jueves, 27 de noviembre de 2014

5

Uno no escribe libros para los que tiene cerca sino para los que están todo lo más lejos posible: para los absolutamente desconocidos.
En ese cuadro… -balbuceó-, he visto un trazo disonante…
Sería un error de pulsación:
en esa página he visto yo un una falta de ortografía…
Analogías: Right After, una escritura plástica como esa endiablada música del jazz que los boppers todavía aceleran más y más haciendo imposible seguir su ritmo con el cuerpo: sólo la respiración, agitada, podía seguirles hasta el fin del mundo.
Con ella dentro del mundo, éste tenía un orden (aunque ella siempre sostuvo que el absurdo era el entramado real de toda apariencia), y él era capaz de percibir una geometría fascinante inmerso en el mismo caos y los disparates incesantes de una humanidad con graves imperfecciones. Ella, su arte y su vida, al justificarlo todo ante sus ojos, reflejaba un orden que él equivocaba al creerlo genuino del mundo:
“En mí no ha habido lugar para el conflicto arte/vida, ese binomio pretencioso: son la misma cosa, algo indisoluble. Me resulta del todo increíble que haya quien entienda la una sin el otro o viceversa.”
Una vez desapareció, lo perceptible volvía a ser despreciable y ruin. Carecía de sentido en una conjunción física y química que se empecina en anular tajante el alma, un sentimiento. Materia, al fin, déjate llevar. Y, después…
Dijo, y fue publicado en el mismo mes terrible de mayo de 1970: “Siento el absurdo total de las obras de los artistas que amo. Y respecto al contenido de mi trabajo, en cuanto a su relación con los materiales que lo conforman, sí, es realmente absurdo. Puede decirse de ese modo. Un  absurdo total.”
Bajo los cartelones verticales de una exposición de interiores holandeses, al pie del lujo corintio de las columnas del MET, una tarde dorada de abril de 1970 perfumado por la primavera de las hojas y las flores de los árboles, dijo (también): “Voy a vencer, sabes. No voy a morir todavía. No moriré nunca.” Y ya el abismo de la nada absoluta se abría bajo sus pies. Exactamente treinta días después se la tragó entera.
Por añadidura, su vida, su arte, su enfermedad, la tragedia de su familia, sólo es aceptable, creíble, desde el absurdo más incontestable.
En efecto, el laberinto de las formas, del objeto, preconiza la enormidad, la verdadera escala del absurdo. Eso será todo. El discurso sólo amplificado por una apariencia que elude lo inteligible. Será una artista genial, una precursora. Un código marino, volátil, sustituye la soflama. Sensatamente, tras él ningún cifrado se agazapa. Es original el orden de su sintaxis. Construye de lo inerte una estrafalaria morfología.
La niña nos ha salido idólatra: sus montajes claman al cielo, una apostasía ininteligible.
¿Qué injusticia hallaron en mí vuestros padres para alejarse de mis mandamientos e irse en pos de la vanidad de los ídolos para hacerse vanos? (Jeremías, 2-5).
Asna salvaje, habituada al desierto, en el ardor de su pasión olfatea el viento, su celo, ¿quién lo reducirá? (Jeremías, 2, 24).
La vergüenza de vuestros ídolos ha devorado el trabajo de nuestros padres (Jeremías, 3-24).
Ya se anuncia desastre sobre desastre (Jeremías, 4-20).
(Pero jamás hizo caso alguno de las advertencias.)
Soy El Testigo. Tu vida ha sido una short story. Yo la contaré a mi modo, pues es así como puedo comprenderte.
Al calor de tu presencia inventada, la pluma se tiñe de neblinas y el claroscuro reinante en toda biografía.
Podemos empezar.
No nos ahorres peligros, pero sálvanos de todos ellos.
Por ejemplo:    
Haberla conocido en 1965, a comienzos del otoño, en Suiza.
