El hombre
del que se ha divorciado –y, ahora, ya innombrable- veinte años después de su
muerte, en 1994, nos arroja a la cara estupefaciente el crimen de la infamia,
de la sospecha cruel, pues no sabemos: “El artista que más influyó en ella fue
Adolf Hitler.” Y continúa fumando en pipa, buen tabaco, denso, aromático: un
escultor docente. Bien, ¿qué diablos significa eso, Din-don? ¿Un acuarelista
aficionado al que finalmente el azar le dispensa la oportunidad de llevar a
cabo la destrucción de millones de seres humanos puede proyectar un influjo
benéfico?
¿Cómo pudo
influirla?
Un
silencio repentino, sobrecogedor, se desploma sobre los conversadores, que se
miran unos a otros indefensos en su desconcierto, pues no acaban de descifrar
el auténtico sentido de la confesión, dudan hasta de haber oído bien.
A fin de
cuentas, se dice, aquel exterminador, como otros de igual calaña, fue un
trémulo paisajista (colores apagados, tristes, mal encajada la imagen
entrevista por sus ojos de no artista, unas aguadillas, malas acuarelas de
minuciosidad aprendiza…)
Soñó con Hamburgo: las
calles desiertas y negras del 33.
1933: quema de libros.
1943: quema de seres
humanos vivos.
¿Podía esperarse otra cosa?
Ya en tiempos del
Kaiser se retorcían los colmillos: Meschuggismus,
eso es lo que provocan los artistas degenerados. Más expeditivo, un diario de
Munich exigía la detención inmediata de Kandinsky, Klee, Marc, Macke… Bonita
hoguera podría haberse erigido a los cielos negros de la noche con los cuerpos
corruptos de gran parte de los integrantes de la Neue Sachlichkeit.
El señor Goering sentaba cátedra ante el desafiante cuadro expresionista de la
época: “Yo, como amante de la naturaleza, puedo asegurar que nunca he visto
nada parecido en ella a este mamarracho.”
Pero sería el Sumo Sacerdote, el Gran Artista Genial de las Dos Mil
Acuarelas, Praeceptor Germaniae Adolf
Hitler quien grabó a fuego el Primer Mandamiento del Arte Oficial: se prohíbe
expresamente a los artistas el uso de colores no percibidos en la naturaleza
por un “ojo normal”: 4.000 obras de arte moderno (Kirchner, Barlach, Nolde,
Kokoschka, Dix, Grosz, Corinth, Cézanne, Van Gogh, Pisarro, Picasso, Gauguin…)
fueron quemadas en 1939 en el… ¡patio del cuartel de bomberos de Berlín!
Siempre nos quedarán
los Fleischbeschau sin trampa ni
cartón, espléndidas matronas de feliz carne femenina.
Y el Señor de Mein Kampf ya vigilará fusta en mano que
nuestro gusto acabe bien enderezado y transitando por las fáciles sendas de
Moritz von Schwind, el romántico Boecklin y las cordiales estampas de
Waldmüller, Grutzner y Defregger y las apolíneas y estatuarias imágenes de
Leni Riefenstahl.
Tampoco es que el Führer le hiciera demasiados ascos a
negociar sus bucólicas acuarelitas en los malos tiempos: buena parte de ellas
se las compraba a diez coronas un judío vienés compasivo a fin de que el
patético y ridículo aficionado ario, en los años previos a la Gran Guerra,
pudiera llenar la panza.
Respecto a
la política, Hesse…
Poco que
contar.
La
cuestión socio-política-económica le traía al fresco.
De hecho,
utilizaba los diarios atrasados o del mismo día (ya manoseados por lecturas
ajenas) para envolver objetos de uso probable en sus trabajos de estudio,
pinceles sucios, cuchillas o clavos. Nunca observó que echara un vistazo ni
siquiera a los titulares.
Entre
otras cosas: espadas, dinero. Que se maten entre ellos.
Él ha
decidido quedarse en Nueva York todo el tiempo que pueda. Hasta que el dinero
se acabe (que acabará), o empiece a ganar algunos dólares con la maldita
Underwood (le baila el tipo de la “o” como un saltimbanqui) que ha comprado de
segunda mano en una travesía de Delancy Street.
Reflexiona:
no mendigues todavía.
