Tampoco
hace tanto tiempo de aquellos años cuando Central Park se llenó de hoovervilles y los inocentes patos de
los estanques acabaron en docenas de cazuelas de gentiles pobres y judíos
hambrientos.
Mucho
mejor, no obstante, que desaparecer como por ensalmo a merced del Nacht und Nebel.
Buen tipo
este abogado judío reconvertido en corredor de seguros (que no de creencias) en
el Nuevo Mundo: es capaz de dormir con solideo y obligar al futuro yerno a
enviar a la hoguera de la Santa Inquisición al Papa y su cohorte católica y
abrazar la verdadera religión de los hijos de Israel. Lee en hebreo y yiddish
lo que cae en sus manos. En 1948 los dos tomos de La Familia Máshber, de Der Níster, por ejemplo. Lo importante es
entenderse (en yiddish, alemán, inglés, por gestos, mediante silencios, a
través del guiño), al menos durante algún tiempo, afirma acto seguido de acabar
el rito religioso, todavía con el taled cubriendo el cogote y el cuello, a
punto engullir buena parte de las dos docenas de gefilte fish que sobresalen en la fuente de cerámica pintada
primorosamente de la cocina.
¡Qué país
el de entonces, cuando la niña vestía de corto!
El de un
presidente que encerrado en las tripas de The
Sacred Cow el Día de la Madre vuela a su pueblo a visitar a mamá y darle un
besito en las mejillas arreboladas de orgullo y felicidad por su hijo, un
vaquero miope capaz de fulminar en diez segundos a 200.000 malvados orientales
incluidos ancianos, mujeres y niños de un solo disparo de su Colt 45. Aunque
tal vez fuese una Derringer: TENIA LA MANO PEQUEÑA.
To err is Truman.
Pero el
país prospera a pesar de todo, a pesar de los bandazos políticos y las Unions, a pesar del miedo atómico, a
pesar de los artistas locos empeñados en darle al mundo vuelta y media y
ponerlo todo del revés.
Buen caldo
de cultivo para alimañas y pequeños insectos y gentes avispadas.
Su padre:
el hombre que amontona recortes de prensa, fotografías, cuadernos de notas,
diarios, objetos, postales, recuerdos, cartas, documentos… Todo el organismo
voraz de cosas, objetos y sucesos que constituyen la biografía letrada de ese
puñado de vísceras y huesos que resulta ser la vida animal, lo que a la postre
queda escondido tras la apariencia.
Su padre
haciéndose más americano cada día que pasa, ojeando la lista de best sellers de tapa dura en las páginas
del New York Times pero comprando los
volúmenes en rústica de la New American
Library o de Pocket Books,
ahorrando hasta el último dólar de hoy para mañana que es el primer día del
futuro.
Y Evchen, la pequeña sonriente de ojos
grandes, oscuros y redondos, buena hija y obediente novicia en todo, asiste
complacida a la ceremonia del Bat Mitzvá
de su hermana y espera la suya propia con ansiedad.
Él las ha
conducido a la salvación del cuerpo y el alma.
Ahora
tendrán prerrogativas y derechos que las elevan de los seres inferiores, de la
raza de ratas untermenschen.
Quiere cerciorarse que está vivo, que se ha librado del
gas y el horno crematorio, donde todo el pasado y su moderna genealogía han
sido enterrados. Quiere creer que su descendencia se encuentra a salvo del
siglo bendecidas por Yahvé, el castigador, el que no perdona, el vigilante
supremo.
Lo judío y
su negra fascinación acechaban por todas partes.
Su padre, con Der
Forverts en una mano y el miedo todavía en el alma: elige los tonos de sus
trajes, los tejidos, la caída del terno. Lo hace con esmero de judío aplicado,
comprueba con los dedos calidades, mide grosores, calcula los precios. De
adolescente, e incluso poco antes de casarse, ella le acompañaba algunas tardes
a las tiendas tristes y oscuras del Lower East Side. A los pocos minutos se
impregnaba de tal manera de la atmósfera ortodoxa que imperaba en aquellos
establecimientos que se asustaba al pensar lo enraizada que estaba en esa
cultura de manías, miedos ridículos, luto, tirabuzones, símbolos, rezos y
mandamientos. Le entraban unas ganas locas de disolverse en aquella tela de
araña de aire espeso y la luz sombría
del anochecer, de apagarse en esa atmósfera precaria y rancia, ser parte de esa
mórbida sustancia que constituía la materia y el color de lo judío, la tontería
ancestral. Hasta (fijaos bien) creía en todo aquello.
