
Papá Hesse atestiguará los años y el crecimiento
saludable de sus jóvenes cachorras.
Papá
Hesse, ese alemán buen americano,
sabe de sobra qué dios protege a los judíos y qué nación es la escogida de
entre todas las del mundo por el Dios
Verdadero para poner orden y concordia en las cosas de La Tierra.
Este buen
hombre de disciplina teutónica y fe semítica aspira a la tranquilidad, a la paz
bien asentado sobre la decencia, leer el periódico a la caída de la tarde, ver
crecer sin sobresaltos a sus hijas, sentarse afuera en el jardín envuelto por
el fresco olor del césped recién cortado y escuchar con ánimo apacible sus
programas favoritos de la radio. Y convertirse, al tiempo, en el perfecto
ciudadano americano: aquel que respeta una bandera, unos principios y una forma
de vida.
Sólo que
de momento deben conformarse con vivir en un piso alto en la parte más alta de
Nueva York, donde casi no se ve nada de lo que hay debajo, en el Manhattan
bíblico al otro lado de la calle 125, donde el glamor a lo Kilgallen se reviste
del sabor típico de la granmanzana: New York Post, Daily Mirror, Broadway, la 42, intriga, asesinato, drogas, sexo,
conspiraciones y cover-up.

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