lunes, 8 de diciembre de 2014

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No me hables de tus amigos:
El tejano, que no era nadie, apareció por la puerta del estudio con una sonrisa de suficiencia que mostraba una hilera perfecta de dientes blanquísimos y unos pantalones blancos Sansabelt. Una camisa a cuadros rojos y amarillos con los tres botones superiores desabrochados que dejaban ver el pecho oscurecido por un vello negrísimo constituía el último toque para “advertencia y consejo de tu poquedad hispana”. Como tipo era un cero a la izquierda, pero su obra iba a sobrevivirle siete ceros a la derecha treinta años más tarde de cuando entonces.
17 años. Verano. Domingo por la mañana. La soledad muerde cada centímetro de la carne desnuda al sol. Pero le repugnaría cualquier compañía que se entrometiese en sus pensamientos de ahora. Anda sola, pensativa, y algo hay de placer en ello después de todo, creyendo en el futuro. Va haciéndose mayor. No ha ido a Coney Island. Se mete en la Biblioteca Pública: los domingos abrimos. Hojea docenas de libros. Sin preguntas, sin molestias, sin justificaciones.
Domingo por la mañana, temprano. ¿Qué hacer? La ducha fría. El desayuno que se demora bastante más de media hora… Al fin, la calle, aún fresca. Engulle Blintzes y bebe refrescos de cola. Asfixiante el mediodía neoyorquino, al rojo vivo, y la tarde tórrida, interminable.
Era lista (más que judía): ya había calado a los alemanes.
 Aún (1945) existía aquella Nueva York de ladrillo y de hierro tan atractiva, lejos del acero y el cristal engañosos, una modernidad la de entonces (1965), y no digamos la de ahora (1995) o incluso de la de mucho después (2014), que apenas resistía un juicio analítico favorable, pues en toda esa arquitectura sin magia, tan lejos de una domesticidad humana, imperaba la función, lo pragmático a diferencia de aquella otra volandera y vistosa.
Enero del 68.
32 años. Demasiado vieja para andar bromeando con las cosas de comer.
Dos décadas atrás Nancy W. (amiga del alma) se habría conformado con aprovisionarse una cultura aseada a base de las doradas píldoras de Will Durant, los fáciles comprimidos del Reader’s Digest y los todavía efectivos libros azules de Horatio Alger. Pero en esta Era de las Flores, que resulta que es la suya (aún), no podía haber elegido más acertado: del tiempo lo único que le interesa es que “pase” con sus malditos disfraces cuanto más efectivos y extravagantes mejor. A vivir, que son dos días.
Encuentro a Nancy W. en la librería de Ray, recién llegada de la costa Oeste. Del cuello a los pies le cuelga un vestido talar de algodón estampado de colores chillones. La verdad, no resulta feo, aunque algo escandaloso y del todo inapropiado para el invierno que nos azota en Nueva York. Lleva el cabello suelto, una melena larguísima y (me parece) algo sucia que casi le cubre el rostro enjuto y pálido. Sostiene del brazo un abrigo de lo que semeja piel de borrego teñida de tonos mermelada de ciruela. Al verme lo suelta en el suelo y, luego de un par de alaridos y risas histéricas, me besa en la boca ante el divertido silencio del librero. Nancy se echa para atrás, me mira de hito en hito, y no deja de proferir exclamaciones y de agitar las manos. En un gesto impulsivo, se quita el vistoso collar de pequeñas conchas marinas y guijarros que lleva alrededor del cuello y me lo regala. “Para ti, querida”, dice en un tono de voz extraño, que me hace mirarla como a una desconocida. Es quincallería comprada a los chicos y chicas de Telegraph Avenue, en Berkeley. Ya más calmada ella, iniciamos una conversación “normal”, con frecuencia entrecortada no obstante por sus ruidosas interjecciones. También ha comprado un montón de libros esotéricos, de misticismo oriental y de magia traídos directamente de las estanterías de Shambala, una librería muy de moda en Los Angeles. Tiene la pretensión de que Ray los adquiera a un precio conveniente. Éste los inspecciona sin poder reprimir una mueca de asco en su cara. No parece decidirse en un sentido u otro: meterlos de nuevo en el mugriento saco de arpillera donde han viajado hasta allí o colocarlos en el rincón más oscuro del escaparate y, una vez Nancy desaparezca por la puerta, retirarlos con premura a la caverna del sótano que resulta ser El Almacén de Libros Ilegibles e Imposibles. Delgada como un hilo, Nancy en su ayuno hippie no debe haber comido en cien años. O más. “Tengo miles de historias que contar”, confiesa. Curiosamente, apenas recuerdo nada de interés de cuanto relató de su estancia en San Francisco, durante la que ha conocido a decenas de genios y sabios maestros: “Durante semanas he estado durmiendo en un templo budista de Japantown, en el suelo, encima de una esterilla tan sólo. Meditaba, incluso durmiendo meditaba.” Lo dijo como si ello fuese el grado definitivo que le permite por fin sentirse distinta a los demás que no hemos salido de Nueva York en un trimestre. Al cabo de un rato se esconde debajo del horrible abrigo y se marcha como una exhalación: “Tengo un millón de cosas que hacer antes de volver a Frisco”, dice sin volver la cabeza, precipitándose a la calle, ya bajo la lluvia fría e  invernal, mientras se echa el saco (sin los libros) a la espalda. ¡Pobre Ray!