Su padre, el buen judío con el corazón lleno de culpas
ajenas.
Y progresa, cómo progresa: Singer, Malamud, Bellow, Roth
(algo descafeinado a pesar del lastre hasídico del origen). La literatura que
lee ya atiende textos que rebasan ampliamente el mero vehículo del lenguaje, el
soporte, y aspira a una connotación que si no rehúye el relato le aboca a la
medición lingüística.
Incluso no
oculta la sonrisa leyendo la Stern de
Friedman (y ya conoce de sobra lo que vale
exactamente un judío americano expulsado de Europa, aunque no proceda de
una shtetl).
En efecto,
se imagina que cuando el Gran Sueño Americano se cumpla de una vez en los día
cálidos podrá salir afuera de la casa, sentarse en el pequeño jardín y
beatífico y agradecido escuchar por la radio The Jack Benny Program o concursos del tipo de Two for the Money de Herb Shriner, mientras las niñas corretean por
el césped tras el perro lanudo color canela y el aire de la plácida tarde se
impregna del dulce aroma del pastel de frambuesa que mamá prepara dentro de la
cocina.
La heroína
crece despacio, felizmente, en tierra de nadie todavía.
Y el grato
paso del tiempo…
En efecto,
es una especial: la Chica Lista, la
Gran Artista, nunca fue una Niña Tonta que dibujara en las páginas de los
cuadernos escolares enérgicos Kopffüslers,
muñecotes marcianos de colores arbitrarios (pero icónicos) y miradas grandes:
ella garabateaba charcas, las piedras y hierbas del fondo, universos de objetos
imprecisos, las imaginaciones, y cuando utilizaba aquellos monigotes era para
contar una historia, y entonces el dibujo era lo de menos.
Octubre de 1941.
Desde la cerca del jardín vemos pasar a los Roning que van a
comer a casa de los Sullivan, justo al lado de donde viven los Feiffer, después
de haber asistido por la mañana a los oficios de la misa dominical en el templo
episcopaliano codo con codo con los Smith y los Mulligan, a los que vemos
acercarse por el otro extremo de la calle en compañía de los Bailey. Las tres
parejas forman una curiosa multitud con la pequeña nube de los niños vestidos
de blanco y negro correteando y cruzándose entre ellos. Dan la sensación de ser
una exigua pero coriácea congregación de fortaleza y camaradería indestructible
ante cualquier embate de la vida cotidiana, laboral y social, a salvo de todas
las asechanzas y mezquindades de esta época de zozobras. Todos van vestidos de
domingo. Los rostros risueños, el alma en paz. Luce un magnífico sol de otoño
que dora las copas amarillas y rojas de los árboles, y en el aire se esparce el
grato olor de los dulces de domingo calentados en los hornos, el aroma de los
asados provenientes de las cocinas y barbacoas de este pequeño rincón del
paraíso que resulta ser el 156-A del área residencial de Oak Park 4 N.Y.
Por la tarde todos nos aburrimos un poco hasta que anochece.
Entonces nos sentamos a la mesa del salón a dar buena cuenta de la cena,
escuchamos un programa de radio y, luego, mamá vuelve a meterse en la cocina,
papá dormita en el sillón con el periódico sobre el regazo, la radio sigue
hablando sin que nadie la escuche y, al final, casi sin darnos cuenta, acabamos
en la cama.
Buenas noches y buena suerte.