Pernocta tres días en el apartamento de un compatriota
(profesor de español en la N.Y. University) muy poco higiénico. Y no hablemos
de su compañera, una inglesa de cabello largo y sucio que come con los dedos
directamente de las latas de conserva. Al tercer día se escabulle con la maleta
y la Underwood a cuestas.
Memorias de
una Maleta
y una
Underwood en Nueva York
por
David Grau
Febrero:
Había llegado al aeropuerto Kennedy procedente de Madrid un sábado por la
tarde, en torno a las cinco (hora local).
Se
encuentra cansado e inquieto, con falta de sueño, no sabía exactamente si había
rellenado bien el formulario de entrada y, al descender del avión, se le cayó
el pasaporte a la pista y alguien lo pisoteó con una enorme bota justo por el
lado de la fotografía. No quiso ni imaginar lo que iba a suceder resolviendo
los trámites con los atrabiliarios funcionarios de Inmigración y Aduanas.
El cielo
está gris. Pero hace menos frío del que esperaba. Su amigo, el profesor de
español, monta guardia junto a una fila de taxis amarillos al otro lado de las
puertas cristaleras. El viajero arrastra la pesada maleta hacia él, que no
avanza ni un paso al verle renquear con el maldito bulto aún con el pasaporte
entre los dientes.
Al día
siguiente, domingo por la mañana temprano,
dio un paseo alrededor de la zona del apartamento. Luego compró el New York Times, unos dos kilos y medio
de papel por cincuenta centavos, y se metió en una cafetería desangelada y
vacía de parroquianos. Un par de camareras, pelirrojas las dos (una de ellas,
teñida, ahora bien, ¿cuál de las dos?), de ojos sombreados de violeta oscuro,
uniformadas de azul celeste y blanco, se hallaban detrás de la barra, cerca de
la entrada a la cocina, de la que surge una luz blanca de neón, pero sucia,
como gastada. Le ignoran y tardan en atenderle. Con ojos esquinados hablaban en
voz muy baja de sus cosas, de sus conspiraciones, de sus ascos. Y fuman
tranquilamente cigarrillos mentolados (los huele desde su sitio). Supone él que
de eso charlotean, de reivindicaciones laborales, aunque también podrían estar
hablando de actricillas de cine o del deportista de moda o del primer polvo en
el asiento trasero del buick. Se
rascan las mejillas, la barbilla, un codo, miran aquí y allá menos al sitio
donde se encuentra él, se cruzan de brazos, dan frenéticas caladas a los
cigarrillos, no cesan de cuchichear, meten las manos en los grandes bolsillos
del uniforme, cambian de postura, descansan sobre la otra pierna, encienden un
nuevo cigarrillo... Al fin (siete minutos de reloj), sin moverse un ápice de
donde parlotea con su compañera de desánimos, una de ellas le lanza una mirada
interrogativa, hostil, que parece significar algo así como ¿qué quieres, gilipollas?:
-Chúpame la polla –-pide él (en español)
educadamente.
-¿What?, le contesta (en inglés) esa una.
-Un café y
un donut.
Eran los
años aquellos cuando casi todo el menudeo se pagaba con fichas metálicas y unos
miserables centavos, las camareras llevaban un gorrito gracioso y el agua de
Nueva York, una ciudad gigantesca, sucia y estridente, era deliciosa y, a
veces, gratis.
Durante
cinco días le facilitan alojamiento: podría dormir en el sofá del apartamento
del amigo español que trabajaba en la Universidad de Nueva York. Su pareja
inglesa no había puesto impedimento, siempre que el asunto no se demorase (por
Dios) más allá de ese plazo. Era comprensible. El apartamento medía menos de 40
metros cuadrados. Unas medias de nailon y otras prendas interiores de aspecto
raído secándose en la barra de la ducha todavía explicaban mejor la situación.
El segundo
día,a media tarde, llega extenuado al apartamento con dos periódicos, el Daily News (para envolver la ropa sucia
que llevar a la lavandería) y el New York
Times (para leer sentado), una botella de vino californiano, pan y queso.
El
profesor, ausente, imparte su clase en la Universidad.
La inglesa,
recién duchada, con el pelo mojado pegado al cráneo, mal tapada por un albornoz
azul pálido que deja al descubierto sus piernas delgadas y muy blancas, las
rodillas huesudas y rosadas, está sentada junto a la ventana. Come con los
dedos muy despacio, directamente de una lata de carne en conserva. Al verle
entrar dirige la mirada hacia él sin proferir palabra alguna. En seguida gira
la cabeza y continúa observando a través del cristal el día frío, gris y sucio
de afuera mientras mastica con lentitud y se limpia los dedos pringosos en el
albornoz.