(¿Y él? Visiones muy propias, y su rara nomenclatura: ve cual una ráfaga a lo Van Gogh a una pelirroja ataviada con blusa amarilla que conduce un cadillac descapotable de chapa azul con el volante blanco y la tapicería de cuero color hueso bajo un cielo violeta entreverado de alargadas nubes verdes.
En los cincuenta el color es lo que cuenta: los mejores colores del mundo.
Y, ahora, ya son monedas de plata.
Lejos ya de La Era del Bronce…
Papá: a él se aferra como la única cosa cierta del mundo. En Saks de la Quinta Avenida mira todo aquello que le ha comprado por valor de tres millones de dólares, treinta millones de dólares. Quiere tanto a su padre que le hace daño. Nada es bastante para el jefe de la manada que les ha salvado la vida a las dos hijitas (no así a la madre, que cayó) huyendo de la Alemania nazi y una Europa en guerra. Finalmente, al llegar a casa con las manos vacías, medio dólar en el bolso y el corazón de huérfana, la pequeña Evchen llena de besos las mejillas hirsutas de este hombre santo ante la mirada fugitiva de la madrastra que huye de los afectos bastardos.
Por lo demás, La joven Hesse podía estar un millón de veces paseando arriba y abajo de la “Museum Mile”, días y días con sus ríos de gente y noches y noches con sus fantasmas: no la descubrías al sol, ni entre las sombras. Era inasible. Diríase. Sólo cerrando los ojos…
¿Y él? ¿El Tipo de la Underwood colgada del hombro como un apéndice siniestro?
Persigue un fantasma: nunca ha hecho otra cosa más real, más, digamos, consistente.
Y de momento, perdido por algún lado de los mil cien kilómetros del metro. Hay días que pasa horas eternas, hasta de angustia, sin saber salir del subsuelo, hombre rata alimentándose de desperdicios y despojos, de todos los malos olores y oscuridades de una Nueva York de los sesenta yaciente en el abismo.
Ella y su mundo son una historia al sol, lejos de sus penumbras de imaginativo y pordiosero intelectual en busca de gangas.
Mi querida Evchen, mi hijita, condenada…”
Él: “No es un símbolo… ¡nada de nada! Expresa lo que se ve.”
Luego: “No sé de dónde vienes, nada me importa adonde puedas ir. Estás aquí. Es todo. ¿Qué importa todo lo demás?
Ella: “Todo lo demás soy yo, y eso debería importarte.”
Ella es capaz de helarte con una sola mirada. 1969: se sabe muerta antes de tiempo. Han descubierto el tumor. Tú eres insignificante. Incapaz, anodino. Un testigo vano, inútil. Cuida tus palabras. Vas a sobrevivirla. Esa es toda tu actuación en esta historia, un figurante al que le sobra malicia y se enreda con las palabras por apartar de sí sus emociones. Sin embargo, de tus mentiras algo te exculpa el estupor que atenaza tu inteligencia: la indefensión y el miedo que sientes al igual que todos los condenados a vivir y ser testigo de las humanas dolencias y su final irrevocable antes o después. ¿A qué juega la naturaleza brutal con esa muerte a destiempo?
Un ser humano para esa naturaleza es como una planta, como un reptil, como el insecto que declara el aire.
Un accidente.
Nada de explicaciones ociosas. 
