domingo, 23 de noviembre de 2014

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Tampoco hace tanto tiempo de aquellos años cuando Central Park se llenó de hoovervilles y los inocentes patos de los estanques acabaron en docenas de cazuelas de gentiles pobres y judíos hambrientos.
Mucho mejor, no obstante, que desaparecer como por ensalmo a merced del Nacht und Nebel.
Buen tipo este abogado judío reconvertido en corredor de seguros (que no de creencias) en el Nuevo Mundo: es capaz de dormir con solideo y obligar al futuro yerno a enviar a la hoguera de la Santa Inquisición al Papa y su cohorte católica y abrazar la verdadera religión de los hijos de Israel. Lee en hebreo y yiddish lo que cae en sus manos. En 1948 los dos tomos de La Familia Máshber, de Der Níster, por ejemplo. Lo importante es entenderse (en yiddish, alemán, inglés, por gestos, mediante silencios, a través del guiño), al menos durante algún tiempo, afirma acto seguido de acabar el rito religioso, todavía con el taled cubriendo el cogote y el cuello, a punto engullir buena parte de las dos docenas de gefilte fish que sobresalen en la fuente de cerámica pintada primorosamente de la cocina.
¡Qué país el de entonces, cuando la niña vestía de corto!
El de un presidente que encerrado en las tripas de The Sacred Cow el Día de la Madre vuela a su pueblo a visitar a mamá y darle un besito en las mejillas arreboladas de orgullo y felicidad por su hijo, un vaquero miope capaz de fulminar en diez segundos a 200.000 malvados orientales incluidos ancianos, mujeres y niños de un solo disparo de su Colt 45. Aunque tal vez fuese una Derringer: TENIA LA MANO PEQUEÑA.
To err is Truman.
Pero el país prospera a pesar de todo, a pesar de los bandazos políticos y las Unions, a pesar del miedo atómico, a pesar de los artistas locos empeñados en darle al mundo vuelta y media y ponerlo todo del revés.
Buen caldo de cultivo para alimañas y pequeños insectos y gentes avispadas.
Su padre: el hombre que amontona recortes de prensa, fotografías, cuadernos de notas, diarios, objetos, postales, recuerdos, cartas, documentos… Todo el organismo voraz de cosas, objetos y sucesos que constituyen la biografía letrada de ese puñado de vísceras y huesos que resulta ser la vida animal, lo que a la postre queda escondido tras la apariencia.
Su padre haciéndose más americano cada día que pasa, ojeando la lista de best sellers de tapa dura en las páginas del New York Times pero comprando los volúmenes en rústica de la New American Library o de Pocket Books, ahorrando hasta el último dólar de hoy para mañana que es el primer día del futuro.
Y Evchen, la pequeña sonriente de ojos grandes, oscuros y redondos, buena hija y obediente novicia en todo, asiste complacida a la ceremonia del Bat Mitzvá de su hermana y espera la suya propia con ansiedad.
Él las ha conducido a la salvación del cuerpo y el alma.
Ahora tendrán prerrogativas y derechos que las elevan de los seres inferiores, de la raza de ratas untermenschen.
Quiere cerciorarse que está vivo, que se ha librado del gas y el horno crematorio, donde todo el pasado y su moderna genealogía han sido enterrados. Quiere creer que su descendencia se encuentra a salvo del siglo bendecidas por Yahvé, el castigador, el que no perdona, el vigilante supremo.
Lo judío y su negra fascinación acechaban por todas partes.
Su padre, con Der Forverts en una mano y el miedo todavía en el alma: elige los tonos de sus trajes, los tejidos, la caída del terno. Lo hace con esmero de judío aplicado, comprueba con los dedos calidades, mide grosores, calcula los precios. De adolescente, e incluso poco antes de casarse, ella le acompañaba algunas tardes a las tiendas tristes y oscuras del Lower East Side. A los pocos minutos se impregnaba de tal manera de la atmósfera ortodoxa que imperaba en aquellos establecimientos que se asustaba al pensar lo enraizada que estaba en esa cultura de manías, miedos ridículos, luto, tirabuzones, símbolos, rezos y mandamientos. Le entraban unas ganas locas de disolverse en aquella tela de araña  de aire espeso y la luz sombría del anochecer, de apagarse en esa atmósfera precaria y rancia, ser parte de esa mórbida sustancia que constituía la materia y el color de lo judío, la tontería ancestral. Hasta (fijaos bien) creía en todo aquello.
