Uno no
escribe libros para los que tiene cerca sino para los que están todo lo más lejos
posible: para los absolutamente desconocidos.
En ese
cuadro… -balbuceó-, he visto un trazo disonante…
Sería un
error de pulsación:
en esa
página he visto yo un una falta de ortografía…
Analogías:
Right After, una escritura plástica
como esa endiablada música del jazz que los boppers
todavía aceleran más y más haciendo imposible seguir su ritmo con el cuerpo:
sólo la respiración, agitada, podía seguirles hasta el fin del mundo.
Con ella
dentro del mundo, éste tenía un orden (aunque ella siempre sostuvo que el
absurdo era el entramado real de toda apariencia), y él era capaz de percibir
una geometría fascinante inmerso en el mismo caos y los disparates incesantes
de una humanidad con graves imperfecciones. Ella, su arte y su vida, al
justificarlo todo ante sus ojos, reflejaba un orden que él equivocaba al
creerlo genuino del mundo:
“En mí no
ha habido lugar para el conflicto arte/vida, ese binomio pretencioso: son la misma cosa, algo indisoluble. Me
resulta del todo increíble que haya quien entienda la una sin el otro o
viceversa.”
Una vez
desapareció, lo perceptible volvía a ser despreciable y ruin. Carecía de
sentido en una conjunción física y química que se empecina en anular tajante el
alma, un sentimiento. Materia, al fin, déjate llevar. Y, después…
Dijo, y
fue publicado en el mismo mes terrible de mayo de 1970: “Siento el absurdo
total de las obras de los artistas que amo. Y respecto al contenido de mi
trabajo, en cuanto a su relación con los materiales que lo conforman, sí, es
realmente absurdo. Puede decirse de ese modo. Un absurdo total.”
Bajo los
cartelones verticales de una exposición de interiores holandeses, al pie del
lujo corintio de las columnas del MET, una tarde dorada de abril de 1970
perfumado por la primavera de las hojas y las flores de los árboles, dijo
(también): “Voy a vencer, sabes. No voy a morir todavía. No moriré nunca.” Y ya
el abismo de la nada absoluta se abría bajo sus pies. Exactamente treinta días
después se la tragó entera.
Por
añadidura, su vida, su arte, su enfermedad, la tragedia de su familia, sólo es
aceptable, creíble, desde el absurdo
más incontestable.
En efecto, el laberinto de las formas, del objeto,
preconiza la enormidad, la verdadera escala del absurdo. Eso será todo. El
discurso sólo amplificado por una apariencia que elude lo inteligible. Será una
artista genial, una precursora. Un código marino, volátil, sustituye la
soflama. Sensatamente, tras él ningún cifrado se agazapa. Es original el orden
de su sintaxis. Construye de lo inerte una estrafalaria morfología.
La niña nos ha salido idólatra: sus montajes claman al
cielo, una apostasía ininteligible.
¿Qué injusticia hallaron en mí vuestros padres para
alejarse de mis mandamientos e irse en pos de la vanidad de los ídolos para
hacerse vanos? (Jeremías, 2-5).
Asna salvaje, habituada al desierto, en el ardor de su
pasión olfatea el viento, su celo, ¿quién lo reducirá? (Jeremías, 2, 24).
La vergüenza de vuestros ídolos ha devorado el trabajo de
nuestros padres (Jeremías, 3-24).
Ya se anuncia desastre sobre desastre (Jeremías, 4-20).
(Pero jamás hizo caso alguno de las advertencias.)
Soy El Testigo. Tu vida ha sido una short story. Yo la contaré a mi modo, pues es así como puedo
comprenderte.
Al calor de tu presencia inventada, la pluma se tiñe de
neblinas y el claroscuro reinante en toda biografía.
Podemos
empezar.
No nos
ahorres peligros, pero sálvanos de todos ellos.
Por ejemplo:
Haberla
conocido en 1965, a comienzos del otoño, en Suiza.