Veamos. Otoño 2013: la bruma en todo. Ya tiembla la esbeltez del álamo en los helados días. Pero mi trémula visión…
Cerebro. Cerebrum. Un kilo: unidad de masa tan arbitraria como otra cualquiera, tan precisa (1000 centímetros cúbicos de agua, a cuatro grados centígrados, encerrados en un cilindro). Un kilo y un centenar de gramos más. Tumor ahí adentro, en la calota craneal. ¿Dónde la fiesta: en el cerebelo, en las meninges, en el periostio, entre los huesos craneales…? ¿De qué diablillos hablamos: gliomas, meningiomas, sarcomas…? ¿Son residentes o hijos de la metástasis de excursión hasta la azotea provenientes de algunos de los sotanillos de abajo?
¿Cefaleas? Ni una, al menos previamente. Una mañana, en el estudio, náuseas y vómitos, un vértigo ligero.  Días después, todo parece más lento, hasta la ciudad parece enmudecer, el sol amarillo pálido, el aire quieto, el ruido amortiguado.
-Te noto muy contradictoria.
-Estoy nerviosa desde hace unos días.
-Sin embargo, ahora pareces muy tranquila.
-Sí, y no sé a qué es debido. En realidad, no tengo ganas de nada. Todo me es igual.
Semanas más tarde, narcolepsia, depresión. El delirio.
-¿Sabes? Voy a empezar una gran obra.
-Magnífico. ¿Cuándo empezamos?
Otras rarezas: a veces, él no entendía lo que ella decía; calculaba mal las distancias; perdía la memoria. Un día, comenzó a andar en diagonal, unos pasos oblicuos algo grotescos, y otro día, sin tropezar contra nada ni nadie, en plena calle, perdió el equilibrio y cayó al suelo como un fardo pesado, incapaz de levantarse; ofuscada, no parecía reconocerme a su lado, cuando intentaba levantarla de la sucia acera ante la mirada atónita, hasta cruel, de los otros transeúntes ocupados en sus propios cánceres, suicidios y ambiciones humanas (legítimas y frágiles, efímeras y patéticas, sobre todo necesarias) sin detener el paso.
-Doctor, un pájaro azul… -Etcétera.
La desgana: la voluntad hecha trizas. “Tengo sueño”, dice dándose la vuelta en la cama. Puede estar todo el día durmiendo, o sin dormir, pero yacente, indefensa mientras el día y la noche colorean las visiones tras los párpados cerrados. ¿Ella? ¡No es posible!
33 años, ¿qué has engendrado?: van a abrirte la cabeza, van a empezar a hurgar ahí adentro, en el templo sagrado.
¿Con quién has jodido?
Con Satanás.
Alumbras la muerte del Cristo, judía.
Antes.
Un millón de años atrás: el milagro. Ha escapado de la Alemania nazi.
Todavía con el albornoz y la toalla en una mano y el jabón en la otra se ha librado de las badeanstalten.
Ha saltado las vallas de los leichnkeller con sus alitas blancas de ángel hasta alcanzar el cielo impoluto de América.
No la ha chamuscado ningún einäscherungsöfen.
1939: USA. Su padre aún tuvo tiempo de comprar por setenta y cinco centavos un par de entradas para Feria Mundial de Nueva York, cuyos pabellones pintados se diseminaban por Meadows Flushing. En el pabellón de la Westinghouse, ultramoderno y dedicado al nuevo y sorprendente medio de comunicación de masas, la televisión, se ha dispuesto una cápsula del tiempo donde los visitantes pueden escribir sus nombres. La cápsula estaba destinada al año 6939.
En ese año Hesse, cadáver inmaterial en el planeta Tierra, se halla bien viva en U94 (el 13 de febrero de 6939, jueves, para ser exacto, a las cuatro de una tarde extrañamente cálida. Vestía una… una…).
Qué, ¿qué hay?
Nada, aquí, a un millón de años luz de la Tierra.
¡Van a abrir la cápsula!
Qué te parece…
 La ve un poco más vieja.
“Estás pálida”, le dice luego de examinarla de arriba abajo.
Caramba, si calculamos que han pasado más de cinco mil años desde la última vez que nos vimos en U81…
Pero en ningún momento podía ya desembarazarse del miedo, de la putrefacción que ocultaba el disfraz de su carne bella, cerúlea, lejana.
“Soy el mismo”, miente él.
“Yo, también”, miente ella.

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