Su padre, el buen judío con el corazón lleno de culpas ajenas.
Y progresa, cómo progresa: Singer, Malamud, Bellow, Roth (algo descafeinado a pesar del lastre hasídico del origen). La literatura que lee ya atiende textos que rebasan ampliamente el mero vehículo del lenguaje, el soporte, y aspira a una connotación que si no rehúye el relato le aboca a la medición lingüística.
Incluso no oculta la sonrisa leyendo la Stern de Friedman (y ya conoce de sobra lo que vale exactamente un judío americano expulsado de Europa, aunque no proceda de una shtetl).
En efecto, se imagina que cuando el Gran Sueño Americano se cumpla de una vez en los día cálidos podrá salir afuera de la casa, sentarse en el pequeño jardín y beatífico y agradecido escuchar por la radio The Jack Benny Program o concursos del tipo de Two for the Money de Herb Shriner, mientras las niñas corretean por el césped tras el perro lanudo color canela y el aire de la plácida tarde se impregna del dulce aroma del pastel de frambuesa que mamá prepara dentro de la cocina.
La heroína crece despacio, felizmente, en tierra de nadie todavía.
Y el grato paso del tiempo…
En efecto, es una especial: la Chica Lista, la Gran Artista, nunca fue una Niña Tonta que dibujara en las páginas de los cuadernos escolares enérgicos Kopffüslers, muñecotes marcianos de colores arbitrarios (pero icónicos) y miradas grandes: ella garabateaba charcas, las piedras y hierbas del fondo, universos de objetos imprecisos, las imaginaciones, y cuando utilizaba aquellos monigotes era para contar una historia, y entonces el dibujo era lo de menos.
Octubre de 1941.
Desde la cerca del jardín vemos pasar a los Roning que van a comer a casa de los Sullivan, justo al lado de donde viven los Feiffer, después de haber asistido por la mañana a los oficios de la misa dominical en el templo episcopaliano codo con codo con los Smith y los Mulligan, a los que vemos acercarse por el otro extremo de la calle en compañía de los Bailey. Las tres parejas forman una curiosa multitud con la pequeña nube de los niños vestidos de blanco y negro correteando y cruzándose entre ellos. Dan la sensación de ser una exigua pero coriácea congregación de fortaleza y camaradería indestructible ante cualquier embate de la vida cotidiana, laboral y social, a salvo de todas las asechanzas y mezquindades de esta época de zozobras. Todos van vestidos de domingo. Los rostros risueños, el alma en paz. Luce un magnífico sol de otoño que dora las copas amarillas y rojas de los árboles, y en el aire se esparce el grato olor de los dulces de domingo calentados en los hornos, el aroma de los asados provenientes de las cocinas y barbacoas de este pequeño rincón del paraíso que resulta ser el 156-A del área residencial de Oak Park 4 N.Y.
Por la tarde todos nos aburrimos un poco hasta que anochece. Entonces nos sentamos a la mesa del salón a dar buena cuenta de la cena, escuchamos un programa de radio y, luego, mamá vuelve a meterse en la cocina, papá dormita en el sillón con el periódico sobre el regazo, la radio sigue hablando sin que nadie la escuche y, al final, casi sin darnos cuenta, acabamos en la cama.
Buenas noches y buena suerte.
