No me
hables de tus amigos:
El tejano,
que no era nadie, apareció por la puerta del estudio con una sonrisa de
suficiencia que mostraba una hilera perfecta de dientes blanquísimos y unos
pantalones blancos Sansabelt. Una
camisa a cuadros rojos y amarillos con los tres botones superiores
desabrochados que dejaban ver el pecho oscurecido por un vello negrísimo
constituía el último toque para “advertencia y consejo de tu poquedad hispana”.
Como tipo era un cero a la izquierda, pero su obra iba a sobrevivirle siete
ceros a la derecha treinta años más tarde de cuando entonces.
17 años. Verano. Domingo por la mañana. La soledad muerde
cada centímetro de la carne desnuda al sol. Pero le repugnaría cualquier
compañía que se entrometiese en sus pensamientos de ahora. Anda sola,
pensativa, y algo hay de placer en ello después de todo, creyendo en el futuro.
Va haciéndose mayor. No ha ido a Coney Island. Se mete en la Biblioteca
Pública: los domingos abrimos. Hojea
docenas de libros. Sin preguntas, sin molestias, sin justificaciones.
Domingo
por la mañana, temprano. ¿Qué hacer? La ducha fría. El desayuno que se demora
bastante más de media hora… Al fin, la calle, aún fresca. Engulle Blintzes y bebe refrescos de cola.
Asfixiante el mediodía neoyorquino, al rojo vivo, y la tarde tórrida,
interminable.
Era lista (más que judía): ya había calado a
los alemanes.
Aún (1945) existía aquella Nueva York de
ladrillo y de hierro tan atractiva, lejos del acero y el cristal engañosos, una
modernidad la de entonces (1965), y no digamos la de ahora (1995) o incluso de
la de mucho después (2014), que apenas resistía un juicio analítico favorable,
pues en toda esa arquitectura sin magia, tan lejos de una domesticidad humana,
imperaba la función, lo pragmático a diferencia de aquella otra volandera y
vistosa.
Enero del
68.
32 años. Demasiado vieja para andar bromeando con las
cosas de comer.
Dos
décadas atrás Nancy W. (amiga del alma) se habría conformado con aprovisionarse
una cultura aseada a base de las doradas píldoras de Will Durant, los fáciles
comprimidos del Reader’s Digest y los
todavía efectivos libros azules de Horatio Alger. Pero en esta Era de las
Flores, que resulta que es la suya (aún),
no podía haber elegido más acertado: del tiempo lo único que le interesa es que
“pase” con sus malditos disfraces cuanto más efectivos y extravagantes mejor. A
vivir, que son dos días.
Encuentro a Nancy
W. en la librería de Ray, recién llegada de la costa Oeste. Del cuello a los
pies le cuelga un vestido talar de algodón estampado de colores chillones. La
verdad, no resulta feo, aunque algo escandaloso y del todo inapropiado
para el invierno que nos azota en Nueva York. Lleva el cabello suelto, una
melena larguísima y (me parece) algo sucia que casi le cubre el rostro enjuto y
pálido. Sostiene del brazo un abrigo de lo que semeja piel de borrego teñida de
tonos mermelada de ciruela. Al verme lo suelta en el suelo y, luego de un par
de alaridos y risas histéricas, me besa en la boca ante el divertido silencio
del librero. Nancy se echa para atrás, me mira de hito en hito, y no deja de
proferir exclamaciones y de agitar las manos. En un gesto impulsivo, se quita
el vistoso collar de pequeñas conchas marinas y guijarros que lleva alrededor
del cuello y me lo regala. “Para ti, querida”, dice en un tono de voz extraño,
que me hace mirarla como a una desconocida. Es quincallería comprada a los
chicos y chicas de Telegraph Avenue,
en Berkeley. Ya más calmada ella, iniciamos una conversación “normal”, con
frecuencia entrecortada no obstante por sus ruidosas interjecciones. También ha
comprado un montón de libros esotéricos, de misticismo oriental y de magia
traídos directamente de las estanterías de Shambala, una librería muy de moda en Los Angeles. Tiene la pretensión de que Ray los adquiera a un precio conveniente.
Éste los inspecciona sin poder reprimir una mueca de asco en su cara. No parece
decidirse en un sentido u otro: meterlos de nuevo en el mugriento saco de
arpillera donde han viajado hasta allí o colocarlos en el rincón más oscuro del
escaparate y, una vez Nancy desaparezca por la puerta, retirarlos con premura a
la caverna del sótano que resulta ser El Almacén de Libros Ilegibles e
Imposibles. Delgada como un hilo, Nancy en su ayuno hippie no debe haber comido
en cien años. O más. “Tengo miles de historias que contar”, confiesa.