Le han
bastado tres días.
En efecto:
La puerta del
minúsculo dormitorio donde se hallan su amigo el profesor y la novia inglesa se
ha abierto lentamente sin un quejumbre y deja ver el interior a la plena luz
del día que penetra por la ventana sin visillos. La inglesa, flaca y pálida,
completamente desnuda, desgarbada y huesuda, está arrodillada y le está
haciendo una felación al profesor de español sentado al borde de la cama. El
Espía Desprevenido tiene tiempo de observar los cabeceos hacia delante y atrás
de la mujer, el perfil contraído del hombre que, en camiseta, tiene los
calzoncillos enrollados sobre los tobillos y lleva puestos los calcetines, de
color gris, le parece recordar. La imagen es de un patetismo desgarrador, hasta
doloroso a esa hora matinal y luminosa. Se da la vuelta con sigilo y sale a la
calle. Dos horas más tarde regresa a por sus cosas (es decir, en busca de su maleta y La Máquina de Aladino). Ambos le
sonríen al unísono aliviados, inocentes, y le acompañan solícitos hasta la
salida asegurando que no corría tanta prisa (no corría tanta prisa, pero,
hombre, no corría tanta prisa).
Ha elegido
como solución provisional, hasta que alquile un apartamento en Queens (mucho
más barato que en Manhattan), un hotel en la parte este de la calle 59, próximo
al puente. Es un edificio de quince plantas de ladrillo de un tono quemado,
sucio. Está bastante destartalado por dentro, aunque el suelo del pasillo está
cubierto por una alfombra. Le han alojado en la octava planta. Paga 45 dólares
a la semana, y el 5% de impuestos. Limpian la habitación y cambian las ásperas
sábanas cada cinco días, pero todas las mañanas le proporcionan un juego de
toallas limpias. Sin embargo, la palabra que acude a su mente desde que se ha
instalado aquí es “sórdido”, aunque, bien mirado, contradice lo que realmente
siente: está en un hotel (no en la puta calle), aún es relativamente joven,
puede disimular el frío(no tiembles, cobarde)y aguantar el hambre que corroe su
estómago (come codo, llorica cabrón), está en Nueva York (la capital del
mundo..., etcétera, etcétera). La Underwood (¿o era la Corona Smith?), con sus
millones de palabras, aguarda desafiante encima de la pequeña mesa junto a la
ventana de guillotina (o de lamas, ya puestos en la piel de Marlowe o de Sam
Spade o de...), hay miles de historias, crónicas y misceláneas debajo de sus
teclas blancas o negras (a un nanosegundo de reflejo cerebral y la yema de los
dedos índice), sólo hay que golpearlas, acariciarlas incluso, tan sólo eso.
Sórdida sería otra situación: sin idioma, sin afeitar, sin ducha matinal, en
absoluta soledad y contando hasta los quarters,
sin hotel, sin máquina de escribir, a un paso de la calle, a un paso de la
mudez, del silencio homicida, de la desnudez emigrante del otro mundo.
Empieza a
caminar, ¡quejica!, y luego hazte con el Literary
Market Place: tienes entre esas páginas cientos de agentes que podrían
colocar algunos de tus trabajos por un par de cientos de dólares... ¡y
conseguir una reputación!
Anoche, al
volver de la cena en el restaurante griego Delos (pato en salsa con alubias, un
vaso de vino californiano y ensalada de frutas, 2,25$), muy próximo al hotel,
ha visto las primeras cucarachas, delgadas, marrones (tan distintas a las negras
y brillantes españolas), escondiéndose veloces en el armario de la ropa...
¡Dios!:
Tal vez uno
comienza a beber de veras cuando descubre que no tiene ninguna ilusión por el
porvenir. Entonces reniega del pasado y desprecia con estoicismo el presente que
tampoco puede ofrecerle ya nada salvo la tortura del tiempo inmóvil y un futuro
doliente cuesta abajo y peor que sus días de ahora, un desesperante silencio y
un cuerpo que se resquebraja más y más en un país en el que el tacto del dedo
de un matasanos (con el imprescindible estetoscopio al cuello) en tu piel
cuesta (al contado) mil dólares:
Sea
lo que fuere
Dios
de la Literatura y las Bellas Artes
líbrame
de las flophouses
de
la botella de bourbon en la mano
de
los tumbos entre cubos de basura
líbrame
del mal y de la mierda
de
la brumosa y harapienta y fétida pandilla
de
Duane Hanson.