El hombre, para quien este día no tiene nada de santo, cierra las grandes páginas de uno de los pliegos del periódico, las de política internacional con noticias de la guerra en Europa: los alemanes han iniciado la ofensiva contra Moscú. Este hombre, después de haber plegado perfectamente las hojas del diario y depositarlo sobre el césped, permanece inmóvil en la tumbona, pensativo, con los ojos fijos en los grandes árboles alineados más allá de la cerca que separa el jardín de la acera y la calzada alfombradas por las hojas caídas del otoño. De vez en cuando un coche sigiloso, casi sin hacer ruido, se desliza delante de la casa y desaparece calle arriba. Luego, torna la pasmosa monotonía. Hasta él llega el sonido de la radio que su mujer tiene en la cocina mientras trajina entre cacharros, pero no logra descifrar nada de lo que oye. Alza la cabeza y mira al cielo: le gustaría describir las diferentes tonalidades de la luz que comienzan a entreverarse en él. No lo consigue, y se culpa de su escaso talento para las descripciones, incluso las más sencillas. Siempre ha sido así, se reprocha en silencio. Bosteza y deja por unos instantes la mente en suspenso. No quiere pensar en nada, pero esto es imposible. El domingo pronto empezará a declinar. Mañana será otro día. Hasta el domingo siguiente, todo parece igual. Un día detrás de otro día. Pero si uno se para a pensarlo, también los domingos parecen siempre el mismo, uno tras otro, sea la estación que fuere, todos parecen iguales. Mira a su alrededor. Dentro de poco la grisura se apoderará de la tarde amarilla. Ahora siente un poco de frío en la espalda, como si estuviera entumeciéndose. Ha crecido el canto de los pájaros. De algún lado el aire le trae el olor de hojas secas quemándose. Trata de impedir que en su fuero interno comience a cristalizar esa conjunción de inutilidad y rendición, tan conocida por él desde hace unos años, aún en el mismo Hamburgo, que inevitablemente le aboca a la esterilidad y la exasperación. Debería levantarme y meterme dentro de la casa, se dice mirando la franja de sol agónico que muere contra el seto que separa su casa de la de los Sheridan. Los colores se han vuelto tenues, apacibles. Como una ráfaga de tristeza que viniera enhebrada en el mismo aire del atardecer, como un puñal de desánimo en este instante de acabamientos, siente una ligera desazón que no acaba de definir, como un sentimiento de abandono e incertidumbre al ver a sus dos hijas pequeñas persiguiéndose una a otra por la diminuta parcela verde de su casa, entregadas a unos juegos que no entiende. Escucha sus risas nada estridentes, apenas audibles, hasta silenciosas, como la tarde ya crepuscular a estas horas, observa la correría ingenua de esas niñas que nunca tuvieron la oportunidad de elegir sus vidas, las persecuciones sin un sentido lógico aparente, y, de pronto, se siente agobiado por la losa de una pesadumbre casi inaguantable. Experimenta una sensación de temor por todo, el horror inexplicable ante un vacío imaginario. Un hueco nace en el pecho, de dentro a fuera, se agranda más y más hasta horadar los huesos y traspasarle la carne. Y todo, en verdad, parece desvanecerse a su alrededor, disolverse en la nada, ser la nada en este aire gris y frío, cada vez más oscuro.
Historia Antigua.
¿Cómo era el mundo sin TV?
Era. Estaban los cines. En los cuarenta, en Brooklyn y Manhattan, en cada manzana del vecindario había tres salas de la cadena Century.
Todas las casas de todas las barriadas recibían el folleto azul donde anunciaban las películas en cartel.
¿Las llevaba papá Hesse al cinematógrafo? Entonces la barraca de feria era grande y de un lujo magnífico, una espaciosa sala con platea y arañas resplandecientes colgadas del techo, con blandas moquetas en el piso en pendiente y butacas tapizadas de terciopelo rojo. En fin, por quince centavos la entrada…
Sin embargo, ellas, las dos hermanas, seguían bajando la vista, oraban y respiraban el espeso aire de la sinagoga decorada con vidrieras azules y amarillas. En verano: al campamento judío. Una suerte de aprendizaje para el kibutz, si se diera finalmente el caso.