El hombre, para quien
este día no tiene nada de santo, cierra las grandes páginas de uno de los
pliegos del periódico, las de política internacional con noticias de la guerra
en Europa: los alemanes han iniciado la ofensiva contra Moscú. Este hombre,
después de haber plegado perfectamente las hojas del diario y depositarlo sobre
el césped, permanece inmóvil en la tumbona, pensativo, con los ojos fijos en
los grandes árboles alineados más allá de la cerca que separa el jardín de la
acera y la calzada alfombradas por las hojas caídas del otoño. De vez en cuando
un coche sigiloso, casi sin hacer ruido, se desliza delante de la casa y
desaparece calle arriba. Luego, torna la pasmosa monotonía. Hasta él llega el
sonido de la radio que su mujer tiene en la cocina mientras trajina entre
cacharros, pero no logra descifrar nada de lo que oye. Alza la cabeza y mira al
cielo: le gustaría describir las diferentes tonalidades de la luz que comienzan
a entreverarse en él. No lo consigue, y se culpa de su escaso talento para las
descripciones, incluso las más sencillas. Siempre ha sido así, se reprocha en
silencio. Bosteza y deja por unos instantes la mente en suspenso. No quiere
pensar en nada, pero esto es imposible. El domingo pronto empezará a declinar.
Mañana será otro día. Hasta el domingo siguiente, todo parece igual. Un día
detrás de otro día. Pero si uno se para a pensarlo, también los domingos
parecen siempre el mismo, uno tras otro, sea la estación que fuere, todos
parecen iguales. Mira a su alrededor. Dentro de poco la grisura se apoderará de
la tarde amarilla. Ahora siente un poco de frío en la espalda, como si
estuviera entumeciéndose. Ha crecido el canto de los pájaros. De algún lado el
aire le trae el olor de hojas secas quemándose. Trata de impedir que en su
fuero interno comience a cristalizar esa conjunción de inutilidad y rendición,
tan conocida por él desde hace unos años, aún en el mismo Hamburgo, que
inevitablemente le aboca a la esterilidad y la exasperación. Debería levantarme
y meterme dentro de la casa, se dice mirando la franja de sol agónico que muere
contra el seto que separa su casa de la de los Sheridan. Los colores se han
vuelto tenues, apacibles. Como una ráfaga de tristeza que viniera enhebrada en
el mismo aire del atardecer, como un puñal de desánimo en este instante de
acabamientos, siente una ligera desazón que no acaba de definir, como un
sentimiento de abandono e incertidumbre al ver a sus dos hijas pequeñas
persiguiéndose una a otra por la diminuta parcela verde de su casa, entregadas
a unos juegos que no entiende. Escucha sus risas nada estridentes, apenas
audibles, hasta silenciosas, como la tarde ya crepuscular a estas horas,
observa la correría ingenua de esas niñas que nunca tuvieron la oportunidad de
elegir sus vidas, las persecuciones sin un sentido lógico aparente, y, de
pronto, se siente agobiado por la losa de una pesadumbre casi inaguantable.
Experimenta una sensación de temor por todo, el horror inexplicable ante un
vacío imaginario. Un hueco nace en el pecho, de dentro a fuera, se agranda más
y más hasta horadar los huesos y traspasarle la carne. Y todo, en verdad,
parece desvanecerse a su alrededor, disolverse en la nada, ser la nada en este
aire gris y frío, cada vez más oscuro.
Historia
Antigua.
¿Cómo era
el mundo sin TV?
Era.
Estaban los cines. En los cuarenta, en Brooklyn y Manhattan, en cada manzana
del vecindario había tres salas de la cadena Century.
Todas las
casas de todas las barriadas recibían el folleto azul donde anunciaban las
películas en cartel.
¿Las
llevaba papá Hesse al cinematógrafo? Entonces la barraca de feria era grande y
de un lujo magnífico, una espaciosa sala con platea y arañas resplandecientes
colgadas del techo, con blandas moquetas en el piso en pendiente y butacas
tapizadas de terciopelo rojo. En fin, por quince centavos la entrada…
Sin
embargo, ellas, las dos hermanas, seguían bajando la vista, oraban y respiraban
el espeso aire de la sinagoga decorada con vidrieras azules y amarillas. En
verano: al campamento judío. Una suerte de aprendizaje para el kibutz, si se diera finalmente el caso.
Te amarán
si eres hermosa.