(Amén.)
Una semana
más tarde: luego de un par de llamadas telefónicas, alivia en parte la
situación doméstica.
Durante dos
días van a permitirle (sólo por compasión)
dormir en un asqueroso rincón del loft
que comparten una pareja de diseñadores gráficos madrileños en el socorrido
West Village: “En cuanto amanezca te largas con la maleta a otro agujero.
Trabajamos aquí y no queremos interrupciones de ninguna clase hasta la noche.
Sólo entonces puedes regresar. Aunque procura solucionar tus asuntos lo más rápidamente posible.”
“Tengo una
cita con Eva Hesse”, susurra El Esperanzado con una media sonrisa, hasta con
complicidad. Su carta bajo la manga.
El otro le
mira totalmente inexpresivo.
“Qué
interesante.”
¿Qué tal
escribimos en inglés?
Y hasta en
chino con pincel de pelo de marta si preciso fuera.
Consigue de
forma inexplicable un trabajo temporal como documentalista para una decena de
columnistas de agencia. Eso balbuceó el tipo del departamento de personal:
finalmente (eso lo especificó), él mismo ha de escribir algunos de los textos
basándose en los documentos que selecciona. Una pequeña cantidad adicional a lo
acordado mitiga su irritación. En todo caso, presenta los folios redactados
llenos de trampas y un acróstico ofensivo y delator.
“¿Qué tal un
centavo más? Estoy seguro de que en un par de meses escribiré mejor en inglés
que en español.”
¡Ya lo hace:
resulta misterioso, y hasta muy
intrigante!
Los idiomas, todos, son tu pensamiento.
¡Y puede
que consiga hasta 2.000 pavos por un relato, más la llave del lavabo de caballeros!
En fin,
haciéndose hueco prosista entre Cheever, Salinger y Updike y un poco de Mailer
(¡ojito con Hemingway!).
Hace mil años
podías alquilar una buhardilla con tragaluz en pleno centro de Manhattan sólo
con el compromiso de barrer dos veces por semana el portal del edificio y
vaciar las bolsas de basura en el cubo de la calle. Ahora, los marchantes de
hombres te envían a lo más oscuro del Bronx, a la periferia de Queens o a
alguna calleja de ratas de Brooklyn. Aquí se viene a triunfar; a los demás, se
les empuja al borde mismo de la ciudad, al filo del abismo. Al agujero.
“No nos
ahorres peligros, pero sálvanos de todos ellos.”
Jennie aún
tardará un mes en llegar a Nueva York desde Portugal. Tiempo suficiente para
que él se muera de hambre.
Mientras
tanto, es un vagabundo taciturno sin perspectiva temiendo a cada momento que al
final del día le atropelle un maldito yellow
cab conducido por un ruso medio borracho.
O un triste
final parecido: más tarde o más temprano los tipos de Inmigración se fijan en
ti: hasta tu definitiva expulsión acabas en un Centro de Detención
perfectamente simulado como si fuera un colegio entre dos grises manzanas de un
barrio proletario de Queens.
Es Navidad
en El Parque.
El Hombre
Solitario bebe.
¿Qué bebes?
Ponche de
una receta especial (WF.): manzanas, whisky, borgoña seco y soda, todo ello
enfriado abundantemente con trozos de hielo.
Ceñudo,
mira a su alrededor en el parque amarillo y vacío. Sorbe (invisiblemente).
Sus asuntos
no tienen viso de solucionarse lo más
rápidamente posible, de modo que pagar un “precio” ya es inevitable si
quiere escapar del peaje de los hoteles o dormir gratis en apartamentos y
almacenes en compañía de ratas y cucarachas. O todavía peor: claudicar en un
albergue de la YMCA del que probablemente no se desprenda del olor a podrido, a
fracasado (a muerto) en mil años. O no salga jamás.