A El Informador le acompaña una amiga portuguesa, Jennie Queiroz, una periodista de sobrado instinto que fotografió algunos de los trabajos, menores, insulsos, que la artista había expuesto en la Kunsthalle de Düsseldorf meses antes, y que él no había tenido ocasión de ver. La periodista no dudó en entrevistar a Hesse a continuación, pues las pinturas y dibujos la habían fascinado.
¿Qué puedes contarme?
¿Qué quieres oír?
Bonita dialéctica.
Jennie Queiroz… y ella, que bordea lo místico, lo impalpable, nexo entre la realidad y la ficción.
Fotografiaba hadas: suelen aparecer ataviadas del aire inocente de las instantáneas, como disparadas al desgaire y, todavía con mayor frecuencia, en los antiguos daguerrotipos (pero ahora secretamente, burlonamente).
La posterior presencia de Hesse y El Falsificador en Suiza se debía al interés común de rastrear, cada uno por su lado, la pacífica estancia de Klee en ese país. Todo un encuentro casual, parecía sin importancia. El motivo (la excusa digamos… literaria) sería una exposición de pinturas de falso surrealismo al que ambos acudieron al margen de aquel interés, como si esa cita borgiana les estuviese aguardando desde hacía tiempo en Berna. Un accidente. Rodeada de un grupo de gente circunspecta, aunque de atuendos vistosos, durante el obligado vernissage fue preciso que ella sobresaliera, que se hiciera ver, puesto que él, un tipo corriente, era cegado a cualquier epifanía. A él no le fue lícito hablar de magnetismo en este momento. Hasta entonces, nada ha sabido de su existencia. No hay que sobrevalorar lo que se ignora. Ella, en ese instante que él recorta del fondo por vez primera su figura, es una estatua dinámica, tibia, de una materia aún por definir. Simplemente estaba allí, venida de algún lugar misterioso, creada quien sabe adónde, inexistente hasta ese momento, inimaginable, una imagen atractiva y hermosa tan sólo, con una cabellera espléndida y la palabra hospitalaria. Pero él sospecha el aura de después, aunque ahora es un halo borroso lo que desprende el inventario de ocurrencias que empieza a fraguar en su mente. Le inquieta una imantación que parece recorrerle de pies a cabeza. Descubierta magnífica y genial hasta el final de sus días. Inevitable ya.
Absolutamente imprescindible: él se hospeda en tales ensueños. Pues, ¿qué tiene? ¿Qué lleva realmente entre manos? Nada.
A ella le gustaba el surrealismo. Más que por sus imágenes por la idea potencial del sinsentido que preconizaba desde sus dogmáticos orígenes, el no-lenguaje por definición, su entidad de desmitificador absoluto. “Todo el arte moderno nace de un surrealismo despojado de un Dada inane”, declaraba. La sorpresa constante de una ordenación mágica que hasta gestaba significados de gran valor: lo subyacente, lo connotativo, lo místico, lo…. teórico grandilocuente. A él, del surrealismo, sólo le atraía la cómica imaginación de muchas de sus propuestas, técnicamente deficientes, como había descubierto no sin extrañeza en numerosas ocasiones; acaso la mágica y enervante figuración de Magritte, las medidas genealogías de Gorky, alguno más, salvaban la condena y el repudio del todo. Y, sin embargo, él mismo era proclive al formalismo más surreal en su escritura de creación, que contrarrestaba a modo de compensación (así prefería figurárselo él) otras labores de índole mercenaria.
Una conversación a dos, privada y exacta por ficcional.