Pero,
¿podrás amar tú?
¿Quién soy
yo?, se pregunta sin apartar la mirada del espejo hasta que finalmente ya no se
reconoce en él:
Yo… soy
otra.
El
lenguaje es algo muy diferente a las palabras: éstas exigen un orden, y aquél
es una pretensión.
Pero aquél
se vale de éstas.
Son éstas
las que desarman a aquél.
Las
usurpaciones.
Papá se
casa de nuevo: sepulta a la pequeña Evchen
bajo una intrusa Eva Hesse: la madrastra del cuento.
¡Pero
hasta se llama como ella! ¡No quiero
un doble!
¡Maldita
perra!
Créate una
vida. ¿No se ha dicho que mejorar el estilo es mejorar el pensamiento?: créate
una ficción.
El Arte es
La Guarida Perfecta.
Chitón, y
la vista baja. A nada imites. Klee: eine
Zwischenwelt.
Y ahora
hay que asignar nuevos papeles en este Gran Teatro que en su acto final siempre
acaba como un guiñol inocente y sin significados complejos: corta los hilos, corre
el telón. Queridos niños, volved a los sueños. Creed que sois artistas. Ved el
mundo como un decorado de cartón y de trapos tan minúsculo como el que se alza
ante vuestros ojos en este pedazo del parque envuelto en la grisura de la tarde
dominguera que ya muere.
El cartel
admonitorio se había erigido hasta en la más pequeña calle de Hamburgo, poco
antes de escapar de la quema:
JUDEN
Sind in dieser
Ortschaft
nicht erwünscht!
Y también
en los cincuenta: una buena hoguera de libros y si hubieran podido hasta de leftists.
Los cincuenta:
Señor Hoover, ¿existen realmente Los protocolos de los siete sabios de Sión?
En el noticiario de Murrow, en la CBS, El Gran Defensor
de la América Libre el senador McCarthy proclama “su peregrina inocencia, su razón histórica y la culpabilidad de todos
los otros, los enemigos de los americanos de buena fe”.
La América
Fuerte se asienta sobre cimientos de oro (mucho más fuertes que el acero) y el
ojo vigilante de Joe McCarthy.
Leve sería
la purga, pues el Poder se reviste de mil formas, y todas adecuadas.
Todavía:
Celebran
felices aniversarios repasando y leyendo
The Jewish Family Year Book. Pasan las páginas casi sagradas mientras
aspiran el benéfico aire de libertad que proveniente de los huecos de ladrillo
sucio de humo de las ventanas abiertas hincha sus pulmones.
Abre las
páginas del libro grande. Mira las ilustraciones: estatuaria griega, el arte
antiguo. Inmortal. No del todo: al paso de los siglos los campesinos rompen en
pedazos las esculturas para levantar muros, fortalecer bancales de piedra seca,
alzar paredes de mármol en la montaña provisora de alimentos.
Retrasa el
miedo.
¿Por qué
creces? ¿Qué diablos es esta desconcertante materia con poder de metamorfearse,
de evolucionar carnosa e intelectualmente?
Aviva el
futuro: envuelto viene en papel de regalo, satinado y de colores brillantes (plata, azul, rosa…)
Las
ilusiones de lo venidero se alimentan del estiércol que sedimenta el pasado.
A los
cinco años los colores huelen: huele la mañana líquida del verano, las tardes
aburridas del otoño, la oscura luz del invierno, la noche amarilla y eléctrica,
el amanecer de piedra.
A los
siete descubres que los adultos están locos: exactamente, ¿qué hacen?, ¿cómo se
las arreglan?, ¿de qué hablan?, ¿qué conspiran?, ¿qué se creen?, ¿POR QUÉ HAN
CRECIDO?
A los
nueve años eres peligrosa: ya no hay preguntas: el fingimiento entra en acción.
A los diez
años de la edad cuaternaria todo ha acabado: sabes que las puertas por muy
pesadas que sean se cierran a lo desconocido y se abren a la desilusión.
A los once
años todo son terrores.
“Veo un
monstruo”, dice.
¿Un
monstruo?
Lo repite
innumerables veces.