Arrienda un
apartamento en Queens (precisamente), en las inmediaciones de Jackson Heights,
por desgracia demasiado cerca del aeropuerto. Baño, dormitorio-salón y un fogón
mínimo y una pila junto a la pared: 30 metros cuadrados. 125 dólares al mes,
impuestos incluidos. Cada vez que el ruido sordo y prolongado de un avión (a
intervalos de cinco minutos) sobrevuela por encima del edificio comienza
inexplicablemente a chorrear agua del grifo de la pila. La única ventana, de
una sola hoja de guillotina, sin cortinas, da a una calle bastante ancha, pero
sin árboles. Una calle gris que cruzan
de cuando en cuando transeúntes lentos y sigilosos, apenas perceptibles,
fugitivos, como sombras proyectadas por otros seres invisibles.
Dos semanas
después:
Llama a
España desde la centralita de un hotel cercano al apartamento. Tiene que
conseguir más colaboraciones. Necesita dinero. “Veremos lo que puede hacerse”,
dicen al otro lado del hilo, sofocando las risas. “Lo que sea, aunque no lo
firme yo”, suplica. “Ah, bueno, en ese caso...” alienta la voz convencida.
Al cabo de
diez días recibe una carta de una
obscenidad familiar. Escribirá crónicas
desde Nueva York que firmará un periodista y escritor de postín sin moverse de
su casa llena de tapices y esculturas antiguas, de altos techos con escocia, en
el Madrid de los Austria, a dos pasos del Botánico y a tres de los chaperos del
Retiro. Al final del texto se añade una apostilla manuscrita con estilográfica,
de hermosa letra curva y azul: “Dramatízalas un poco”, aconseja el futuro
firmante de las crónicas, viejo y perfumado escritor ateneísta y bujarrón
clandestino que vive de las rentas.
Jennie en
Nueva York.
El
lazarillo mecánico.
Salvado.
Ahora,
todo el tiempo del mundo.
¿Cuál es
su vida cotidiana?
Ver lo que
piensa.
Las
imágenes.
La ordenación interior.
Empieza a
tergiversar. Sólo ve lo que piensa.
Mal hecho.
Debería pensar lo que ve.
“Lo único
que me interesa de la Quinta Avenida es la librería de Scribner’s.”
Frasecitas
así cree que justifican su paso por este mundo traidor. Pero ese es su paraguas
contra las amenazas y cielos sombríos que descargarán sobre su cabeza.
“También,
tal vez, el río de gente que transita la avenida… Incesante, variopinta,
poliédrica… Soy uno más, con derecho al anonimato.”
Yeats
(Raymond Theodore):
Encomiéndate
a san James Lackington, librero y protector, que ya en el siglo XVIII se negaba
a destruir los libros no vendidos y los saldaba a bajo precio en The Temple of the Muses “puesto que todo
el mundo tenía derecho a leerlos.”
Qué
interesante.
En Nueva
York todo el mundo escribe en hojas de color amarillo.
Esto del
amarillo empieza a ser intrigante, un rompecabezas a lo van gogh.
Se compra
un mazo de hojas de ese color, como el que se compra una nueva cortadora de
césped o un braguero para la hernia.
No nota
ninguna diferencia: la tinta se escurre… ¡escabulle los significados!
¿Significados…?
Dibujos.
“Escribir,
si…”, se dice.
¿En chino?
¡Qué
cuento!
En inglés
y en español. Qué más da, confiesa finalmente: yo sólo soy Treinta Monedas.
¿Cómo se
aprende a escribir?:
redactando
prospectos de farmacia
escribiendo
tesis doctorales
escribiendo
discursos para El Ferretero del Año
elaborando
informes comerciales
detallando
idas y venidas de la adúltera
enumerando
los dispendios y las trapisondas
secretas del socio
consignando
los gastos del político
corrigiendo
los manuscritos de escritores célebres (y vagos)
escribiendo
anuncios publicitarios de bicicletas
exaltando
las excelencias de las sopas de bote
en los paperoles
en la
biblioteca Alderman
en los diarios de los pobres diablos de
escritores muertos
leyendo
horrorizado las atrocidades que custodia la biblioteca Burlington
espigando
en la universidad de Texas
en la de
Wisconsin…
en la de…
“Pero con
la soltura del impresionismo francés, al desgaire, como un boceto, como el
dibujo a vuela pluma, sin retocar, como la acuarela más instantánea, sin
“aliñar”, sin lamer como un hambriento desmedido las líneas y el claroscuro,
los detalles… ¡Esa tosquedad del realismo más pedestre por refinado y
minucioso! ¡Qué inútil estampa!
Deshazte
de la puntuación, escarba en la misma sangre. Basta con media botella de Old
Crow.