A El
Informador le acompaña una amiga portuguesa, Jennie Queiroz, una periodista de
sobrado instinto que fotografió algunos de los trabajos, menores, insulsos, que
la artista había expuesto en la Kunsthalle de Düsseldorf meses antes, y que él
no había tenido ocasión de ver. La periodista no dudó en entrevistar a Hesse a
continuación, pues las pinturas y dibujos la habían fascinado.
¿Qué
puedes contarme?
¿Qué quieres oír?
Bonita dialéctica.
Jennie
Queiroz… y ella, que bordea lo
místico, lo impalpable, nexo entre la realidad y la ficción.
Fotografiaba
hadas: suelen aparecer ataviadas del aire inocente de las instantáneas, como
disparadas al desgaire y, todavía con mayor frecuencia, en los antiguos
daguerrotipos (pero ahora secretamente, burlonamente).
La
posterior presencia de Hesse y El Falsificador en Suiza se debía al interés
común de rastrear, cada uno por su lado, la pacífica estancia de Klee en ese
país. Todo un encuentro casual, parecía sin importancia. El motivo (la excusa digamos… literaria) sería una
exposición de pinturas de falso surrealismo al que ambos acudieron al margen de
aquel interés, como si esa cita borgiana les estuviese aguardando desde hacía
tiempo en Berna. Un accidente. Rodeada de un grupo de gente circunspecta,
aunque de atuendos vistosos, durante el obligado vernissage fue preciso que ella sobresaliera, que se hiciera ver, puesto que él, un tipo corriente, era cegado a
cualquier epifanía. A él no le fue lícito hablar de magnetismo en este momento.
Hasta entonces, nada ha sabido de su existencia. No hay que sobrevalorar lo que
se ignora. Ella, en ese instante que él recorta del fondo por vez primera su
figura, es una estatua dinámica, tibia, de una materia aún por definir.
Simplemente estaba allí, venida de algún lugar misterioso, creada quien sabe
adónde, inexistente hasta ese momento, inimaginable, una imagen atractiva y
hermosa tan sólo, con una cabellera espléndida y la palabra hospitalaria. Pero
él sospecha el aura de después, aunque ahora es un halo borroso lo que
desprende el inventario de ocurrencias que empieza a fraguar en su mente. Le
inquieta una imantación que parece recorrerle de pies a cabeza. Descubierta
magnífica y genial hasta el final de sus días. Inevitable ya.
Absolutamente
imprescindible: él se hospeda en tales ensueños. Pues, ¿qué tiene? ¿Qué lleva
realmente entre manos? Nada.
A ella le
gustaba el surrealismo. Más que por sus imágenes por la idea potencial del
sinsentido que preconizaba desde sus dogmáticos orígenes, el no-lenguaje por definición, su entidad
de desmitificador absoluto. “Todo el arte moderno nace de un surrealismo despojado
de un Dada inane”, declaraba. La
sorpresa constante de una ordenación mágica que hasta gestaba significados de
gran valor: lo subyacente, lo connotativo, lo místico, lo…. teórico
grandilocuente. A él, del surrealismo, sólo le atraía la cómica imaginación de
muchas de sus propuestas, técnicamente deficientes, como había descubierto no
sin extrañeza en numerosas ocasiones; acaso la mágica y enervante figuración de
Magritte, las medidas genealogías de Gorky, alguno más, salvaban la condena y
el repudio del todo. Y, sin embargo, él mismo era proclive al formalismo más
surreal en su escritura de creación, que contrarrestaba a modo de compensación
(así prefería figurárselo él) otras labores de índole mercenaria.
Una
conversación a dos, privada y exacta por ficcional.
(Jennie, la dulce pero atrevedísima lusa,
sonríe y calla envuelta en su melancolía sabia, atlántica, vaporosa). El oculta
la naturaleza mezquina de su trabajo; magnifica la furtiva labor deudora y
subsidiaria de aquél: escribía para una revista musical capaz de meter la pluma
en todos aquellos aspectos que merecieran la curiosidad del mundo del acné y la
idolatría del teenager, un semanario,
Fans, de inusitado éxito en la
juventud española. Ya que era prácticamente el único de la redacción que podía
expresarse con decencia en inglés cubría de forma intermitente eventos y
festivales fuera de España, y eso le permitía a su vez sufragar sin cuidados miserables en los
esporádicos viajes al extranjero su asistencia, añadidas a los estúpidos
conciertos de rock, a exposiciones y sucesos artísticos que, a espaldas del
hebdomadario juvenil, reseñaba a modo de free
lance en revistas de arte más o menos rigurosas, su verdadera aspiración
profesional.