Te amarán si eres hermosa.
Pero, ¿podrás amar tú?
¿Quién soy yo?, se pregunta sin apartar la mirada del espejo hasta que finalmente ya no se reconoce en él:
Yo… soy otra.
El lenguaje es algo muy diferente a las palabras: éstas exigen un orden, y aquél es una pretensión.
Pero aquél se vale de éstas.
Son éstas las que desarman a aquél.
Las usurpaciones.
Papá se casa de nuevo: sepulta a la pequeña Evchen bajo una intrusa Eva Hesse: la madrastra del cuento.
¡Pero hasta se llama como ella! ¡No quiero un doble!
¡Maldita perra!
Créate una vida. ¿No se ha dicho que mejorar el estilo es mejorar el pensamiento?: créate una ficción.
El Arte es La Guarida Perfecta.
Chitón, y la vista baja. A nada imites. Klee: eine Zwischenwelt.
Y ahora hay que asignar nuevos papeles en este Gran Teatro que en su acto final siempre acaba como un guiñol inocente y sin significados complejos: corta los hilos, corre el telón. Queridos niños, volved a los sueños. Creed que sois artistas. Ved el mundo como un decorado de cartón y de trapos tan minúsculo como el que se alza ante vuestros ojos en este pedazo del parque envuelto en la grisura de la tarde dominguera que ya muere.
El cartel admonitorio se había erigido hasta en la más pequeña calle de Hamburgo, poco antes de escapar de la quema:
JUDEN
Sind in dieser Ortschaft
nicht erwünscht!
Y también en los cincuenta: una buena hoguera de libros y si hubieran podido hasta de leftists.
Los cincuenta:
Señor Hoover, ¿existen realmente Los protocolos de los siete sabios de Sión?
En el noticiario de Murrow, en la CBS, El Gran Defensor de la América Libre el senador McCarthy proclama “su peregrina inocencia, su razón histórica y la culpabilidad de todos los otros, los enemigos de los americanos de buena fe”.
La América Fuerte se asienta sobre cimientos de oro (mucho más fuertes que el acero) y el ojo vigilante de Joe McCarthy.
Leve sería la purga, pues el Poder se reviste de mil formas, y todas adecuadas.
Todavía:
Celebran felices aniversarios repasando y leyendo The Jewish Family Year Book. Pasan las páginas casi sagradas mientras aspiran el benéfico aire de libertad que proveniente de los huecos de ladrillo sucio de humo de las ventanas abiertas hincha sus pulmones.
Abre las páginas del libro grande. Mira las ilustraciones: estatuaria griega, el arte antiguo. Inmortal. No del todo: al paso de los siglos los campesinos rompen en pedazos las esculturas para levantar muros, fortalecer bancales de piedra seca, alzar paredes de mármol en la montaña provisora de alimentos.
Retrasa el miedo.
¿Por qué creces? ¿Qué diablos es esta desconcertante materia con poder de metamorfearse, de evolucionar carnosa e intelectualmente?
Aviva el futuro: envuelto viene en papel de regalo, satinado y  de colores brillantes (plata, azul, rosa…)
Las ilusiones de lo venidero se alimentan del estiércol que sedimenta el pasado.
A los cinco años los colores huelen: huele la mañana líquida del verano, las tardes aburridas del otoño, la oscura luz del invierno, la noche amarilla y eléctrica, el amanecer de piedra.
A los siete descubres que los adultos están locos: exactamente, ¿qué hacen?, ¿cómo se las arreglan?, ¿de qué hablan?, ¿qué conspiran?, ¿qué se creen?, ¿POR QUÉ HAN CRECIDO?
A los nueve años eres peligrosa: ya no hay preguntas: el fingimiento entra en acción.
A los diez años de la edad cuaternaria todo ha acabado: sabes que las puertas por muy pesadas que sean se cierran a lo desconocido y se abren a la desilusión.
A los once años todo son terrores.
“Veo un monstruo”, dice.
¿Un monstruo?