 (Jennie, la dulce pero atrevedísima lusa, sonríe y calla envuelta en su melancolía sabia, atlántica, vaporosa). El oculta la naturaleza mezquina de su trabajo; magnifica la furtiva labor deudora y subsidiaria de aquél: escribía para una revista musical capaz de meter la pluma en todos aquellos aspectos que merecieran la curiosidad del mundo del acné y la idolatría del teenager, un semanario, Fans, de inusitado éxito en la juventud española. Ya que era prácticamente el único de la redacción que podía expresarse con decencia en inglés cubría de forma intermitente eventos y festivales fuera de España, y eso le permitía a su vez  sufragar sin cuidados miserables en los esporádicos viajes al extranjero su asistencia, añadidas a los estúpidos conciertos de rock, a exposiciones y sucesos artísticos que, a espaldas del hebdomadario juvenil, reseñaba a modo de free lance en revistas de arte más o menos rigurosas, su verdadera aspiración profesional.
A Hesse y a él…
les vincula raras devociones, les une el enigma de Paul Klee y su laboratorio de ideas, senecio, el arte de formato intimista, replegado, las casitas mágicas. El tema ha surgido de repente, como una chispa eléctrica que saltase de uno de los dos cerebros al otro y prendiese en la inspiración de ambos. Sólo han sido unas palabras acerca del pintor, ese substrato característico que adensa una magia inefable en las pequeñas y reflexivas pinturas del artista. Una coartada no carente de ingenuidad y pedantería a parte iguales para iniciar una conversación (que se abortaría en seguida) sobre lo onírico e infantil tan presentes en la obra del último período de su carrera.
El peligro, en forma de decepción, siempre acecha.
La realidad, como un puño de acero, se va a estrellar contra tus narices, o mediante un gancho de izquierda sobre tu mandíbula de cristal: ahí está el golpe: te va a reventar el hígado (al final te estrella un directo sobre la ceja derecha, seguido de un knout): alguien se acerca sutilmente amenazante (como un estropicio… ¡con lo bien que iban las cosas!)
Un tipo alto y esbelto, atractivo sin duda irrumpe en la escena, helo ahí: es el acompañante, el joven, alto y neoyorquino de pura cepa (sin que a través de las generaciones le haya perseguido nunca el hedor de las bodegas del barco cargado de emigrantes ni que en los remotos orígenes familiares se hallen newsies o pilletes del Lower East Side). Se une al trío. Pronto, con gesto cortesano, interrumpe la conversación de una manera tajante. Aunque con voz pausada pero autoritaria, ya no deja de hablar a los demás. Les impone a la escultora, a su acompañante Jennie y a él mismo un respeto divertido. De modales elegantes, viste de falso sport, como un auténtico gentleman: americana de excelente pana azul oscuro con coderas de piel negra, chaleco verde, pantalones grises de franela con pinzas, la pipa bien sujeta en los dientes. (¿Usaría reloj de bolsillo, guantes de cabritillo?). Entre él y los otros silentes, las volutas blancas del humo aromático del excelente tabaco holandés que exhalaba la cazoleta. Habla con suavidad, ayudándose de largas pausas, convencido de lo que dice y, con toda probabilidad, sin ninguna gana de perder el tiempo escuchando a los demás. Eso, piensa El Falso Periodista, ya lo identifica como mediocre. Daba la sensación de tener razón en sus asertos. Profería las frases con aplomo, hasta con suficiencia. Reitera (un fingimiento más, quizás) un tic algo peliculero y que al tipo debía parecerle distinguido: se rasca la barbilla con los dedos de la mano derecha, al tiempo que sostiene la pipa con la otra mano. Hesse le escucha con notable aquiescencia, casi con arrobo, lo que a él (El Único) le provoca un inmediato ataque de celos. Supo, luego, que era El Marido, un escultor americano del que no tardaría en divorciarse: un accidente. Ambos acababan de llegar de Zúrich, donde habían tratado de contratar sin demasiado éxito alguna exposición con un par de galeristas.
Al cabo de unos minutos, el matrimonio de artistas se despide con naturalidad. Pero a media tarde los cuatro se volvieron a encontrar por sorpresa en una cafetería atestada de gente, todavía en Berna. Aunque todo quedó en un movimiento de cabeza a modo de saludo desde lejos, subrayados por un cruce de miradas fugaces entre la turbamulta de los cuerpos que se interponían entre los dos.