Pasan los
días, las semanas.
Ve un
monstruo.
El
psicólogo apela a oscurantismos y a los fáciles traumatismos en la conciencia
infantil: la madre, la ausencia, la madrastra, la raza culpable (¡matar a Dios!)…
Al final,
descubren la verdad: no habita en los sueños, no hilan su angustia las pérfidas
pesadillas y los delirios nocturnos, no viola su inocencia endriago o espantajo
mientras duerme.
Todos los
sábados acude con unos familiares a Central Park. Antes, la recogen en la 56. Y
al cruzar Times Square, asoma el monstruo: el cartel con la enorme cabeza (tan
grande como una casa) de El hombre de
Camel que, entre letreros de neón, cada pocos segundos expulsa humo de
verdad por la boca.
Un dragón
a la luz del día. Preside festividades. Crea los miedos futuros.
A los once años: sé
una buena chica y en un par de años más búscate un novio correcto, un buen
americano, un tipo decente, un Scout Águila. O así.
Sin embargo, durante
unos años más aún se le vería sobre su cabeza el pollo (y el alma inocente).
“A tu salud”, y se bebe un par de San Franciscos. O más.
Termina emborrachándose (?). Sería la granadina.
¿La televisión? ¿Una
magia? No está una por los portentos que comparten decenas de millones de otros
seres humanos. Una no se maravilla así como así, se alegra de que el aparato
funcione sin más ni más, sobre todo si están emitiendo tu programa favorito.
Eso es todo.
¿Cómo se creó el
Universo? De un estallido de cólera. Alguien se enfadó.
Esas ventanas
encendidas de la noche de Nueva York no son, aunque a ti te lo parezcan, ojos
que vigilan tus andanzas (imaginaciones) de adolescente judía insomne: son,
como has descubierto ahora, al final de todo, huecos a una gran tristeza,
rendijas al absurdo temporal que es la existencia.
En el dormitorio del
padre y la madrastra. Encara las dos lunas del armario ropero. Adopta
posiciones: se multiplica diez veces, cien veces, mil veces… perdiéndose en el
fondo verde y marino incontable, inalcanzable, el país de las hadas de gestos
parsimoniosos y miradas de lánguidas aguas, el bello fango traslúcido que la
atrapa con sus manos de terciopelo.
Ella es La Niña de los
Grandes Ojos Negros.
El ocaso tiñe de rojo
los rascacielos del Lower como si de pronto fueran a calcinarse hasta
derretirse por completo y acabar pulverizados en el suelo, un polvo de óxido
que se confundiera con la superficie cenicienta del cemento de las aceras… pero
todavía, en esta época pre-Moses, en Manhattan se alzan casas unifamiliares de
dos plantas y edificios de ladrillo rojo siembran de colorido grandes zonas de
los distintos barrios de la ciudad: el lechero aún llama a tu puerta.
¿Quién es mi niña?
¿Quién va a ser?
¡El Capitán América!
¿Y quién no?
Viernes noche, los
cincuenta: Sam Spade incendia las radios nocturnas. Sábado noche: al drive-in.
¿Qué quieres ser de
mayor?
Toda obra artística o
literaria en el fondo no es sino la dolorosa y conmovedora reivindicación del
preso que en los muros de su celda escribe la patética leyenda “Yo estuve aquí”, como afirmación de una existencia que sabe abocada
a la soledad, al olvido, a la nada, a la mistificación.
¿Qué quieres ser de
mayor?
Quiero vivir en un
apartamento antiguo (pero no viejo y no pasado de moda), en un edificio de la
calle Setenta y tantos Este (la Setenta y ocho, por ejemplo), que tenga vistas
hacia la mitad de Central Park, ser una buena vecina de la señora Glass y sus
muy exquisitos e inteligentes hijos, salir con
ella algunas tardes a tomar el té y merodear por Lord&Taylor, Saks o Bonwit
Teller. Por supuesto, tendría el apartamento lleno de libros y otros maravillosos objetos. Me ganaría la vida
pintando o escribiendo. También iría mucho al teatro y disfrutaría de grandes momentos de ocio.