Lo repite innumerables veces.
Pasan los días, las semanas.
Ve un monstruo.
El psicólogo apela a oscurantismos y a los fáciles traumatismos en la conciencia infantil: la madre, la ausencia, la madrastra, la raza culpable (¡matar a Dios!)…
Al final, descubren la verdad: no habita en los sueños, no hilan su angustia las pérfidas pesadillas y los delirios nocturnos, no viola su inocencia endriago o espantajo mientras duerme.
Todos los sábados acude con unos familiares a Central Park. Antes, la recogen en la 56. Y al cruzar Times Square, asoma el monstruo: el cartel con la enorme cabeza (tan grande como una casa) de El hombre de Camel que, entre letreros de neón, cada pocos segundos expulsa humo de verdad por la boca.
Un dragón a la luz del día. Preside festividades. Crea los miedos futuros.
A los once años: sé una buena chica y en un par de años más búscate un novio correcto, un buen americano, un tipo decente, un Scout Águila. O así.
Sin embargo, durante unos años más aún se le vería sobre su cabeza el pollo (y el alma inocente).
“A tu salud”, y se bebe un par de San Franciscos. O más. Termina emborrachándose (?). Sería la granadina.
¿La televisión? ¿Una magia? No está una por los portentos que comparten decenas de millones de otros seres humanos. Una no se maravilla así como así, se alegra de que el aparato funcione sin más ni más, sobre todo si están emitiendo tu programa favorito. Eso es todo.
¿Cómo se creó el Universo? De un estallido de cólera. Alguien se enfadó.
Esas ventanas encendidas de la noche de Nueva York no son, aunque a ti te lo parezcan, ojos que vigilan tus andanzas (imaginaciones) de adolescente judía insomne: son, como has descubierto ahora, al final de todo, huecos a una gran tristeza, rendijas al absurdo temporal que es la existencia.
En el dormitorio del padre y la madrastra. Encara las dos lunas del armario ropero. Adopta posiciones: se multiplica diez veces, cien veces, mil veces… perdiéndose en el fondo verde y marino incontable, inalcanzable, el país de las hadas de gestos parsimoniosos y miradas de lánguidas aguas, el bello fango traslúcido que la atrapa con sus manos de terciopelo.
Ella es La Niña de los Grandes Ojos Negros.
El ocaso tiñe de rojo los rascacielos del Lower como si de pronto fueran a calcinarse hasta derretirse por completo y acabar pulverizados en el suelo, un polvo de óxido que se confundiera con la superficie cenicienta del cemento de las aceras… pero todavía, en esta época pre-Moses, en Manhattan se alzan casas unifamiliares de dos plantas y edificios de ladrillo rojo siembran de colorido grandes zonas de los distintos barrios de la ciudad: el lechero aún llama a tu puerta.
¿Quién es mi niña?
¿Quién va a ser?
¡El Capitán América!
¿Y quién no?
Viernes noche, los cincuenta: Sam Spade incendia las radios nocturnas. Sábado noche: al drive-in.
¿Qué quieres ser de mayor?
Toda obra artística o literaria en el fondo no es sino la dolorosa y conmovedora reivindicación del preso que en los muros de su celda escribe la patética leyenda “Yo estuve aquí”, como  afirmación de una existencia que sabe abocada a la soledad, al olvido, a la nada, a la mistificación.
¿Qué quieres ser de mayor?
Quiero vivir en un apartamento antiguo (pero no viejo y no pasado de moda), en un edificio de la calle Setenta y tantos Este (la Setenta y ocho, por ejemplo), que tenga vistas hacia la mitad de Central Park, ser una buena vecina de la señora Glass y sus muy exquisitos e inteligentes hijos, salir con ella algunas tardes a tomar el té y merodear por Lord&Taylor, Saks o Bonwit Teller. Por supuesto, tendría el apartamento lleno de libros y otros maravillosos objetos. Me ganaría la vida pintando o escribiendo. También iría mucho al teatro y disfrutaría de grandes momentos de ocio.