A Hesse y
a él…
les
vincula raras devociones, les une el enigma de Paul Klee y su laboratorio de
ideas, senecio, el arte de formato intimista, replegado, las casitas mágicas.
El tema ha surgido de repente, como una chispa eléctrica que saltase de uno de
los dos cerebros al otro y prendiese en la inspiración de ambos. Sólo han sido
unas palabras acerca del pintor, ese substrato característico que adensa una
magia inefable en las pequeñas y reflexivas pinturas del artista. Una coartada
no carente de ingenuidad y pedantería a parte iguales para iniciar una conversación
(que se abortaría en seguida) sobre lo onírico e infantil tan presentes en la
obra del último período de su carrera.
El
peligro, en forma de decepción, siempre acecha.
La
realidad, como un puño de acero, se va a estrellar contra tus narices, o mediante
un gancho de izquierda sobre tu mandíbula de cristal: ahí está el golpe: te va
a reventar el hígado (al final te estrella un directo sobre la ceja derecha,
seguido de un knout): alguien se
acerca sutilmente amenazante (como un estropicio… ¡con lo bien que iban las
cosas!)
Un tipo
alto y esbelto, atractivo sin duda irrumpe en la escena, helo ahí: es el
acompañante, el joven, alto y neoyorquino de pura cepa (sin que a través de las
generaciones le haya perseguido nunca el hedor de las bodegas del barco cargado
de emigrantes ni que en los remotos orígenes familiares se hallen newsies o pilletes del Lower East Side).
Se une al trío. Pronto, con gesto cortesano, interrumpe la conversación de una
manera tajante. Aunque con voz pausada pero autoritaria, ya no deja de hablar a
los demás. Les impone a la escultora, a su acompañante Jennie y a él mismo un
respeto divertido. De modales elegantes, viste de falso sport, como un auténtico gentleman:
americana de excelente pana azul oscuro con coderas de piel negra, chaleco
verde, pantalones grises de franela con pinzas, la pipa bien sujeta en los
dientes. (¿Usaría reloj de bolsillo, guantes de cabritillo?). Entre él y los
otros silentes, las volutas blancas del humo aromático del excelente tabaco
holandés que exhalaba la cazoleta. Habla con suavidad, ayudándose de largas
pausas, convencido de lo que dice y, con toda probabilidad, sin ninguna gana de
perder el tiempo escuchando a los demás. Eso, piensa El Falso Periodista, ya lo
identifica como mediocre. Daba la sensación de tener razón en sus asertos.
Profería las frases con aplomo, hasta con suficiencia. Reitera (un fingimiento
más, quizás) un tic algo peliculero y que al tipo debía parecerle distinguido:
se rasca la barbilla con los dedos de la mano derecha, al tiempo que sostiene
la pipa con la otra mano. Hesse le escucha con notable aquiescencia, casi con
arrobo, lo que a él (El Único) le provoca un inmediato ataque de celos. Supo,
luego, que era El Marido, un escultor americano del que no tardaría en
divorciarse: un accidente. Ambos acababan de llegar de Zúrich, donde habían
tratado de contratar sin demasiado éxito alguna exposición con un par de
galeristas.
Al cabo de
unos minutos, el matrimonio de artistas se despide con naturalidad. Pero a
media tarde los cuatro se volvieron a encontrar por sorpresa en una cafetería
atestada de gente, todavía en Berna. Aunque todo quedó en un movimiento de
cabeza a modo de saludo desde lejos, subrayados por un cruce de miradas fugaces
entre la turbamulta de los cuerpos que se interponían entre los dos.
“¿Así que
eres español?”, debió haber preguntado inocentemente la
judía-alemana-estadounidense-salvada-del-gran-sacrificio con un matiz de
incredulidad (?) en su voz horas antes.