“¿Así que eres español?”, debió haber preguntado inocentemente la judía-alemana-estadounidense-salvada-del-gran-sacrificio con un matiz de incredulidad (?) en su voz  horas antes.
Por entonces él sobrellevaba con resignación esa etiqueta exótica sin meterse en averiguaciones dolorosas. En 1965 ser español no era de las cosas más serias que se podía ser en el mundo. ¿De qué caverna sale éste?
De la de todos, más o menos cerca de la entrada…
Abril de 1968:
El Encuentro en  Nueva York.
(Primera Parte. Exterior. Plano general.)
(Voz en of.)
“Una Nueva York pintarrajeada, sucia y arruinada en muchos de sus barrios…”
El metro mismo era una obra de arte de la chabacanería más repulsiva: anticipaba la plástica de unos años después, sólo que ahora su muestrario (todos los vagones chorreaban pintura y estridentes garabatos) no era sino un miserable gamberrismo urbano y nocturno.
Ha viajado en febrero de ese año hasta allí con la misión imposible de entrevistar a un conjunto de artistas a los que unía una similar preocupación estética y conceptual “de ruptura formal absoluta con lo precedente”, como se calificaba desde la “vieja Europa” las nuevas lanzaderas abstractas neoyorquinas (preferentemente); en realidad, hacía tiempo que en Estados Unidos dominaban esa jerga plástica con suficiencia y hasta con desgana, como si mucho antes no hubiesen existido movimientos como el surrealismo o Dada que a pesar de las diferenciaciones lógicas, en especial de orden aparencial, prefiguraban los posteriores (en el mal o buen sentido de la expresión) desmanes artísticos .
Para él tuvo ese viaje un aura de cochambre, de tiempo de ruinas. Pero esa fue una sensación posterior. Un regusto inevitable de lo maldito, cuando uno escribe la crónica de después con el cinismo del presente y traiciona lo vivido apenas sin darse cuenta de que lo hace.
Volveré a verla.
(Escribió.)
El Hispano Descubridor de Tierras Indias y Vírgenes: uno de esos tipos a los que les es inútil fingir o andar en simulaciones: llevaba todos los secretos estampados en la cara, uno por uno podían reconocerse en su mirada, en su boca abierta, en cualquiera de sus expresiones y muecas, en su voz, en su silencio, hasta en sus pequeñas orejas… Sólo le faltaba la armadura reluciente como la plata, el casco, la espada, el caballo alazán de crin alborotada…
Por entonces, ella estaba alegre y confiada.
Porque así prefirió creérsela.
Y pudo corroborarlo cuando se presentó ante sus ojos inquisitivos. Irradiaba tal seguridad en sí misma que se había embellecido de forma sorprendente. Era invulnerable, y lo creía de veras. Por eso lo era, artista, eterna.
“Es invencible”, se dijo él.
La figuró moviéndose segura y sabia por la ciudad de los laberintos. ¡Esta santa Teresa entre hornos y crisoles!
Le deslumbró aún más que la primera vez.
Dos años más tarde estaba muerta. Sólo entonces, huérfano, abandonó él Nueva York como el niño que sale al sol agitado y hasta maravillado de la triste barraca de feria aún engañado por la tosquedad de su trucos.
La buscaba, la estela inodora (o incensaria) del fantasma. 
Vive con ella un día infinito (pues hoy la recuerda, y la vive). Alarga ese día como un tubo de goma. Lo estira, mira a través de él, lo dobla, lo retuerce, lo arruga. Golpea con él. Lo suelta. Lo falsifica con todas las de la ley. A fin de cuentas, ella es su material, el inventario más precioso, y hasta el decorado esencial de una plástica que transgrede todos los límites conocidos del arte de la representación y el remedo. De ella desplaza él toda la batería sensorial que logra evadirle de lo insulso del presente. Ella ronda por su pensamiento a sus anchas, en él se aloja y él hasta la confunde, manipula, trocea, oculta, revierte, saja, silencia… La encubre, la desfigura. Ensaya con ella todos los espejos de su interior atolondrado.