En los primeros cincuenta ir a Coney Island era una
aventura en la que lo primero que saltaba a la vista era la mañana acuática y
azul, cuando en sus tempranas horas se absorbía por todos los poros de la piel
un aire limpio, nuevo, aún fresco, pleno de promesas. Ni siquiera la espera en
Columbus Circle, el metro atestado de niños, los adolescentes ruidosos y
adultos festivos de la línea D y un trayecto que se hacía interminable hasta
que durante unos pocos instantes los vagones salían al exterior mientras
atravesaban el puente, lograba aplacar las ganas de acudir allí todos los días
del pegajoso verano de Manhattan: un millón de bañistas luchando por apoderarse
de un palmo de terreno con un sándwich de cebolla frita y salchichas en la
mano. El día era eterno, y en la piel se sentía el aire caliente, perfumado y
húmedo, y en los ojos y la mente
infantil se comprimían el largo paréntesis de la vida y todo su montón de
visiones, sensaciones, sentimientos, alegrías y pesares en ese breve lapso de tiempo
que mediaba entre la llegada a las olas mañaneras y la marcha aletargada hacia
la oscura boca del metro. Sólo el regreso al atardecer, cansino y un poco
triste, denso de olores y humanidad, disuadía de repetir al día siguiente la
correría. Pero al llegar a casa, la noche calurosa y agotadora, la cena poco
apetitosa frente al televisor y la ventana abierta de par en par a la calle y
sus ruidos nocturnos y su olor a alcantarilla, renovaban paradójicamente la
ilusión de volver a la mañana siguiente a la playa y merodear sin rumbo por las
barracas de feria y las múltiples atracciones del parque, saturado de olores a
fritangas y cremas protectoras y refrescado por la brisa a ráfagas proveniente
del océano que hacía volar entre las piernas desnudas papeles y envoltorios.
Ay, mañana…
La pequeña
Evch…
Todo son
contradicciones, pequeñas venganzas de Yahvé en tierra de gentiles.
Sus
pequeñas orejas, libres del gorro invernal, en el aula bien caldeada de
secundaria, reciben como bofetones las invectivas que el calvinista Jonathan
Edwards prodiga en los libros de textos para todos los alumnos blancos y
negros, judíos y ortodoxos, católicos y budistas: viles e impíos israelitas… (hasta parecen mascullar las líneas
elevándose de la página colérica).
Pero papá
Hesse le espera en casa con la Tora sobre las piernas y un antiguo ejemplar
asepiado de un Lebanon Light encima
de la mesa. Se trata de dogmas: el Tiempo ha de pasar, y cuando crezca se habrá
convertido en la anti-dogmática por excelencia: el arte es un lenguaje universal
desde el que profesar la apostasía más liberadora.
Papá El
Vendedor de Pólizas, este hombre sólido y culto, El Buen Judío Alemán, es uno
de esos tipos que no es que reflexionen sobre su pasado, es que huyen de él.
Este abogado ahora americano sin estrado no deja de pensar, mientras calcula
primas de riesgo, que el pasado es lo que se halla en el interior de uno mismo
y no lo que has dejado atrás.
Mucho
después de ese pasado (engañosamente
después): en septiembre de 1946 la niña de oro ya elegida por los dioses
logró reunir los 44 números de Ha, Ha
que habían llegado a los quioscos hasta esa fecha. A 10 centavos el
cuadernillo: 440 centavos: 4,40 dólares en total. Observaba el rimero, que casi
alcanzaba la altura de sus rodillas, ante la recelosa mirada del Dad, que por una vez no sabe qué pensar
de su hija. Pero la pequeña compiladora lo que más admiraba ahora no era el
contenido ya archisabido de los sobados ejemplares, sino el volumen ascendente,
con vida física propia: una
instalación (y los colores del
pasado), lo familiar de las historias, recordar los chistes, las viñetas, tal
vez el momento de la lectura, los olores, aquella vida tan reciente e intensa…
¿Qué
quieres ser de mayor?
Eterna.
