Imágenes,
sustitutivos, correlatos de esas imágenes, sensaciones, suplantaciones, sentimientos: siempre hicieron las imágenes
su breviario esencial. Etéreas, volátiles: congeladas en el tiempo, detenidas,
fijas en el film de la memoria, esa finísima película…
Y… tan
perennes, el pasado que vuelve con las brujas y escobas a cuestas, viñetas
nunca borradas de un imaginario tan sufriente como avalista de una vida real, física, imbatible ante los años y
la nostalgia: las manos mojadas de su madre desgranando las vainas de la
verdura, el perfil más hermoso de su hermana una mañana de verano en Coney
Island, una luz dorada que se filtra por las lamas de la persiana de madera
bajada a media altura y crea una atmósfera de oro en el comedor, y entonces
descubre a su padre en el umbral de la puerta, está a punto de salir a la
calle, siempre se despide antes de marchar, se ha acicalado como un hombre
elegante debe hacerlo: recortado el fino bigote de galán, perfecto el nudo
medio-Windsor de la corbata, rectilínea la raya del pantalón de suave franela,
inmaculada la negra chaqueta de terciopelo, estudiosamente ladeado el sombrero
gris de fieltro, la sonrisa seductora, el misterio (puesto que se va, y nadie
sabe adonde, y volverá)...
Sin saber
todavía (¿qué iba a saber de sí misma salvo la crónica paciente que su padre
como araña hacendosa iba hilando mediante fotografías, documentos, certificados
y recortes dispersos?), se figura la inocente becaria mitologías, la identidad
sofisticada, la que no era: merodea
por el Upper East Side tras los pasos de la Garbo: el mito.
¿Cómo
podría explicar mucho después, durante los años de hierro, que le gustara (y
nunca dejaría de hacerlo) la Suit de
Saint Paul, de Holst? ¿Ella, la que iba a quemar el tiempo con vitriolo,
edificar la Catedral Invisible del arte más conceptual y secreto por medio de
materiales innobles, impuros, inestables?
Leía lo
que no debía: oraba a quien no existía.
¿Cómo iba
a confesar sus contradicciones?
A través
del arte.
¡Menuda
hoguera!: “Eso que haces… ¿es nuevo?”. “Es inventio.”
Rasgos de
melancolía ensombrecen el semblante de la joven judía, manifiesta una torpeza
rara ante las insidias del pensamiento que suelen sobrevenirle. El pensamiento…
que lo es todo, que es nada, que al cabo no es sino una componenda química
encauzada por los rituales de la vida diaria:
escapaba
con todas sus fuerzas de lo reconocible, necesitaba hacerlo de cuando en
cuando:
iba a
South Ferry
muy a
solas, desembarazada de lo superfluo (una aventura).
A
principios de los cincuenta en Staten Island una neblina misteriosa y lánguida
envuelve las orillas de las playas desiertas, oscuras y frías del otoño, tan
prometedoras precisamente por esa razón.
Busca
chinas en la arena.
Ahora
Nueva York se halla al otro lado del mundo.
¿Estás
segura que quieres sufrir…?, ¿eliges the
hard way?
Debe
hacerlo. Es su particular camino de rosas.
Se pierde
en las líneas más sucias y amenazadoras del metro.
Recorre
como si tal cosa las calles nocturnas llenas de asechanzas, deliberadamente indefensa, a solas.
Abre su
pecho a los peligros del SoHo.
¡Se
adentra en la húmeda oscuridad del Bowery! ¡En los 60!
Mastica
látex.
Respira
polímeros.
No cree en
los milagros.
Y sin un
revólver en el cinto.
Ella, la
más rápida al oeste del East River.
Algunos
importantes asuntos ayudan a sus sueños, al raro pensar en la gloria (¿?): por
25 centavos pasa las horas viendo películas clásicas del cine en el MoMa.
(Pero
lleva bajo el brazo Film Culture.)
Anger: “El
cine emana del mal”, previene. Años más tarde, escribirá libros “amarillos” de
masiva venta por los escándalos que destapa debajo del celuloide: sexo,
asesinato, drogas y un scope más bien chillón.
Antes: Lucifer Rising.
Treinta
Monedas ya anda de criminal con el bic en la mano, zascandileando por el Nuevo
Mundo con una vieja Underwood escondida en la mochila a la espalda (¿o era una
Corona?): inventa, se imagina… el loco, el echado a perder: fabula.