Por
entonces él sobrellevaba con resignación esa etiqueta exótica sin meterse en
averiguaciones dolorosas. En 1965 ser español no era de las cosas más serias
que se podía ser en el mundo. ¿De qué caverna sale éste?
De la de
todos, más o menos cerca de la entrada…
Abril de
1968:
El
Encuentro en Nueva York.
(Primera
Parte. Exterior. Plano general.)
(Voz en of.)
“Una Nueva
York pintarrajeada, sucia y arruinada en muchos de sus barrios…”
El metro
mismo era una obra de arte de la chabacanería más repulsiva: anticipaba la
plástica de unos años después, sólo que ahora su muestrario (todos los vagones
chorreaban pintura y estridentes garabatos) no era sino un miserable
gamberrismo urbano y nocturno.
Ha viajado
en febrero de ese año hasta allí con la misión imposible de entrevistar a un
conjunto de artistas a los que unía una similar preocupación estética y
conceptual “de ruptura formal absoluta con lo precedente”, como se calificaba
desde la “vieja Europa” las nuevas lanzaderas abstractas neoyorquinas
(preferentemente); en realidad, hacía tiempo que en Estados Unidos dominaban
esa jerga plástica con suficiencia y hasta con desgana, como si mucho antes no
hubiesen existido movimientos como el surrealismo o Dada que a pesar de las
diferenciaciones lógicas, en especial de orden aparencial, prefiguraban los
posteriores (en el mal o buen sentido de la expresión) desmanes artísticos .
Para él tuvo ese viaje un aura de cochambre, de tiempo de
ruinas. Pero esa fue una sensación posterior. Un regusto inevitable de lo
maldito, cuando uno escribe la crónica de después con el cinismo del presente y
traiciona lo vivido apenas sin darse cuenta de que lo hace.
Volveré a verla.
(Escribió.)
El Hispano
Descubridor de Tierras Indias y Vírgenes: uno de esos tipos a los que les es
inútil fingir o andar en simulaciones: llevaba todos los secretos estampados en
la cara, uno por uno podían reconocerse en su mirada, en su boca abierta, en
cualquiera de sus expresiones y muecas, en su voz, en su silencio, hasta en sus
pequeñas orejas… Sólo le faltaba la armadura reluciente como la plata, el casco,
la espada, el caballo alazán de crin alborotada…
Por
entonces, ella estaba alegre y confiada.
Porque así
prefirió creérsela.
Y pudo
corroborarlo cuando se presentó ante sus ojos inquisitivos. Irradiaba tal
seguridad en sí misma que se había embellecido de forma sorprendente. Era
invulnerable, y lo creía de veras. Por eso lo era, artista, eterna.
“Es
invencible”, se dijo él.
La figuró
moviéndose segura y sabia por la ciudad de los laberintos. ¡Esta santa Teresa
entre hornos y crisoles!
Le
deslumbró aún más que la primera vez.
Dos años
más tarde estaba muerta. Sólo entonces, huérfano, abandonó él Nueva York como
el niño que sale al sol agitado y hasta maravillado de la triste barraca de
feria aún engañado por la tosquedad de su trucos.
La
buscaba, la estela inodora (o incensaria) del fantasma.
Vive con ella un día infinito (pues hoy la recuerda, y la vive). Alarga ese día como un tubo de goma. Lo estira, mira a través de él, lo dobla, lo retuerce, lo arruga. Golpea con él. Lo suelta. Lo falsifica con todas las de la ley. A fin de cuentas, ella es su material, el inventario más precioso, y hasta el decorado esencial de una plástica que transgrede todos los límites conocidos del arte de la representación y el remedo. De ella desplaza él toda la batería sensorial que logra evadirle de lo insulso del presente. Ella ronda por su pensamiento a sus anchas, en él se aloja y él hasta la confunde, manipula, trocea, oculta, revierte, saja, silencia… La encubre, la desfigura. Ensaya con ella todos los espejos de su interior atolondrado.