Un tipo
delgado y de expresión malhumorada, de mirada espesa, ataviado con una ropa
oscura y polvorienta que parece despedir olor a desván cerrado durante siglos,
con un casquete en la coronilla, los ha contado: 613 mandamientos.
Estupefacta
debió quedarse la que sería La Mayor Iconoclasta del Arte.
Fuera de los
muros, es de todo punto imposible acatar las prescripciones.
El violeta
es el color de la sabiduría.
Preludia
la noche. Y antes de los sueños, el pensamiento, la reflexión…
¿Aún de
niña y en esas estamos? Difícil de creer.
Hola,
fantasía.
Estaría
bien ser astronauta. Una nueva profesión nacida en la década de los cincuenta.
Especialmente indicada para niñas de trece años. Era su secreto más íntimo, su
sueño más descabellado y, por tanto, más hermoso (¡la de panorámicas que habría
allá arriba!) Hasta que un día se enteró merced a un alma caritativa que el
líquido que consumen los viajeros del espacio es orina y sudor reciclado. Puaf:
vuelve a poner los pies en la tierra.
A los
quince años: ya eres muy mayor.
Pero cuida
las reglas y las emociones.
Lo judío,
el estigma, el peso de la culpa…
Por la
noche, frente la TV.: Studio One.
Porque aún
es La Chica Que Nunca Sale De Noche.
¿Qué te
lleva al arte?
El vacío:
Existe una
manera de re-crear el mundo, de hacerlo invisible en sus torpezas y
malandanzas.
Va a rellenar
ese hueco, ese batiburrillo al que va a saber ponerle nombre de una vez por
todas.
Como ella
es evidente, creará una obra de claros perfiles y oscuras intenciones.
¿Adónde
vas, sacrílega?
Exposición
en…: “Cogeré el tren”, dice.
¡Conserva
tu celo y respeta el sabbat!
¿Saldrá
adelante?
No es una
paria pero… tampoco es who belongs.
¿De la
tribu de los Vanderbilt, de los Kennedy, de los Belmont, de los Morgan, de los
Carnegie, de los Astor…?
No…
De la
tribu de Israel.
La madre.
La sombra
de Hamlet.
La palabra
de agua.
La verde
bruma del bosque.
El olor
tibio de la sábana blanca.
El olor de
la lavanda.
El aroma
marino de la mañana azul del verano.
Un año
después, el Gran Teatro del Mundo vuelve a alzar el telón.
La vida
sigue.
Enero: no busques a mamá en la fría y nevada Times
Square del 47. Dejó la comedia de la vida que… sigue.
(En el
Astor: Cary Grant, Loretta Young, David Niven: The Bishop’s Wife.)
Madre que
nace y mata a tu hija.
No saludes
a la tristeza: tampoco llevas en el alma la supuesta culpa de haber sobrevivido
al lager. “No estuvo allí”, podría
rezar tu epitafio.
En Central Park, que
era como viajar fuera de la ciudad, le gustaba atravesar el lago por el
levemente empinado Bow Bridge, en dirección a Cherry Hill: cerraba los ojos,
que no acabe nunca, que no acabe nunca… pero el arco de llamativo hierro
forjado terminaba demasiado pronto, le hacía descender aprisa, mucho antes de
que empezara a soñar, y entonces se encontraba con… lo de siempre: hora de
volver a casa.
Las cosas, mejor en serio. Empecemos por el principio: el
arte es una mercancía, una puede vivir de él, es un producto a la venta como
cualquier otro. Manos a la obra:
Se necesita marchand
Buen
mensaje. Y ahora las advertencias. Aclaremos las condiciones. No vayan a
creerse…
Con
seriedad, así de sencillo. Acudirán como las moscas a la miel.
Si lo
sabrá ella.
Una sabe
lo que se hace: “Hablamos del 33%…” (estrictamente, ni un punto más).
Atentos:
-¿La
señorita Eva Hesse?
-La misma.
-Me
complacería muchísimo vender sus obras, mi querida amiga.
-Deme su
tarjeta, señor…
-Durand-Ruel.
A sus pies, madame.
-Muy bien,
señor Durand-Ruel, ya me lo pensaré.
-¿Con
quién tengo el gusto, señor?