Apresúrate
a conocerla mejor. Las cartas están marcadas: se halla en manos de un tahúr de
la peor especie que ya le tiene ganada la partida. No, no es ella una damisela
de falso recato recién excretada de Le Rosey con años y años luminosos por
delante, de alma y guantes de seda: se mancha las manos, la marean la química y
los óxidos, y su mente chapotea en fangos indescriptibles a los que sólo puede dar forma: esa mierda que arruga
las naricitas respingonas de las amitas de casa neoyorquinas anónimas,
prescindibles, muertas y perfectamente olvidables.
Aléjate de
los parques, gruñen los demonios interiores: la calma pretendida de sus bancos
de hierro o madera (a elegir) bajo la copa de los árboles limpios por la lluvia
nocturna, ahora pacíficos y relucientes por el sol, sólo presagian tu atonía,
descargarán la maldición, ¡oh, Los Hombres de Cabello Blanco de los Parques y
el libro disimulante!
Él: El
Mendicante al principio en la urbe desconocida y extraña da palos de ciego y
recibe la tunda que se merece.
“¿Podría
indicarme, buen hombre, piadoso neoyorquino, dónde echan New York Diaries?”
“¡Que te
jodan!”
El
Acompañante Invisible (más tarde).
Y miraba a
través del Tercer Ojo. El Analista.
El
Testigo, el negro:
La soñaba
en el 65.
La soñaba
en el 67. ¿Existe? Pero ¿existías tú?
La sueña
en el 2013.
La sueña
en el 2014.
La soñará
en el 2050 (?!).
La palpaba. Era de carne y hueso.
Pero eso
fue después (?), en el 68.
Nada
parecía indicarlo: estaría perdida entre los más de doscientos millones de
habitantes de los Estados Unidos de la época. Los diez de Nueva York (los cinco
de Manhattan; los dos de Brooklyn, los del Bronx, los de Queen). Pero tampoco
nada decía lo contrario: vive, crece, estudia y trabaja en un barrio universal,
Manhattan: dos millones de hormigas hacendosas; también, entre ellas, algunas
triunfadoras y muchas pordioseras, decenas de miles con la lengua fuera y los
zapatos agujereados.
Una Nueva
York próspera, esperanzada y… feroz. Un arterial e inmenso barullo de
estímulos. O todo o nada. Es así de sencillo.
Cien años por
delante. En la capital del mundo.
¿Y él?
Ya con los
pies en Nueva York (1968, 1969, 1970, 1971) secundaba perruno a Jennie (la mano
de Virgilio) que enarbolaba los ojos negros (verdes, intercambiables) de
cristal robando sin cesar almas y espectros, la dureza de las piedras, los
espejos de las fachadas, las ilusiones del acero y los neones… Todo acababa en
la cámara oscura, en las tripas de la Nikon.
Mas, tres
eran.
¿Quién es
el tercero que camina en todo momento junto a ellos?
Sólo
estamos tú yo, esa es la cuenta, dijo.
“¿A quién
buscas?”, preguntaba Jennie al verle ensimismado, ausente en otro universo.
A nadie.
Pero
delante, sobre el camino blanco, siempre hay alguien que camina a nuestro lado
envuelto en oscuro manto, hombre o mujer, perro.
Pero ¿quién
es quien a tu lado va?
La descubría en las calles atestadas o en las avenidas
interminables. La aislaba de entre los edificios y la marea de automóviles, los
flujos incesantes de transeúntes, la destacaba por encima de los anuncios
luminosos y las proclamas vistosas en grandes cartelones de hierro, la
enfatizaba de lo populoso, estridente, la definía de entre una multitud
neoyorquina avasalladora, de una indiferencia tumultuosa que a él no podía sino
antojársele hostil. Una tarde, harto de estudiantes ociosos y el desfile
insultante de sus cuerpos soberbios en el parque, del espectáculo de una
juventud desinhibida que ya le quedaba lejos, escapa de una brisa convertida de
pronto en un fuerte viento que parece nacer de la misma grisura del Hudson,
atraviesa Riverside cansino y derrotado, pues piensa en su alarmante desnudez
frente a ella, su irrefrenable sensación de precariedad. Entonces la descubre
en la avenida Ámsterdam, cerca del cruce con Broadway; va acompañada de una
amiga, un borrón confuso y despreciable, pues él siempre ve a Hesse a solas: viene en su dirección, atrápala, se
dice, déjala libre, magnífica, para ti, tan real e invisible como el aire, para
nadie más, qué se creen. Vístela a tu gusto. Pon en sus labios las palabras que
deseas oír. Que nadie sospeche lo de más
adelante. Nadie cree del todo aquello que le es contado. Sin las credenciales
que otorga lo palpable, lo evidente, todo acaba en papel mojado.