En los primeros cincuenta ir a Coney Island era una aventura en la que lo primero que saltaba a la vista era la mañana acuática y azul, cuando en sus tempranas horas se absorbía por todos los poros de la piel un aire limpio, nuevo, aún fresco, pleno de promesas. Ni siquiera la espera en Columbus Circle, el metro atestado de niños, los adolescentes ruidosos y adultos festivos de la línea D y un trayecto que se hacía interminable hasta que durante unos pocos instantes los vagones salían al exterior mientras atravesaban el puente, lograba aplacar las ganas de acudir allí todos los días del pegajoso verano de Manhattan: un millón de bañistas luchando por apoderarse de un palmo de terreno con un sándwich de cebolla frita y salchichas en la mano. El día era eterno, y en la piel se sentía el aire caliente, perfumado y húmedo, y  en los ojos y la mente infantil se comprimían el largo paréntesis de la vida y todo su montón de visiones, sensaciones, sentimientos, alegrías y pesares en ese breve lapso de tiempo que mediaba entre la llegada a las olas mañaneras y la marcha aletargada hacia la oscura boca del metro. Sólo el regreso al atardecer, cansino y un poco triste, denso de olores y humanidad, disuadía de repetir al día siguiente la correría. Pero al llegar a casa, la noche calurosa y agotadora, la cena poco apetitosa frente al televisor y la ventana abierta de par en par a la calle y sus ruidos nocturnos y su olor a alcantarilla, renovaban paradójicamente la ilusión de volver a la mañana siguiente a la playa y merodear sin rumbo por las barracas de feria y las múltiples atracciones del parque, saturado de olores a fritangas y cremas protectoras y refrescado por la brisa a ráfagas proveniente del océano que hacía volar entre las piernas desnudas papeles y envoltorios. Ay, mañana…
La pequeña Evch
Todo son contradicciones, pequeñas venganzas de Yahvé en tierra de gentiles.
Sus pequeñas orejas, libres del gorro invernal, en el aula bien caldeada de secundaria, reciben como bofetones las invectivas que el calvinista Jonathan Edwards prodiga en los libros de textos para todos los alumnos blancos y negros, judíos y ortodoxos, católicos y budistas: viles e impíos israelitas… (hasta parecen mascullar las líneas elevándose de la página colérica).
Pero papá Hesse le espera en casa con la Tora sobre las piernas y un antiguo ejemplar asepiado de un Lebanon Light encima de la mesa. Se trata de dogmas: el Tiempo ha de pasar, y cuando crezca se habrá convertido en la anti-dogmática por excelencia: el arte es un lenguaje universal desde el que profesar la apostasía más liberadora.
Papá El Vendedor de Pólizas, este hombre sólido y culto, El Buen Judío Alemán, es uno de esos tipos que no es que reflexionen sobre su pasado, es que huyen de él. Este abogado ahora americano sin estrado no deja de pensar, mientras calcula primas de riesgo, que el pasado es lo que se halla en el interior de uno mismo y no lo que has dejado atrás.
Mucho después de ese pasado (engañosamente después): en septiembre de 1946 la niña de oro ya elegida por los dioses logró reunir los 44 números de Ha, Ha que habían llegado a los quioscos hasta esa fecha. A 10 centavos el cuadernillo: 440 centavos: 4,40 dólares en total. Observaba el rimero, que casi alcanzaba la altura de sus rodillas, ante la recelosa mirada del Dad, que por una vez no sabe qué pensar de su hija. Pero la pequeña compiladora lo que más admiraba ahora no era el contenido ya archisabido de los sobados ejemplares, sino el volumen ascendente, con vida física propia: una instalación (y los colores del pasado), lo familiar de las historias, recordar los chistes, las viñetas, tal vez el momento de la lectura, los olores, aquella vida tan reciente e intensa…
¿Qué quieres ser de mayor?
Eterna.