Curiosamente, apenas recuerdo nada de interés de cuanto relató de su estancia
en San Francisco, durante la que ha
conocido a decenas de genios y
sabios maestros: “Durante semanas he
estado durmiendo en un templo budista de Japantown, en el suelo, encima de una esterilla tan sólo. Meditaba, incluso
durmiendo meditaba.” Lo dijo como si ello fuese el grado definitivo que le
permite por fin sentirse distinta a los demás que no hemos salido de
Nueva York en un trimestre. Al cabo de un rato se esconde debajo del horrible
abrigo y se marcha como una exhalación: “Tengo un millón de cosas que hacer
antes de volver a Frisco”, dice sin
volver la cabeza, precipitándose a la calle, ya bajo la lluvia fría e invernal, mientras se echa el saco (sin los
libros) a la espalda. ¡Pobre Ray!
(¿Y él?
Visiones muy propias, y su rara nomenclatura: ve cual una ráfaga a lo Van Gogh
a una pelirroja ataviada con blusa amarilla que conduce un cadillac
descapotable de chapa azul con el volante blanco y la tapicería de cuero color
hueso bajo un cielo violeta entreverado de alargadas nubes verdes.
En los
cincuenta el color es lo que cuenta: los mejores colores del mundo.
Y, ahora,
ya son monedas de plata.
Lejos ya
de La Era del Bronce…
Papá: a él
se aferra como la única cosa cierta del mundo. En Saks de la Quinta Avenida
mira todo aquello que le ha comprado por valor de tres millones de dólares,
treinta millones de dólares. Quiere tanto a su padre que le hace daño. Nada es
bastante para el jefe de la manada que les ha salvado la vida a las dos hijitas
(no así a la madre, que cayó) huyendo
de la Alemania nazi y una Europa en guerra. Finalmente, al llegar a casa con
las manos vacías, medio dólar en el bolso y el corazón de huérfana, la pequeña Evchen llena de besos las mejillas
hirsutas de este hombre santo ante la mirada fugitiva de la madrastra que huye
de los afectos bastardos.
Por lo
demás, La joven Hesse podía estar un millón de veces paseando arriba y abajo de
la “Museum Mile”, días y días con sus ríos de gente y noches y noches con sus
fantasmas: no la descubrías al sol, ni entre las sombras. Era inasible.
Diríase. Sólo cerrando los ojos…
¿Y él? ¿El
Tipo de la Underwood colgada del hombro como un apéndice siniestro?
Persigue
un fantasma: nunca ha hecho otra cosa más real, más, digamos, consistente.
Y de momento, perdido por algún lado de los mil cien
kilómetros del metro. Hay días que pasa horas eternas, hasta de angustia, sin
saber salir del subsuelo, hombre rata alimentándose de desperdicios y despojos,
de todos los malos olores y oscuridades de una Nueva York de los sesenta
yaciente en el abismo.
Ella y su mundo son una historia al sol, lejos de sus
penumbras de imaginativo y pordiosero intelectual en busca de gangas.
“Mi querida Evchen, mi hijita, condenada…”
Él: “No es
un símbolo… ¡nada de nada! Expresa lo que se ve.”
Luego: “No sé de dónde vienes, nada me importa adonde
puedas ir. Estás aquí. Es todo. ¿Qué importa todo lo demás?
Ella:
“Todo lo demás soy yo, y eso debería importarte.”
Ella es capaz de helarte con una sola mirada. 1969: se
sabe muerta antes de tiempo. Han descubierto el tumor. Tú eres insignificante.
Incapaz, anodino. Un testigo vano, inútil. Cuida tus palabras. Vas a
sobrevivirla. Esa es toda tu actuación en esta historia, un figurante al que le
sobra malicia y se enreda con las palabras por apartar de sí sus emociones. Sin
embargo, de tus mentiras algo te exculpa el estupor que atenaza tu
inteligencia: la indefensión y el miedo que sientes al igual que todos los condenados
a vivir y ser testigo de las humanas dolencias y su final irrevocable antes o
después. ¿A qué juega la naturaleza brutal con esa muerte a destiempo?
Un ser humano para esa naturaleza es como una planta,
como un reptil, como el insecto que declara el aire.
Un
accidente.
Nada de
explicaciones ociosas.
Veamos.