La primera
vez que la siente junto a él, que sabe
de sus huellas, sus lugares, su suerte, los años de después:
Abril de
1968.
Se halla
en el vértigo: endeble y altivo, pero lo más lejos imaginable de esos iron workers que han construido la
ciudad de los sueños: a él el mero hecho de alzar la vista a lo alto de los
rascacielos le marea: desleído en la nimiedad. Y sólo es un espectador.
Aún está
descubriendo el inmenso olor de las encrucijadas de la ciudad, el que emerge
del vapor subterráneo de las calefacciones, de las rejillas de los respiraderos
del metro, el tufo que escapa de los bares de neón y de las cafeterías
tubulares, la sombra olorosa que arrojan a las aceras los inmensos vestíbulos
metálicos y marmóreos de los rascacielos, el humilde de la golosa papelería que
adensa los espacios de sus grandes y pequeñas librerías, el de la piedra de las
calles tumultuosas, el aire de cemento, el frío de cristal, el de la losa
desnuda del acero…
Le
aconsejan: aquí el dinero vuela rápido.
Es inútil:
tan vano es aconsejar a alguien a partir de la experiencia que te han
proporcionado tus pecados como hacerlo desde la bondad de tus virtudes: en el
error caen todos.
De
momento, espera.
Le protege
mal que bien la cosmética de lo medido, la cautela en todo.
La
invención: siente las cosas, no las toca.
SE MIRA
PERO NO SE TOCA.
Es media
tarde. Se aburre. Está cansado. Manos a la obra.
Detiene
los ojos en el vacío.
Un maldito
experimentalismo de los que suelen defenderse en Gotham Book Mart.
Es media
tarde…
Es media
tarde y los rayos de un sol desmayado penetran por los cristales sucios, a
duras penas logran iluminar ese espacio escondido en el Downtown de una Nueva
York todavía oscura, olorosa a piedra mojada, metal y la acritud del humo
invisible de las calderas, crudamente inhóspita a pesar de la primavera. Una
luz de oro falso, sin brillo… etcétera. Desde primeras horas de la mañana Hesse
no ha podido ocultar su satisfacción, a pesar de que por alguna razón que él no
entiende intenta mostrar indiferencia. Ayer visitó la muestra de Sol LeWitt.
Durante unos instantes le habla de este artista, amigo suyo, del que él también
tenía noticias hace algún tiempo. Varios ejemplares de Artforum descansan sobre una mesilla auxiliar de listones de madera
sin barnizar, frente a una biblioteca de pie también de madera desnuda. La
revista publica en su último número una crítica muy alentadora de Emily
Wasserman con motivo de su exposición en la Fischbach Gallery. La han comentado
durante el almuerzo. La reseña destaca en especial dos obras muy queridas por
Hesse, Repetition 19 III y Accesion III, en las que se adivina,
según escribe la autora, un toque fascinante de sensualidad y diversión
procesual. La artista no ha podido disimular una sonrisa de conformidad al leer
esas líneas en voz alta.
“Seguramente
han tomado varios snaps”, escribe, “pues el tipo se siente algo aturdido, con un persistente sabor
dulzón en el paladar, la lengua pastosa, los ojos adormilados. En realidad,
está temblando de pasión, pero algo hay de ternura en el deseo violento que le
domina. Sería suficiente con acariciar su piel, sentir la carne viva de sus
brazos desnudos, besar sus mejillas arreboladas, hundir los dedos en la larga,
perfumada y sedosa cabellera. Casi está a punto de abalanzarse sobre ella,
sentada a pocos centímetros en el sofá con la revista sobre el regazo. Pero en
ese instante la artista se vuelve hacia él, muy seria, con una mirada que él
entiende implorante...
Avanza la
mano, la punta de los dedos. Toca la nada.”
Y huele a humo.
[Debería
corregir el estilo, se dice (y piensa en un ejemplar
Bucci escondido en algún sitio del futuro donde añadir la glosa y la
rectificación explicativa, ¡mon frère
Stendhal!).]
Es el
vértigo, etcétera. (La toma entre sus
brazos, calcula sus oscuros ojos que le miran entregada, mensura la intensidad
de su abandono, los ojos que se entrecierran embelesados, la boca entreabierta,
el tibio aliento (…) Y empieza a oscurecer en una Nueva York aún desconocida,
inabordable, temible. Una ciudad que al anochecer, incomprensiblemente, sugiere
la existencia de unas gigantescas murallas que la cercan desde los dos ríos y
crecen y crecen hasta alcanzar el cielo negro.