Un tipo delgado y de expresión malhumorada, de mirada espesa, ataviado con una ropa oscura y polvorienta que parece despedir olor a desván cerrado durante siglos, con un casquete en la coronilla, los ha contado: 613 mandamientos.
Estupefacta debió quedarse la que sería La Mayor Iconoclasta del Arte.
Fuera de los muros, es de todo punto imposible acatar las prescripciones.
El violeta es el color de la sabiduría.
Preludia la noche. Y antes de los sueños, el pensamiento, la reflexión…
¿Aún de niña y en esas estamos? Difícil de creer.
Hola, fantasía.
Estaría bien ser astronauta. Una nueva profesión nacida en la década de los cincuenta. Especialmente indicada para niñas de trece años. Era su secreto más íntimo, su sueño más descabellado y, por tanto, más hermoso (¡la de panorámicas que habría allá arriba!) Hasta que un día se enteró merced a un alma caritativa que el líquido que consumen los viajeros del espacio es orina y sudor reciclado. Puaf: vuelve a poner los pies en la tierra.
A los quince años: ya eres muy mayor.
Pero cuida las reglas y las emociones.
Lo judío, el estigma, el peso de la culpa…
Por la noche, frente la TV.: Studio One.
Porque aún es La Chica Que Nunca Sale De Noche.
¿Qué te lleva al arte?
El vacío:
Existe una manera de re-crear el mundo, de hacerlo invisible en sus torpezas y malandanzas.
Va a rellenar ese hueco, ese batiburrillo al que va a saber ponerle nombre de una vez por todas.
Como ella es evidente, creará una obra de claros perfiles y oscuras intenciones.
¿Adónde vas, sacrílega?
Exposición en…: “Cogeré el tren”, dice.
¡Conserva tu celo y respeta el sabbat!
¿Saldrá adelante?
No es una paria pero… tampoco es who belongs.
¿De la tribu de los Vanderbilt, de los Kennedy, de los Belmont, de los Morgan, de los Carnegie, de los Astor…?
No…
De la tribu de Israel.
La madre.
La sombra de Hamlet.
La palabra de agua.
La verde bruma del bosque.
El olor tibio de la sábana blanca.
El olor de la lavanda.
El aroma marino de la mañana azul del verano.
Un año después, el Gran Teatro del Mundo vuelve a alzar el telón.
La vida sigue.
Enero:  no busques a mamá en la fría y nevada Times Square del 47. Dejó la comedia de la vida que… sigue.
(En el Astor: Cary Grant, Loretta Young, David Niven: The Bishop’s Wife.)
Madre que nace y mata a tu hija.
No saludes a la tristeza: tampoco llevas en el alma la supuesta culpa de haber sobrevivido al lager. “No estuvo allí”, podría rezar tu epitafio.
En Central Park, que era como viajar fuera de la ciudad, le gustaba atravesar el lago por el levemente empinado Bow Bridge, en dirección a Cherry Hill: cerraba los ojos, que no acabe nunca, que no acabe nunca… pero el arco de llamativo hierro forjado terminaba demasiado pronto, le hacía descender aprisa, mucho antes de que empezara a soñar, y entonces se encontraba con… lo de siempre: hora de volver a casa.
Las cosas, mejor en serio. Empecemos por el principio: el arte es una mercancía, una puede vivir de él, es un producto a la venta como cualquier otro. Manos a la obra:
Se necesita marchand
Buen mensaje. Y ahora las advertencias. Aclaremos las condiciones. No vayan a creerse…
Con seriedad, así de sencillo. Acudirán como las moscas a la miel.
Si lo sabrá ella.
Una sabe lo que se hace: “Hablamos del 33%…” (estrictamente, ni un punto más).
Atentos:
-¿La señorita Eva Hesse?
-La misma.
-Me complacería muchísimo vender sus obras, mi querida amiga.
-Deme su tarjeta, señor…
-Durand-Ruel. A sus pies, madame.
-Muy bien, señor Durand-Ruel, ya me lo pensaré.
-¿Con quién tengo el gusto, señor?