La coreografía de la ciudad la ampara, la define, extrae de ella las pulsiones necesarias para una epifanía de lo visual tan próxima a lo inefable, tan extraña a la autoridad de las palabras o las significaciones, pero tan perfecta para el esclarecimiento. Tras la ciudad, su tela de araña y las complicidades.
Toda esa cultura de los grafitis:
¿No encuentra un sitio para exponer su obra?
El espacio público es suyo. Tómelo: las tags pronto revalidan una expresión gamberra: ¿avalista?: The New York Times (palabras mayores).
Helo ahí: Tag art: de aquí a los taggers armados con los botes de spray un solo paso: ¿qué separa la mierda de la finanza? Una simple cuestión de estética… no, de buen gusto.
Nueva York, primavera del 68.
Peripatéticos, han andado por sus calles y  tumultuosas avenidas numeradas, sorteando lentos automóviles, figuras urgentes de anonimato hostil, serios figurantes. Ella tenía un estudio, que a la vez era vivienda, en el SoHo, un loft plagado por la suciedad de lo heteróclito y la basura industrial (o por la limpieza del minimal, el solo concepto).
Visitaban incansables exposiciones inaugurales, sugeridoras, de una sobriedad desconcertante, rupturistas. Ella le presentaba a decenas de pobres diablos artistas que, tan sólo una década después, ya se habían transformado en activos financieros. Compraban libros en algunas de las pequeñas librerías de Broadway. (Hurgando en un cajón repleto de libros de bolsillo y ediciones descatalogadas a él le sorprendió la ilustración de la sobrecubierta que ocultaba las tapas duras de un libro en español, de chocantes medidas (18 cm x 15’5). Dudaba él, descubrió las tapas de tela gris debajo del papel satinado y coloreado: un relieve geométrico ennoblecía el tacto. Pasó las primeras páginas. El libro había sido impreso en España, en Valencia, en 1957. El ilustrador de la portada era Manuel Millares, hombre inclasificable (lejos del homúnculo, muerde todas las manzanas prohibidas) y abocado a lo trágico. El texto, una colección de ensayos sobre artistas contemporáneos de los Estados Unidos, lo había escrito Vicente Aguilera Cerní. El y Gillo Dorfles constituían durante esos años la pareja más sobresaliente en Europa de la crítica y análisis de las últimas tendencias artísticas. Subrayaba el autor al mencionar a Pollock y Rothko, “los grandes tamaños del arte norteamericano, ésa la escala de lo sublime”. Con anterioridad le habían advertido a un receloso El Escudriñador que en alguna de aquellas librerías especializadas podía encontrarse cualquier cosa escrita en cualquier idioma. Lo compró sin titubear por cuarenta centavos. Antes del mediodía, terminan él y La Artista en una cafetería de la calle Thompson, en el Village. El le informa sobre el autor del libro. Ella le miraba complacida, aunque sin mostrar un verdadero interés en realidad; apenas le escuchaba, parecía un fantasma, como un vapor en su cerebro, como... Las pocas páginas, así como las ilustraciones en blanco y negro, del curioso libro -ya desaparecido- versaban sobre escalas, los nuevos materiales, la escultura de hierro y acero de Smith, la materialización del espacio... El discurso de El Enterado se apaga; las tazas ya vacías, las palabras que empiezan a necesitar algo más allá de su significado. Finalmente, dos días después él le regala el libro, o lo pierde, o se lo roban. Hoy, muerta ella, aún no sabía él de su destino ulterior. Agregaba una curiosidad más el volumen en cuestión: la supuesta editorial propietaria del copyright del libro era engañosa: informaba como domicilio social el número 16 de Doctor Vila Barberá, en Valencia, una calle sosegada y arbolada de acacias centenarias a pocos minutos del centro de esa ciudad antigua, culmen de todos los estilos desde el románico al neoclásico, comercial y burguesa. Jamás ha existido tal número en esa calle estrecha y de apenas cien metros de largo.) 