-Me llamo
André Level… Dispongo de grandes espacios para exponer sus obras y representar
sus esencias de artista plástica allá donde fuera menester
-De
momento bastará con su tarjeta.
-Como
guste, madame.
-Merci.
-Merci, madame.
-¿Sí?
-Vollard.
-¿Vollard?
-El mismo
y sus zapatones, mi querida señora. Tiene usted abierta la puerta de mi casa en
la rue Laffitte.
-No me
gusta su cara, señor Vollard… Tiene cara de pillo. Buenas noches y hasta nunca.
Y si alguna vez aparezco por la rue Laffitte será para hartarme de comer
pasteles con miel y nueces.
-Madame,
¿eso es todo?
-¿Le
parece poco?
-Me
parece… poco parisiense.
(Pues
aprenda a hablar en neoyorquino.)
-¿Sí,
dígame?
-Kahnweilwer…
-Ajá…
-Mire…
-Creo
señor Kahnweiler que usted y yo nos vamos a llevar muy bien.
-Me alegra
oír eso, miss Hesse.
Peggy
Guggenheim, Castelli, Parson, Egan, Julien Levy…
-¡A la cola!
-¿Marlborough
Galleries?
-Podríamos
entendernos… Pero tendrán que esperar. Déjenme pensarlo.
En realidad, no es nada difícil. Se trata de una
formulación que no exige excesiva dialéctica:
a) valor de la obra comunicado por el artista;
g) valor de la obra tasado por la galería;
vp) valor de
la obra alcanzado en la venta.
-Dígame,
señorita Hesse: ¿el valor estético ha de subordinarse al valor económico?
-No sabría
qué decirle… Yo sólo soy una artista. Son muchas las cosas de las que no
entiendo nada. Yo estoy entregada a mi arte… Es lo que me importa.
Claro.
(Pero
implora a todos los dioses que aparezca un Mellon que le compre toda su obra y,
además, le construya un edificio para su exposición pública.)
Huye El
Perseguidor de los parques, donde no puede estar ella encerrada en el estudio
aplicada y absorta en sus tareas de artista apresurada, y donde puede
encontrarse el futuro rancio de Los Hombres de las Manos Vacías, ignorantes del
Tiempo, vencidos en Los Parques de los Niños Muertos y Los Perros Vagabundos,
darse de bruces contra toda esa nadería (tan letal).
Por esa
época aún podías descubrir olmos en los patios traseros de algunos edificios de
las afueras de Manhattan. Y, sin duda, en muchos de los de Brooklyn. Queens
sólo era un boceto, un futuro tristón, de calles anchas y almacenes
destartalados, un paisaje urbano aún desolado.
Habla del
día de mañana. El pasado no ha sido amable. ¿Lo será el futuro?
¿Lo es el
presente?
Sólo
puedes inventar lo porvenir (que graciosamente puede vejarte o aun matarte sin
miramientos).
¡Oh,
Mujer, mata a la madre, despoja al padre!
Tómate un
helado. (“¿Sabes lo que significa Häagen-Dazs?”)
El pasado no ha sido amable.
Ha sido
traicionada.
La
madrastra.
Años
después, 1970. De nuevo sola (a solas
con el monstruo que se pasea por el interior de su cerebro):
arropada
entre las sábanas del invierno, sintiendo la nieve de afuera que cubre las
frías y negras calles, recuerda ese personaje de Faulkner que descubre que su
padre ya le había hecho el mayor daño al darle la vida… Ahora poco más había
que temer de él… “Ahora, la culpable soy yo…”.
Daddy, qué
buen alemán se perdió por ser judío: desde el cálido y confortable hogar
hamburgués atento habría estado a los avances incontenibles de la Wehrmacht en
el frente ruso silbando por lo bajo el poemilla de Leip musicado por Schultze.
Arrival.
A tiempo
de los iconos llamativos e inocentes: el cilindro tricolor de hipnótico
movimiento a la entrada de las peluquerías; la puerta de las tabaquerías
custodiada por el lacónico y majestuoso cigar-store
indian… ¡Cuán extraños símbolos!

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