Otoño 2013: la bruma en todo. Ya tiembla la esbeltez del álamo en los helados
días. Pero mi trémula visión…
Cerebro. Cerebrum. Un kilo: unidad de masa tan
arbitraria como otra cualquiera, tan precisa (1000 centímetros cúbicos de agua,
a cuatro grados centígrados, encerrados en un cilindro). Un kilo y un centenar
de gramos más. Tumor ahí adentro, en la calota craneal. ¿Dónde la fiesta: en el
cerebelo, en las meninges, en el periostio, entre los huesos craneales…? ¿De
qué diablillos hablamos: gliomas, meningiomas, sarcomas…? ¿Son residentes o
hijos de la metástasis de excursión hasta la azotea provenientes de algunos de
los sotanillos de abajo?
¿Cefaleas?
Ni una, al menos previamente. Una mañana, en el estudio, náuseas y vómitos, un
vértigo ligero. Días después, todo
parece más lento, hasta la ciudad parece enmudecer, el sol amarillo pálido, el
aire quieto, el ruido amortiguado.
-Te noto
muy contradictoria.
-Estoy
nerviosa desde hace unos días.
-Sin
embargo, ahora pareces muy tranquila.
-Sí, y no
sé a qué es debido. En realidad, no tengo ganas de nada. Todo me es igual.
Semanas
más tarde, narcolepsia, depresión. El delirio.
-¿Sabes?
Voy a empezar una gran obra.
-Magnífico.
¿Cuándo empezamos?
Otras
rarezas: a veces, él no entendía lo que ella decía; calculaba mal las
distancias; perdía la memoria. Un día, comenzó a andar en diagonal, unos pasos
oblicuos algo grotescos, y otro día, sin tropezar contra nada ni nadie, en
plena calle, perdió el equilibrio y cayó al suelo como un fardo pesado, incapaz
de levantarse; ofuscada, no parecía reconocerme a su lado, cuando intentaba
levantarla de la sucia acera ante la mirada atónita, hasta cruel, de los otros
transeúntes ocupados en sus propios cánceres, suicidios y ambiciones humanas
(legítimas y frágiles, efímeras y patéticas, sobre todo necesarias) sin detener
el paso.
-Doctor,
un pájaro azul… -Etcétera.
La
desgana: la voluntad hecha trizas. “Tengo sueño”, dice dándose la vuelta en la
cama. Puede estar todo el día durmiendo, o sin dormir, pero yacente, indefensa
mientras el día y la noche colorean las visiones tras los párpados cerrados.
¿Ella? ¡No es posible!
33 años,
¿qué has engendrado?: van a abrirte la cabeza, van a empezar a hurgar ahí
adentro, en el templo sagrado.
¿Con quién
has jodido?
Con
Satanás.
Alumbras
la muerte del Cristo, judía.
Antes.
Un millón
de años atrás: el milagro. Ha escapado de la Alemania nazi.
Todavía
con el albornoz y la toalla en una mano y el jabón en la otra se ha librado de las
badeanstalten.
Ha saltado
las vallas de los leichnkeller con
sus alitas blancas de ángel hasta alcanzar el cielo impoluto de América.
No la ha
chamuscado ningún einäscherungsöfen.
1939: USA.
Su padre aún tuvo tiempo de comprar por setenta y cinco centavos un par de
entradas para Feria Mundial de Nueva York, cuyos pabellones pintados se
diseminaban por Meadows Flushing. En el pabellón de la Westinghouse,
ultramoderno y dedicado al nuevo y sorprendente medio de comunicación de masas,
la televisión, se ha dispuesto una cápsula del tiempo donde los visitantes
pueden escribir sus nombres. La cápsula estaba destinada al año 6939.
En ese año
Hesse, cadáver inmaterial en el planeta Tierra, se halla bien viva en U94 (el
13 de febrero de 6939, jueves, para ser exacto, a las cuatro de una tarde
extrañamente cálida. Vestía una… una…).
Qué, ¿qué
hay?
Nada,
aquí, a un millón de años luz de la Tierra.
¡Van a
abrir la cápsula!
Qué te
parece…
La ve un poco más vieja.
“Estás
pálida”, le dice luego de examinarla de arriba abajo.
Caramba,
si calculamos que han pasado más de cinco mil años desde la última vez que nos
vimos en U81…
Pero en
ningún momento podía ya desembarazarse del miedo, de la putrefacción que
ocultaba el disfraz de su carne bella, cerúlea, lejana.
“Soy el
mismo”, miente él.
“Yo,
también”, miente ella.

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