(El homúnculo prevalece sobre el pensante feliz, paseador trivial, hecho de materias inhumanas.)
Está en la habitación blanca del hospital. Da cabezadas frente a su cama. Ella duerme. Tiene la cabeza totalmente rasurada. La artista duerme. El libro caído en el suelo, con las tapas volcadas sobre la moqueta. No recuerda… ¿Qué leía, qué hacía? ¿Soñaba…?
La duermevela le ha trastornado.
La noche interminable. Una tortura para nada. Una espera para la nada.
Le cuenta sus sueños. Él le cuenta sus pesadillas, los temores.
La oye delirar, y se entera de sus secretos, El Tipo Listo y Ducho (que aún conserva libros con pétalos oxidados de las flores del verano prensidos entre sus páginas).
Alguien comparaba su desgracia con la de Sylvia Plath, con alguna otra maltrecha (Mansfield, Carrington, Arbus, la Bowles, Sexton, Woolf, Storni…). Qué estupidez. Ese montón de mujeres desdichadas o malditas, o castigadas, destruidas… Toda esa femineidad de la fatalidad y la mala literatura, ese útero editorial de sugestivas referencias de donde hacer negocio… Fue la vida quien traicionaría a Hesse, que no tenía nada de maldita: la preparó a conciencia para una muerte joven, y ella no tuvo la mínima posibilidad de vencer a pesar de la lucha encarnizada que emprendió al enterarse de su enfermedad.
Ella no hubiera muerto jamás. Se plantó frente a la muerte a cara descubierta. Sólo después, la serenidad, el fin. A su pesar. “Esa mierda de la muerte, ¿para qué me quiere a mí?”, se preguntaba asustada en 1970.
Y, ahora (quizás los dos al unísono), piensa que ojalá la vida tuviera un empalme, una estación donde cambiar de trayecto al menos, no huir del destino irrevocable, pero llegar a él en otro lado, en otro momento
Alguien informó debidamente: “Existe el libre albedrío, se llama magia.”
Ella creía en el arte, un sustituto de aquélla:
-Me basta con mi obra.
“No es suficiente. Hay que apelar a la magia.”
Se hizo maga. De una manera autodidacta, digamos.
-Voy a engañar al tiempo –dijo una mañana en la cocina, apenas levantada de la cama, dejando ver a través de los delicados tejidos del sueño partes de su cuerpo relajado y limpio.
-Magnífico. Dime cómo.
-Es sencillo. Viajaré hacia atrás, haré del pasado mi lugar favorito.
Hace una pausa. Parece reflexionar, o finge que lo hace. Toma asiento. Acerca él servicialmente hacia ella la cafetera italiana. Pensativa, como sin verle, coge una de las tazas rojas de la mesa. Dice:
-Aunque hasta hoy el pasado era la peor de mis pesadillas. Pero ahora comprendo que es el mejor lugar para defenderme, no hay dudas respecto a él, no me ha herido de muerte. A pesar del daño que me ha hecho desde que nací,  es el único escondite que tengo para burlar el futuro. Aún estoy ilesa, así que, ¡si me doy prisa…!
Con cuidado se llena la taza hasta la mitad de café aguado, típicamente americano. Una auténtica porquería.
Mira a través del cristal sucio de la ventana. El cielo está gris, se diría que frío, aunque ya vamos a entrar en mayo (1970), la más terrible de las fechas, asomo de lilas, las aguas del deshielo, cadáveres a flote. 

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