800
kilómetros de calles, miles de manzanas, de blocks repletos de edificios de oficinas y
apartamentos, un museo de imágenes innúmeras, miles de sucesos cada semana, una
historia que contar cada segundo, y millones de personas, tus semejantes (tan
diferentes) que te rodean por doquier. Se envalentona, y piensa tratando de
relajarse: la mayoría de ellos parecen sacados del Barnum Museum. La ciudad es
un libro donde escarbar las noticias y las pequeñas crónicas diarias, un texto
al que hay que traducir sin demasiada fidelidad. Un folio y medio cada quince
días, una llamada a cobro revertido. Y el giro postal.
A rodar.
El es un tipo afortunado. No tiene úlcera de estómago. No
se ha hartado de “cassoulets a la bordelesa”. No extravía los manuscritos así
como así, a lo Lowry. No le han atropellado nunca. No se ha casado. No le
aturde la fiebre (ni africana ni ninguna otra). Si tiene algún hijo lo ignora
por completo. Es moderadamente alcohólico. Sólo tiene que trabajar para poder
comer un par de veces al día y tener la suerte después de un día de perros de
llegar a su apartamento sano y salvo, no más tarde de la medianoche, y dejarse
caer en la cama como caen los calzoncillos en el cesto de la ropa sucia.
En lugar de personajes, mueve títulos, piezas musicales,
obras de arte, autores, lugares, edificios, ciudades, ¡ideas!… como otros tipos
de la pluma desplazan de novela a novela la pequeña o gran saga de sus
criaturas inventadas, al igual que monsieur Honoré de Balzac (estafador) y
míster William Faulkner (alcohólico).
Y tal vez, un día no demasiado lejano, logre vivir en un
bonito apartamento cerca de Blomingdale’s, en alguno de esos elegantes edificios de ladrillo blanco, en la planta 31
por ejemplo, donde desde la terraza ya es posible divisar una Nueva York más a
mano, menos terrible en sus dimensiones, con una puerta de metal plateado a la
entrada y una placa de noble bronce junto al timbre:
![]() |
“¿Qué es
esto?”
“El
manuscrito de que hablamos.”
“Ya veo.”
“Necesita
algunos retoques. Pero, en fin, yo no soy el experto. Ahora ya no es cosa mía.”
“Parece que
ha escrito usted mucho. Se diría que copiosamente.”
“Me temo
que sí. Habrá que podar, arrancar las malas hierbas... Sembrar lo menester.
Regar aquí y allá. Ya sabe, todo ese trabajo secundario y mecánico en el que yo
no puedo perder el tiempo.”
“Naturalmente.
Sé muy bien de lo que habla.”
“Eso
espero. No deseo otra cosa que el lector logre identificarse con mi
pensamiento. Sin fisuras ni equívocos.
“Es usted
todo un grafómano.”
“Pero ahora
le paso el testigo. Tiene usted toda mi confianza. Los informes que tengo en mi
poder lo conceptúan como un profesional muy eficaz.”
“Se lo
agradezco. No le defraudaré.”
“Estoy
convencido de ello.”
¿Cómo lo
quiere?”
“¿El qué?”
“El libro.”
“Ah... ¿Qué
cómo lo quiero? En el mejor estilo del Reader’s
Digest...”
“Entiendo.
¿Qué tal 900 dólares?”
“Está bien.
Pero ha de estar acabado para el Día de
Acción de Gracias. Es absolutamente imprescindible.”
“Hum... Eso
son veintiséis días...”
“¿Podrá
hacerlo?”
“Sí... si
no hay más remedio.”
“No lo
hay.”
“En ese
caso cuente con ello.”
“¿Necesita
dinero ahora?”
“Bastará
con un anticipo de 150 dólares.”
“Esta clase
de transacciones acostumbro a pagarlas en metálico. ¿No le importa, verdad?”
“En
absoluto. Es mejor así, por lo menos para mí.”
“En efecto,
nada de cheques.”
“Nada de
cheques.”
“Nos
entendemos a la perfección.”
“Este es un
trato entre caballeros.”
“Por
supuesto. Eso pensé desde el primer momento que lo vi: este hombre es un caballero.”
Pero
exactamente, ¿qué demonios querrá este buen hombre con esas prisas y el dinero
en la mano? ¿Meter el maldito libro por el culo vacío del pavo antes de asarlo?