Vive con ella un día infinito (pues hoy la recuerda, y la vive). Alarga ese día como un tubo de goma. Lo estira, mira a través de él, lo dobla, lo retuerce, lo arruga. Golpea con él. Lo suelta. Lo falsifica con todas las de la ley. A fin de cuentas, ella es su material, el inventario más precioso, y hasta el decorado esencial de una plástica que transgrede todos los límites conocidos del arte de la representación y el remedo. De ella desplaza él toda la batería sensorial que logra evadirle de lo insulso del presente. Ella ronda por su pensamiento a sus anchas, en él se aloja y él hasta la confunde, manipula, trocea, oculta, revierte, saja, silencia… La encubre, la desfigura. Ensaya con ella todos los espejos de su interior atolondrado.
La
coreografía de la ciudad la ampara, la define, extrae de ella las pulsiones
necesarias para una epifanía de lo visual tan próxima a lo inefable, tan
extraña a la autoridad de las palabras o las significaciones, pero tan perfecta
para el esclarecimiento. Tras la ciudad, su tela de araña y las complicidades.
Toda esa
cultura de los grafitis:
¿No
encuentra un sitio para exponer su obra?
El espacio
público es suyo. Tómelo: las tags
pronto revalidan una expresión gamberra: ¿avalista?: The New York Times (palabras mayores).
Helo ahí: Tag art: de aquí a los taggers armados con los botes de spray un solo paso: ¿qué separa la mierda
de la finanza? Una simple cuestión de estética… no, de buen gusto.
Nueva
York, primavera del 68.
Peripatéticos,
han andado por sus calles y tumultuosas
avenidas numeradas, sorteando lentos automóviles, figuras urgentes de anonimato hostil, serios
figurantes. Ella tenía un estudio, que a la vez era vivienda, en el SoHo, un loft plagado por la suciedad de lo
heteróclito y la basura industrial (o por la limpieza del minimal, el solo concepto).
Visitaban
incansables exposiciones inaugurales, sugeridoras, de una sobriedad
desconcertante, rupturistas. Ella le presentaba a decenas de pobres diablos
artistas que, tan sólo una década después, ya se habían transformado en activos
financieros. Compraban libros en algunas de las pequeñas librerías de Broadway.
(Hurgando en un cajón repleto de libros de bolsillo y ediciones descatalogadas
a él le sorprendió la ilustración de la sobrecubierta que ocultaba las tapas
duras de un libro en español, de chocantes medidas (18 cm x 15’5). Dudaba él,
descubrió las tapas de tela gris debajo del papel satinado y coloreado: un
relieve geométrico ennoblecía el tacto. Pasó las primeras páginas. El libro
había sido impreso en España, en Valencia, en 1957. El ilustrador de la portada
era Manuel Millares, hombre inclasificable (lejos del homúnculo, muerde todas
las manzanas prohibidas) y abocado a lo trágico. El texto, una colección de
ensayos sobre artistas contemporáneos de los Estados Unidos, lo había escrito
Vicente Aguilera Cerní. El y Gillo Dorfles constituían durante esos años la pareja
más sobresaliente en Europa de la crítica y análisis de las últimas tendencias
artísticas. Subrayaba el autor al mencionar a Pollock y Rothko, “los grandes
tamaños del arte norteamericano, ésa la escala de lo sublime”. Con anterioridad
le habían advertido a un receloso El Escudriñador que en alguna de aquellas
librerías especializadas podía encontrarse cualquier cosa escrita en cualquier
idioma. Lo compró sin titubear por cuarenta centavos. Antes del mediodía,
terminan él y La Artista en una cafetería de la calle Thompson, en el Village.
El le informa sobre el autor del libro. Ella le miraba complacida, aunque sin
mostrar un verdadero interés en realidad; apenas le escuchaba, parecía un
fantasma, como un vapor en su cerebro, como... Las pocas páginas, así como las
ilustraciones en blanco y negro, del curioso libro -ya desaparecido- versaban
sobre escalas, los nuevos materiales, la escultura de hierro y acero de Smith,
la materialización del espacio... El discurso de El Enterado se apaga; las
tazas ya vacías, las palabras que empiezan a necesitar algo más allá de su
significado. Finalmente, dos días después él le regala el libro, o lo pierde, o
se lo roban. Hoy, muerta ella, aún no sabía él de su destino ulterior. Agregaba
una curiosidad más el volumen en cuestión: la supuesta editorial propietaria
del copyright del libro era engañosa:
informaba como domicilio social el número 16 de Doctor Vila Barberá, en
Valencia, una calle sosegada y arbolada de acacias centenarias a pocos minutos
del centro de esa ciudad antigua, culmen de todos los estilos desde el románico
al neoclásico, comercial y burguesa. Jamás ha existido tal número en esa calle
estrecha y de apenas cien metros de largo.)