-Me llamo André Level… Dispongo de grandes espacios para exponer sus obras y representar sus esencias de artista plástica allá donde fuera menester
-De momento bastará con su tarjeta.
-Como guste, madame.
-Merci.
-Merci, madame.
-¿Sí?
-Vollard.
-¿Vollard?
-El mismo y sus zapatones, mi querida señora. Tiene usted abierta la puerta de mi casa en la rue Laffitte.
-No me gusta su cara, señor Vollard… Tiene cara de pillo. Buenas noches y hasta nunca. Y si alguna vez aparezco por la rue Laffitte será para hartarme de comer pasteles con miel y nueces.
-Madame, ¿eso es todo?
-¿Le parece poco?
-Me parece… poco parisiense.
(Pues aprenda a hablar en neoyorquino.)
-¿Sí, dígame?
-Kahnweilwer…
-Ajá…
-Mire…
-Creo señor Kahnweiler que usted y yo nos vamos a llevar muy bien.
-Me alegra oír eso, miss Hesse.
Peggy Guggenheim, Castelli, Parson, Egan, Julien Levy…
-¡A la cola!
-¿Marlborough Galleries?
-Podríamos entendernos… Pero tendrán que esperar. Déjenme pensarlo.
En realidad, no es nada difícil. Se trata de una formulación que no exige excesiva dialéctica:
a)   valor de la obra comunicado por el artista;
g)   valor de la obra tasado por la galería;
vp) valor de la obra alcanzado en la venta.
-Dígame, señorita Hesse: ¿el valor estético ha de subordinarse al valor económico?
-No sabría qué decirle… Yo sólo soy una artista. Son muchas las cosas de las que no entiendo nada. Yo estoy entregada a mi arte… Es lo que me importa.
Claro.
(Pero implora a todos los dioses que aparezca un Mellon que le compre toda su obra y, además, le construya un edificio para su exposición pública.)
Huye El Perseguidor de los parques, donde no puede estar ella encerrada en el estudio aplicada y absorta en sus tareas de artista apresurada, y donde puede encontrarse el futuro rancio de Los Hombres de las Manos Vacías, ignorantes del Tiempo, vencidos en Los Parques de los Niños Muertos y Los Perros Vagabundos, darse de bruces contra toda esa nadería (tan letal).
Por esa época aún podías descubrir olmos en los patios traseros de algunos edificios de las afueras de Manhattan. Y, sin duda, en muchos de los de Brooklyn. Queens sólo era un boceto, un futuro tristón, de calles anchas y almacenes destartalados, un paisaje urbano aún desolado.
Habla del día de mañana. El pasado no ha sido amable. ¿Lo será el futuro?
¿Lo es el presente?
Sólo puedes inventar lo porvenir (que graciosamente puede vejarte o aun matarte sin miramientos).
¡Oh, Mujer, mata a la madre, despoja al padre!
Tómate un helado. (“¿Sabes lo que significa Häagen-Dazs?”)
El pasado no ha sido amable.
Ha sido traicionada.
La madrastra.
Años después, 1970.  De nuevo sola (a solas con el monstruo que se pasea por el interior de su cerebro):
arropada entre las sábanas del invierno, sintiendo la nieve de afuera que cubre las frías y negras calles, recuerda ese personaje de Faulkner que descubre que su padre ya le había hecho el mayor daño al darle la vida… Ahora poco más había que temer de él… “Ahora, la culpable soy yo…”.
Daddy, qué buen alemán se perdió por ser judío: desde el cálido y confortable hogar hamburgués atento habría estado a los avances incontenibles de la Wehrmacht en el frente ruso silbando por lo bajo el poemilla de Leip  musicado por Schultze.
Arrival.
A tiempo de los iconos llamativos e inocentes: el cilindro tricolor de hipnótico movimiento a la entrada de las peluquerías; la puerta de las tabaquerías custodiada por el lacónico y majestuoso cigar-store indian… ¡Cuán extraños símbolos!

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