Una vez,
muchos años después, escribió una falsa biografía. El tipo (o la tipa) pagó
complacid@. Pobre diabl@. Después, El Negro le entregó el abultado sobre de
papel manila lleno de billetes de veinte dólares a la vieja que le cuidaba y
alimentaba en su apartamento sin calefacción, al sur de… “Cuando se acabe el
dinero”, dijo agarrado a la botella de vodka y adormecido por la bruma a su
alrededor, “me despierta y volveremos a escribir.” Pero el tono de su voz no resultaba muy
comprometido. Bueno, se trataba de comer y, sobre todo, de beber... Y no para
olvidar; al contrario, para recordar en todo momento el hijo de perra en que se
había convertido. Eso era lo principal para mantenerse vivo: la abulia de sí
mismo, el secreto desprecio (la auténtica savia del sabio).
En 1969
los clichés todavía son aceptables.
¿Cómo si
no iban a creerles a los sucedáneos?
Escribe de
la mañana a la noche. No deja de hacerlo ni un solo día. El año que viene se le
habrán borrado las huellas dactilares de los dos dedos índices, y puede que de
alguno de los pulgares.
Es El
Machacador.
Es un tipo
profesional: el paquete de Pall Mall, el vaso medio lleno de “caóbico” bourbon,
una vieja máquina de escribir, los ojos hinchados, un cáncer en el pulmón
derecho, la prostatitis crónica, el hígado precirrótico… Pero… sería capaz, ¡ya
lo creo!, de escribir las memorias de un vendedor de aspiradoras de puerta a
puerta llamado Dick y a renglón seguido las del conserje nocturno del Chelsea
(anónimo), y todo eso sin perder la letra para concluir en dos meses, que son
más que suficientes, una novela apócrifa de Rex Stout luego de haber pateado
una docena de veces la calle 35 de parte a parte y echarse al coleto las seis
cervezas de rigor.
(Por entonces era un tipo listo que las veía venir. Si su
situación actual hubiese acaecido en aquellos años, y la cosa tuviese que
resolverse encima de un tablero de ajedrez, hubiera sido capaz de calcular el
jaque mate en 19 movimientos: el que iba a propinarle su contrincante en toda
su jeta de perdedor: ¡Al hoyo, negro!)
TEORÍA DE LA NOVELA DE LA TRIBU DE LOS LENAPE.
Sin
necesidad de una lupa hace tiempo que Urraca
Negra, desterrado en la reserva, descubrió que las novelas llamadas serias,
al igual que las de entretenimiento, se montan la gran mayoría de ellas a
través del armazón que constituyen entre sí la tríada sagrada del planteamiento,
nudo y desenlace; es decir, mediante una trama, unos personajes que la enredan
y van de acá para allá, se relacionan entre sí o se tropiezan o se matan o se
aman dentro de las cuatro esquinas de un mapa imaginario o real, que tanto da,
trazado en el Caribe, el antiguo París, el moderno Nueva York o en el Antártico
o en el Ártico o entrambos. Pero al contrario que las que procuran solaz
pasatiempo sin mayores miramientos, aquéllas, las de supuesta enjundia
literaria, aun valiéndose del jarabe planteamiento-
nudo-desenlace, más allá de las
legítimas pretensiones estilísticas y oficiosas, demuestran una ambición de
adentrarse en los aspectos formales y estructurales de lo textual, unas
preocupaciones por las estrategias narrativas y las mecánicas del funcionamiento
ficcional, que las distancian claramente de las otras de usar, leer y tirar (o
limpiarse el culo excretor con sus páginas). Las novelas serias y formales (y
además bien vestidas y presentables, educadas en colegios de pago y de familia
de posibles) se incursionan en las pulsiones del ser humano, hurgan en sus
deseos más ocultos, ahondan en sus temores irreprimibles y en sus angustias e
incertidumbres que de siempre lo han atenazado o atormentado al tiempo que, por
medio de la escritura, pretenden reflexionar con serena sabiduría sobre su
época (o recrear las pasadas historiándolas o aventurar las futuras
imaginándolas) y las circunstancias más complejas e intrincadas que a través de
diálogos atinados y acertadas descripciones arropan las acciones y pensamientos
de sus personajes, juguetes del destino y
antojo impune y omnisciente del
novelista. Las razones sentimentales, sociales, económicas, ideológicas,
psicológicas o… patológicas se revelan asimismo tan verosímiles, tan próximas
a nuestro propio acontecer, que se diría que han sido escritas por nosotros