(El
homúnculo prevalece sobre el pensante feliz, paseador trivial, hecho de
materias inhumanas.)
Está en la
habitación blanca del hospital. Da cabezadas frente a su cama. Ella duerme.
Tiene la cabeza totalmente rasurada. La artista duerme. El libro caído en el
suelo, con las tapas volcadas sobre la moqueta. No recuerda… ¿Qué leía, qué
hacía? ¿Soñaba…?
La
duermevela le ha trastornado.
La noche
interminable. Una tortura para nada. Una espera para la nada.
Le cuenta
sus sueños. Él le cuenta sus pesadillas, los temores.
La oye
delirar, y se entera de sus secretos, El Tipo Listo y Ducho (que aún conserva
libros con pétalos oxidados de las flores del verano prensidos entre sus
páginas).
Alguien
comparaba su desgracia con la de Sylvia Plath, con alguna otra maltrecha
(Mansfield, Carrington, Arbus, la Bowles, Sexton, Woolf, Storni…). Qué
estupidez. Ese montón de mujeres desdichadas o malditas, o castigadas,
destruidas… Toda esa femineidad de la fatalidad y la mala literatura, ese útero
editorial de sugestivas referencias de donde hacer negocio… Fue la vida quien
traicionaría a Hesse, que no tenía nada de maldita: la preparó a conciencia
para una muerte joven, y ella no tuvo la mínima posibilidad de vencer a pesar
de la lucha encarnizada que emprendió al enterarse de su enfermedad.
Ella no
hubiera muerto jamás. Se plantó frente a la muerte a cara descubierta. Sólo
después, la serenidad, el fin. A su pesar. “Esa mierda de la muerte, ¿para qué
me quiere a mí?”, se preguntaba asustada en 1970.
Y, ahora
(quizás los dos al unísono), piensa que ojalá la vida tuviera un empalme, una
estación donde cambiar de trayecto al menos, no huir del destino irrevocable,
pero llegar a él en otro lado, en otro momento
Alguien
informó debidamente: “Existe el libre albedrío, se llama magia.”
Ella creía
en el arte, un sustituto de aquélla:
-Me basta
con mi obra.
“No es
suficiente. Hay que apelar a la magia.”
Se hizo
maga. De una manera autodidacta, digamos.
-Voy a
engañar al tiempo –dijo una mañana en la cocina, apenas levantada de la cama,
dejando ver a través de los delicados tejidos del sueño partes de su cuerpo
relajado y limpio.
-Magnífico.
Dime cómo.
-Es
sencillo. Viajaré hacia atrás, haré del pasado mi lugar favorito.
Hace una
pausa. Parece reflexionar, o finge que lo hace. Toma asiento. Acerca él
servicialmente hacia ella la cafetera italiana. Pensativa, como sin verle, coge
una de las tazas rojas de la mesa. Dice:
-Aunque
hasta hoy el pasado era la peor de mis pesadillas. Pero ahora comprendo que es
el mejor lugar para defenderme, no hay dudas respecto a él, no me ha herido de
muerte. A pesar del daño que me ha hecho desde que nací, es el único escondite que tengo para burlar
el futuro. Aún estoy ilesa, así que, ¡si me doy prisa…!
Con
cuidado se llena la taza hasta la mitad de café aguado, típicamente americano.
Una auténtica porquería.
Mira a través del cristal sucio de la ventana. El cielo está gris, se
diría que frío, aunque ya vamos a entrar en mayo (1970), la más terrible de las
fechas, asomo de lilas, las aguas del deshielo, cadáveres a flote.

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