Después:
nunca deja de sentir ese desmayo cuando revive la tarde de abril del 68, su
cuerpo acogedor de matrona feliz, su misma presencia de La Gran Madre Judía…
Es, siempre, un desfallecimiento.
Ella,
escribe El Escribidor, renegaría atónita de la potencia y eficacia de una
inteligencia beligerante (la de él), siempre alerta. Él es gris; ella, la
elegida por los dioses, brilla como una luminaria en la noche de los
aprendices. Le miraba divertida. Eso le irritaría a él, estaba demasiado en
guardia ante los demás. Disfrazaba la suspicacia con la frialdad del carácter.
Disimulaba como podía las manías. Esa rigidez atenuaba su ingenio, a diferencia
de la otra, temerosa pero lista y llena de certidumbres. Y él, peripatético,
que aún no había descubierto el aserto: no te tomes muy en serio a ti mismo, es
probable que seas la única persona en el mundo que lo hace. Pero era casi el
principio de todo. Más para él que para ella. Luego, la vorágine, las idas y venidas,
el sinsentido del final inminente, todo sobrevino demasiado aprisa y todo fue
demasiado embarullado. La crónica de después en forma de escritura fortalece
una memoria en exceso distraída.
Una
punzada de desolación se abate en la sangre: con qué celeridad se disipaban los
días, sus luces diferentes y sus actos triviales o encomiables, se hundía el
tiempo en el abismo y nos arrastraba con él mientras la urbe amanecía azul, se
tornaba amarilla, se desangraba cada noche. Qué cruel alcanza a ser esa medida
tan precisa, las pausas de la mañana y la tarde, sus gentes, sus colores y
ruidos, la singladura cotidiana repleta de propósitos, tan lejano todo ello al
terror y la angustia que se anuda en la garganta del desahuciado para el que ya
nada del mundo ni los seres que lo pueblan muestra grandeza alguna. Todo es
sólo un accidente. Tu nombre, el color de la piel, tu origen, la apariencia que
te significa. La vida es absurda, la muerte le arrebata cualquier posibilidad
de sentido. Qué dislate. Entonces la ironía… ¿De qué te sirve el desparpajo
ahora? El rostro de la muerte sobresale tras cualquier cosa, envilece cualquier
sentimiento. Una desgana física e intelectual impregna todo desde la rabia
silenciada, el escepticismo inicial que prevalece ante lo fatídico atenúa algo
la causa arbitraria e injusta: en el fondo es una barbarie. No hay resignación,
hay derrota. La muerte puede con todo lo imaginable. Incluso anticipándote a
ella, precipitándola, puede. A ella, a la guadaña de los milenios primeros y
oscuros, no le importa el camino que elijas, tampoco la hora. No escaparás. Esa
certeza no elude la lucha, ni el empuje… a la nada finalmente. Qué desastre,
qué perversa culminación: creces a la nada.
Su coraje
apabullaba. Podría decirse que le obligaba a uno a creerse capaz de superar el
listón de sus talentos, pocos o medianos, fueran de la naturaleza que fuesen.
“Siempre se puede ir más allá”, afirmaba la judía incontenible. Pero el
verdadero estímulo era su presencia viva. Crédulo hasta la médula, él podía seguirla
hasta el infierno. La creía porque era real (y sobre esa base rotunda la
inventaba mejor).
Un deseo
vehemente de destacar en algo le embarga mientras no aparta los ojos de ella,
la escucha con indisimulado arrobo: alienta personajes maravillosos en lo más
hondo de sí mismo, en él, en cualquiera de las personas que la rodeaban de modo
constante, que más pronto o más tarde acabarían revelándose en el interior de
todos ellos. Los hacía emerger del sucio y oscuro grumo de los abatidos
andantes a su lado: somos plurales, podemos ser cualquier cosa, héroe o
villano, soberbio triunfador o perdedor solitario, rebelde y magnífico. Era
magnética, hasta predicadora. Esa era la esperanza, crear de nosotros mismos un
ser memorable y capaz más allá de resultados plausibles. No había que venirse
abajo. Nunca había razón para ello, aseguraba. El proceso hasta ese
alumbramiento era la misión más digna, al menos la que justificaba nuestro paso
por este mundo. Luego, amabas hasta los mismos tuétanos de la tierra, te revolcabas
en ella porque era tu verdadera piel. La tierra es el arte, y el barro su
esencia.