mismos aun pertrechadas de unas peripecias increíbles las más de las veces pero
siempre trepidantes e irresistibles (y trascendentales como el yo encajado entre el esternón y las
costillas). Todo ello con objeto de que sean leídas por esa clase de lector que
se ha venido a llamar quizás equivocadamente “inteligente” y “culto”; en
definitiva, aquel lector que al socaire de la lectura entretenida aprecia por
encima de todo una “novela”, un “libro”, que le cuente adicionalmente “cosas interesantes” (?), que le diga “algo” (??),
que le haga “pensar” (???), que no todo se halle en el “disfrute” (????) de su
lectura, que le dignifique como ser humano (!!!!). Pues bien, Nos plugamos por la existencia y el trabajo
de individuos que no escriban novelas o pasatiempos, que no sean novelistas ni
contadores de historias apasionantes o emotivas, ingeniosas o chapuceras,
entretenidas, ambiciosas, memorables, plagiadas o magníficas, reiteradas o
novedosas; Nos abogamos por tipos que escriban, con mayor o peor
estilo y fortuna, el algo, lo interesante, el decir, el pensar, lo adicional al cortejo de la ficción y
que, al no leerse en la escritura de las otras (línea a línea, hasta en negritas, superfluas) por su maga calidad
de tinta invisible, se le supone, se sobreentiende, se… adivina, se colige;
individuos que se muevan en lo virginal, en la blancura resplandeciente (que es
lo peligroso por inexplorado e inédito) que media entre línea y línea,
individuos que eviten toda invención del arte narratorio (gracia que, como la poesía a Cervantes, no quiso el
cielo darles) y que se entremetan en el algo,
que soslayen lo contatorio como se
dribla un puñetazo en la mandíbula, pues a la par que es de placentera y
entretenida naturaleza es industria efímera, que se precipiten en aquel
territorio salvaje donde nada pasa pero
todo cabe sólo con las armas de la palabra, la ocurrencia, el libre
discurrir y la arbitraria imaginación que sortea temeraria los modelos y las
reglas, lo canónico y lo repetido, el desarrollo cronológico y los diálogos
amaestrados y brillantes y efectivos, que desafíen a pecho descubierto el
desprecio y la hostilidad homicida del rostro pálido de ojos azules o
amarillos… ¡vengan los disparos del colt 45, del Winchester 73, de la Gran Berta,
de la Luger siniestra o de donde vinieren!
La mejor
máquina que jamás se inventó a favor de la literatura fue la proporcionada por
Tinguely: primero imprime tus folios y luego un agujero en su parte inferior
los engulle y los tritura.
Tendrían
que transcurrir treinta años para que El Negro Muerto de Hambre de ahora,
enredado en unas pocas decenas de folios de poca enjundia, pudiera convertirse
en El Negro Rico y Obeso que escribiera en un flamante ordenador portátil iMac
allá donde le apeteciese (playa dorada y azul tahitiana, acogedor apartamento
en el Manhattan del Upper East Side, azotea en el Transtevere, soñadora
buhardilla parisina…) las novelas que a todo famoso visitante de los platós de
televisión se le antojara publicar (la amante simpática del ministro, la santa
esposa del banquero, la madre del drogadicto suicida –se mató de un tiro en la
boca pecadora en un programa prime time-,
la presentadora fatua, el futbolista intelectual –si se me permite el borgiano
oxímoron-, el economista de prestigio, el cirujano de moda, el cantante
superfluo, el diputado inútil y absolutamente corrupto -si se me permite la
redundancia-, el artista plástico que necesitaba de modo imperioso certificarse
culturalmente más allá de unos cuadros de los que él mismo desconfiaba…)
Huía, al cabo.
De la realidad.
Hasta de los sueños.
La paz
aunque, de nuevo, sea en ese sucedáneo de Central Park: el sol tibio y benéfico
penetraba en la fronda de los árboles y se multiplicaba en el suelo de tierra dorada
mediante súbitos centelleos, le acariciaba la piel el leve rumor del aire que
agitaba las ramas: miró las riquísimas, imponentes e inaccesibles torres de
piedra y cristal que erguidas al cielo azul e inocente refulgían soberbias: qué
importa a esa hora marina y calmada de la mañana dónde se hallan la paz y la
felicidad, si en palacio o a la intemperie, qué importa el precio por ellas
que, si no allegan en forma de dádiva, nunca es suficiente.
Ojo con los parques.


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