La
naturaleza es sabia, suele decirse. Nada más lejos de eso. Esa monstruosidad
ambulante del planeta es ciega a pesar de las leyes que la rigen. Los errores
se multiplican a cada segundo, sin duda en la misma medida que los aciertos y
las felices casualidades. No hay una regla que la exima de la torpeza y lo
criminal en su curioso avatar, tan dominado, esto sí, por el entramado de sus
axiomas físicos y una evolución casi perfecta.
Te hago
inteligente, insustituible. Pero yo acoto por un error de diseño el tiempo de
tu eternidad y sus afanes. La torpeza del final precoz desmiente toda
predeterminación y cálculo: morirás joven. Una chapuza genética. Un fracaso
cósmico.
Hoy
sabemos que son plurales las formas despiadadas del caos. ¿Lo mitiga algún
orden de aspiración humana?
Y bien,
toda la clave de su obra reside en el absurdo: no expliques nada. Vive. Y
juega. Todo puede ser un juguete magnífico: ilógico, noser. Con las formas será bastante. El caos es divertido,
aberrante, imprevisible. Implacable ley física.
Además,
¿para qué mentir? Esto (la vida, sus hechos y sus obras) no puede acabar bien.
O sí. Pero la cuestión es que acaba.
Toda mi obra -podría
haber dicho, y seguramente dijo solemne alguna noche ya epifánica ante los
dioses que la arrebataban de la vida-, se
concibió para ser creada y no contemplada.
El
absurdo… ¿en qué consiste? Acaso esa sensación nos domine cuando acaece lo
impredecible. Sólo eso: lo imprevisible nos aturde y nos sume en el
desconcierto. Nada, así, parece tener sentido, ¡pero todo es impredecible,
hasta lo más nimio!
“El objeto
no es una ficción, es una realidad. Yo subrayo esa realidad, y al hacerlo puedo
recorrer en plenitud ese trayecto intencionado, que no representativo, que
abarca desde la ironía hasta la tragedia.”
Con ella:
un baedeker con el que recorrer la
ciudad sorteando sus habitantes que hasta explica una relación épica, un
destino.
Del 134 de
Bowery al 35 de Vandam Street (con los pies colgando sobre el Hudson,
aporreando las teclas de color), otro sagrado lugar.
Una
mañana, un día cualquiera, de pronto, investido de la piel de un auténtico newyorker. Ya lleva Gotham en la sangre.
Desvía rápidamente la vista al descubrir a un foráneo, un turista. Apestan a
cien metros. ¡Qué de milagros!
¡Qué
mudanzas!
Y el
bolígrafo mortífero, puede ahogarte en su líquido azul como si tal cosa…
Como te
muevas… ¡te escribo!
¿Qué tal si esconde el bolígrafo infantil de cinco
centavos, deja asomar por el bolsillo de la chaqueta la caperuza de la
Montblanc con la estrella rechoncha y blanca a la vista y se dedica a la
conquista de la neoyorquina madurita?
“Me gusta
que me despierten con un beso en el cuello”, dijo ella sentada a la barra de un
bar de luces amortiguadas y adensado del olor apaciguante de la madera noble y
el cuero auténtico, en la esquina de la 69 con la Quinta.
“Ese soy
yo. Soy El Despertador”, dijo él con el vaso corto de cristal teñido de caoba
en la mano.
¿Y suenas y
todo?
Fue el
comienzo de una intensísima relación de un día y medio que tuvo como único
escenario las enteladas paredes de color rosa de un dormitorio en un lujoso
apartamento del Upper East Side con vistas (naturalmente) al East River.
pero no de
las morosas sutilezas de la seducción (se abrió de piernas nada más tumbarse
sobre el esponjoso colchón veteado de rayas plateadas henchido de plumas, ¡para
qué perder el tiempo!)
El era
noviembre y estaba solo. Ella era una mujer cuya edad ya necesitaba del
maquillaje
“¿Cómo te
llamas?”
“Noviembre.”
Un
bolígrafo: dos kilómetros de tinta, cien mil palabras: 5 centavos. ¡Joder, qué
barato sale el crimen!
-Todos
esos elementos inconexos, dispares… ¿logran de veras una fusión artística?
-Todos
esos elementos… ¡son un solo elemento!
Hay una
cucaracha roja encima de las hojas amarillas emborronadas, cerca del
diccionario de sinónimos y la polvorienta Underwood (¿o es una Corona?):
“¡Largo de aquí, jodida hembra, este es mi Sancta Santorum!”
Lleva sin
afeitar ocho días seguidos y la página volcada sobre el rodillo de la máquina
de escribir en blanco. “Un blanco prometedor”, se dice animosamente después de
una semana sin ducharse.
¿Cuál es
el mensaje?

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